Joaquín, mucho más que la finta y el sprint

La década de los 80 y Cádiz van de la mano a la hora de hablar de artistas con el balón. En 1982 los gaditanos pudieron observar cómo un tal Jorge llegaba a la ciudad para convertirse en uno de los ídolos eternos de la afición, siempre haciendo del arte un canal para conducir el balón. Su apodo reflejaba que era un jugador único, irrepetible y diferente, en todos los sentidos. Él jugaba para divertirse y para hacer las delicias de sus seguidores. ‘Mágico’ González llegaba a Cádiz para convertirse en leyenda.

Pues si a principios de la década aterrizaba en tierras gaditanas la varita de un mago con origen salvadoreño para deleite del aficionado al balompié, un año antes, en 1981, nacía en El Puerto de Santa María un talento que de arte andaría sobrado y su nombre, junto a su finta y su sprint, quedaría grabado con un futuro verdiblanco. Llegaba al mundo Joaquín Sánchez.

El gaditano ingresaría pronto en la cantera del Betis, en 1997, y desde entonces su carrera comenzó una continua progresión. Desde su debut con el primer equipo de las ‘trece barras’ en la temporada 1999/2000, a pasar por defender los colores del Valencia CF en un traspaso peculiar debido al énfasis de Lopera por no dejarle marchar (haciéndole jugador del Albacete por unas horas antes de llegar a la ciudad del Turia).

A continuación pasó por Málaga, como una de las piezas claves del interesante proyecto propuesto por un recién llegado jeque, consiguiendo posicionar al equipo en Champions, con un destacado papel. Un par de años más tarde Florencia vio cómo el extremo diestro se desenvolvía mejor en el terreno de juego que en los micrófonos con su italiano “particular”. Tras otros dos años en Italia volvió a su Betis y lo hizo en diferente circunstancia.

El Joaquín de la primera etapa era un talentoso extremo muy resolutivo. Su velocidad y potencia en la arrancada le hacían imparable. La jugada era la misma pero nadie le quitaba el balón. La finta y el sprint.

Futbolísticamente hablando, sus primeros años en el fútbol de élite los comenzó siendo un extremo puro y duro. Desde la banda derecha como vía de paso, su velocidad y descaro lo convirtieron en un futbolista de rápido presente y de muy interesante futuro. Sus internadas desde la derecha también se veían acompañadas de algunos cambios de posición, entrando desde segunda línea a rematar como elemento sorpresa para las defensas rivales.

También la banda izquierda disfrutó de la potencia y energía que desprendía el gaditano, pero desde esta posición era más frecuente que rematase sus propias jugadas mientras que por derecha, con pierna favorable, paraba, amagaba y en un momento de explosión dejaba atrás a su rival para llegar a línea de fondo y poner exquisitos centros.

Su velocidad, energía y potencia se veía acompañada de una enorme calidad que le hacía poder combinar con sus compañeros en cualquier posición del terreno de juego, tomando casi siempre la mejor decisión. Aunque este último rasgo es algo que ha mejorando con los años, puesto que al ser menor la punta de velocidad, le ha tocado actuar con una mayor y mejor velocidad mental.

Durante toda su carrera se ha conseguido ver un factor claro en su éxito: su inteligencia. Ha conseguido adaptarse a las diferentes maneras de jugar de sus equipos y ha sabido desarrollar a la perfección los diferentes roles que Quique Sánchez Flores, Pelegrini o Montella, entre otros, le han ido exigiendo.

En la segunda etapa como verdiblanco ofrece toda la madurez adquirida en su juego. Mucho más combinativo y con mayor libertad de movimientos, aprendió a levantar más la cabeza y a ser básico para la posesión de balón.

Pero es quizás durante esta temporada 2017/2018 de la mano de Quique Setién y en su segunda etapa en el club de sus amores, donde se ha podido ver una versión muy diferente pero igual de efectiva de esa finta y sprint. A sus 36 años Joaquín, como es lógico, no mantiene esa punta de velocidad que tanto le caracterizó con el balón pegado a los pies, pero quizás sea ésta la única cualidad que le diferencie.

Su rol con Setién se comprende también desde el extremo pero combinando un mayor número de posiciones y con mayor libertad de movimiento, provocando que su contacto con el balón sea casi permanente. A comienzos de la temporada, el técnico cántabro apostaba por un 4-3-3 donde el extremo gaditano partía desde la banda derecha pero siempre con movimientos interiores, acercándose más a la intención de un interior.

Contar con un lateral profundo en su banda como es Barragán, le permite a Joaquín atraer rivales acercándose a posiciones de apoyo a los mediocentros. Cuando el balón se inicia desde el costado contrario, es habitual ver al gaditano venirse hacia el centro, dejando un claro espacio libre para las subidas de su lateral como se demuestra en las estadísticas: Barragán es uno de los jugadores del Betis que más participa en asistencias y penúltimos pases de gol con un total de 9 (vía @FutbolAvanzado). Pero en cuanto el balón llega a algún mediocentro, recupera rápido la posición hacia la banda derecha en ayuda de Barragán o del medio que interactúe por esa banda.

Si el cuero lo tiene el extremo contrario, entonces el movimiento de Joaquín es claro y veloz: se sitúa como un segundo delantero y su buena llegada al remate le permite estar siempre cerca del gol, como demuestran sus 3 goles esta temporada. Entonces el carril derecho queda invadido por el lateral, en un perfecto movimiento de basculación conjunta, más propio del fútbol sala.

