De Zidane a Valverde

Desde que llegase Josep Guardiola al banquillo blaugrana, el FC Barcelona ha ganado 7 de los 10 clásicos ligueros disputados. Una auténtica barbaridad. Pero de poco sirven estas estadísticas cuando el último precedente es el partido en el que el Barça revivió sus peores pesadillas que creían enterradas. Pero ni aún así al Madrid le bastó  el anterior resultado y haber ganado dos Champions consecutivas para no adaptar su planteamiento a Leo Messi, amo y señor del Santiago Bernabéu, y Zidane probó con otra receta, una que ni Mou, ni Carlo ni él mismo habían probado con anterioridad. Y Ernesto contestó.

El Real Madrid saltó al verde con la firme intención de ganar el partido en los primeros minutos. Como si no hubiera un más allá. La presión que planteó Zinedine Zidane, era lo más parecido a las que planteaba en su día el “Toto Berizzo” en el Celta de vigo. Los laterales atosigaban a los culés en el 1 contra 1, dejando su espalda descubierta para privar al Barça de una salida limpia. Acompañados por Modric, Kroos y Kovacic, que apretaban a Iniesta, Rakitic y a Busquets. sobre el de Badia se colocó, por sorpresa, Mateo Kovacic al que todos divisábamos como la sombra de Leo Messi, estuviese donde estuviese. Pero el plan era claro. Evitar que el Barça pudiera dar salida con una presión prácticamente al hombre, dejando liberado a Ter Stegen y a Paulinho. Casemiro se quedaba e ancla, para ayudar cuando el Barça mandaba un balón largo y cerrar los costados si se lograba saltar la presión. Pero pocas veces sucedía.  Zidane planteó una presión parecida a la que hizo el Bayern de Múnich en aquellas semifinales de 2015, con la diferencia que no estaba Neymar y su lugar lo ocupaba Paulinho. Ter Stegen mandaba pases exquisitos para que Luis Suárez y Paulinho iniciasen jugada desde arriba, pero ante el poderío  de Varane, Sergio Ramos y Casemiro, el Barça no podía jugar y por ello, Iniesta y Leo Messi no podían asociarse.

En ataque, el Real Madrid atacaba los puntos más débiles de la defensa culé, es decir, los costados. En el repliegue defensivo del Barcelona, Modric se situaba desde una posición de falso extremo derecho para crear superioridades con Carvajal, mientras que Cristiano hacía lo mismo por el otro costado. Benzema quedaba como referencia en el área. Pero el Madrid no supo transformar la sensación de peligro en nada más que eso; sensaciones. El mal momento con el balón de Carvajal se evidenció, incapaz de poner un buen centro. Modric se multiplicaba apareciendo por todos los lados y dando sentido al juego, pero era insuficiente ante un Madrid sin Isco. La creatividad es cosa de los elegidos.

Tras el descanso, el Real Madrid cambió la presión por un repliegue más conservador. Valverde movió ficha y bajó la posición de Rakitic, juntándolo con Busquets, y envió a Paulinho al costado derecho. Mateo Kovacic ya no mordía a Busquets, sino que esperaba en un doble pívote con Casemiro para cerrar la mediapunta y controlar allí, a Leo Messi. El Madrid preparaba el terreno para las entradas de Bale y Asensio, en un contexto de explotación del robo en campo propio y la salida vertiginosa por los costados. El Barça cuidó más la pelota gracias a la presencia de Rakitic al lado de Busquets. Y de alí nace el 0-1. En un arrebato del Real Madrid, Kroos se lanza sobre Busquets y este, con maestría, recorta y filtra un balón a la espalda de Modric que deja al croata enfilando hacia la portería. Y ante la duda, Kovacic se mantuvo firme en la idea de su técnico y no dejó a Messi. Nadie en el Real Madrid volvió. Lo hicieron los laterales, tarde y a destiempo, cuando Luis Suárez enfilaba su puño al aire y marcaba terreno en uno de sus estadios predilectos.

A partir de ese momento, el Real Madrid no supo muy bien a qué jugar. El cuerpo les pedía calma, esperar y aguantar a que entrasen Asensio y Bale, pero el Santiago Bernabéu exige épica y remontada. Y así como el Madrid salto al verde con la idea de ganarlo en los primeros minutos, quisieron igualarlo sin seguir su plan. Y allí, el Barça y Messi volvieron a disfrutar y sentirse cómodos, saltando la presión de puntillas, sin hacer ruido, con un  colosal Busquets. Roberto rompía y Messi asistió para que todos se llevasen un regalo del Bernabéu. Y terminó siendo lo que Messi quiso. Como-casi-siempre.

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