Pero aunque su velocidad con el balón no sea la misma, durante esta temporada el extremo verdiblanco mantiene una gran punta de velocidad sin el balón, lo que le permite realizar interesantes desmarques que rompen líneas y generan ocasiones.

Con el paso de las jornadas Setién ha modificado el esquema en ocasiones a un 4-1-4-1, reforzando más el medio del campo, pero el papel de Joaquín sigue siendo el mismo. Sus internadas por la mediapunta sirven al equipo para tener una mayor fluidez de balón ya que siempre elige la mejor opción y su madurez aporta al equipo estabilidad. Cuando se necesita jugar rápido en transiciones ofensivas lo hace y cuando se hace necesario pausar el balón y comenzar desde atrás, no tiene problema en volver a posiciones más atrasadas.

Las diferencias con el Joaquín de los primeros años son significativas. En su primera etapa era un jugador más determinante, él creaba y terminaba muchas de las jugadas del equipo, siendo más decisivo a nivel individual. Mientras que por otro lado, en esta segunda etapa se caracteriza por ser un jugador clave a la hora de equilibrar a su equipo, ofreciéndole lo que necesita en cada momento y siendo un futbolista sorpresivo desde la segunda línea.

Con el esférico en la banda derecha, sus excursiones hasta línea de fondo ya no son tan continuas, y opta más por mantener el control del balón hasta hacerlo llegar a la banda contraria donde encuentra la explosividad de Tello.

Y surge aquí una curiosidad táctica muy interesante. Cuando el Betis desea plantear un partido de mayores transiciones ofensivas, donde la verticalidad y la velocidad están más presentes, Joaquín se sitúa entre la banda derecha y la mediapunta, posiciones donde puede aportar una mayor velocidad de pase sirviendo como nexo perfecto entre los medios y la delantera. La banda izquierda se mantiene, en estas fases del partido, para Cristian Tello, buscando las llegadas a la línea de cal. Esta circunstancia suele producirse en las primeras partes de los partidos cuando los jugadores están a pleno rendimiento.

Por otro lado, cuando el deseo de Setién es el control de la pelota y de la posesión, sitúa al extremo gaditano a pierna cambiada. Consciente de que el paso de los minutos provoca una gran pérdida de frescura en las piernas, mantiene en el campo al del Puerto pero lo hace como controlador del equipo y las posesiones se basan en su banda. Esto se produce por la mejor elección del canterano bético en cada momento con el balón y para evitar que las subidas de Tello sean constantes y excesivas.

Lo que los años no le han quitado a Joaquín es su magnífico golpeo de balón, incluso se podría decir que lo ha mejorado. Es un potente arma a la hora de lanzar saques de esquina milimétricos y de provocar peligrosos lanzamientos de falta que siempre generan un gran peligro para los rivales, como demuestra el gol fantasma que consiguió frente al Málaga en la Rosaleda y que no subió al marcador, cosas de no tener VAR.

Además de con el balón favorable a su equipo, el trabajo del extremo en defensa es incuestionable. Retrasa su posición situándose como interior, formando una de las alas de un compacto bloque formado por 4 centrocampistas muy juntos, sin dejar libertad a ningún espacio. Su compromiso es total.

Joaquín es ahora un jugador indispensable para Setién pero de diferente manera en la que lo fue en su primera etapa. Su velocidad con el balón ya no es la misma pero su velocidad mental es mayor y unido a su mayor capacidad para levantar la cabeza y observar la situación de juego, le permite ser más útil en el juego combinativo de su equipo. Su disparo a portería desde lejos tampoco es uno de sus fuertes pero sus centros y su colocación perfecta del esférico lo convierten en el perfecto asistente, tanto en balones rasos y pases en corto, como en desplazamientos más largos y medidos.

Su veteranía juega un papel fundamental para el estilo de Setién. Un juego arriesgado que necesita de la mayor confianza por parte de los futbolistas y que en figuras como Joaquín, encuentra el perfecto alumno.

Por todo lo expuesto y por su sentimiento verdiblanco, desde el Betis han querido premiar a su jugador más emblemático con una renovación que se produjo hace escasos días y que vincula al habilidoso gaditano con la entidad hasta el año 2020, en una muestra de fidelidad mutua.

Un artista fuera y dentro del campo. Pero no nos engañemos, Joaquín es mucho más que un buen y gracioso contador de chistes. Además de su faceta de artista fuera de los terrenos de juego, el gaditano ha sido y es una de las figuras claves en el fútbol español, aquel fútbol que daba comienzo a los inicios del ‘tiki taka’, en el que los extremos fueron fundamentales y en el que se empezó a acariciar al balón con suaves toques en lugar de lastimarlo con excesivos pelotazos. Recordemos un mundial, el de Corea y Japón en 2002, en el que a España se le echó injustamente: Mendieta, Baraja, Valerón, Morientes, Raúl, Xavi, Luque, Joaquín… no eran malos peloteros para dar paso a una época gloriosa. Etapa en la que Joaquín no entró por muy poco.

Un artista con el balón, que ha sabido modificar sus trucos con el paso de los años. Una muestra de su inteligencia y de su madurez. El gaditano ya no es el niño que era pero en sus botas sigue intacta la magia de los comienzos, algo que nunca se pierde y sino que se lo digan al bueno de Jorge.

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