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Fútbol hasta la línea de gol

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Los de siempre

El madridismo tenía marcado en color rojo la cita de San Valentín que tenía lugar en la meca del fútbol convertido en fe, honor y épica; el Santiago Bernabéu. Los blancos recibían al aspirante francés, rival siempre observado desde arriba por los reyes del continente que, tras hacer una inversión espectacular este verano, necesitaba de una gran noche en un estadio que te eleva al Olimpo de los colosos europeos. Pero el Real Madrid dejó su traje liguero para vestirse de gala y asentar uno de esos golpes que dejan todo análisis corto en su explicación.

El partido, si fuésemos a analizar el principal argumento diferencial entre ambos equipos, no es más que la aura de grandeza y confianza que desprenden ciertos jugadores del Real Madrid.  Hablar de la Copa de Europa evoca los nombres de Luka Modric, Marcelo Vieira, Sergio Ramos o Cristiano Ronaldo. Jugadores que trascienden lo meramente futbolístico. Su presencia se impone, lentamente, sobre los adversarios, ahogándolos mientras su sombra se alarga, hasta oscurecer al rival, empequeñecerlo. Y para hacerlo no necesitan un partido soberbio. Solo saber estar. Y en esto, no hay nadie mejor que el Real Madrid. Zidane dispuso un once pensando en cómo dañar más al París. La presencia de Isco buscaba el juego entre líneas, el control del esférico y buscar la zona de Lo Celso con el malagueño, sabiendo que Isco es allí un jugador excepcional. Pero la baja de Dani Carvajal dejó huérfano el lado derecho y el Madrid, como de costumbre, no encontró la profundidad que demandaba el juego. Solo la inspiración individual de un impresionante Marcelo, uno de los genios de esta década en el lateral zurdo, rompía los esquemas defensivos de Emery. La inspiración del carioca sumada a la grandeza en estos partidos de Luka Modric, dejó muy complicado el tema de competirle la pelota al Real Madrid. Pero los parisinos necesitaban menos que nada para hacer tiritar al Bernabéu. Neymar, incrustado en el costado izquierdo, sin apenas participación entre líneas, obligó a Nacho, Isco y Casemiro a un trabajo intenso sobre el astro brasileño. Estuvo tan fino como individualista, y en estas, el PSG se dejó algún que otro gol por el camino.

La soledad de Cavani fue un reflejo del pobre ataque en estático del PSG; 8 pases acertados para el charrúa.

El partido fue un cruel espejo en el que se reflejaron las carencias de ambos conjuntos. Las que se vienen señalando y las que, difícilmente tienen solución a estas alturas. Pero al Real Madrid le da igual verse en el espejo. Te van a ganar. Y el PSG lo sabía. La segunda mitad empezó con el equipo visitante dominando gracias a un muy buen Verratti y, sobre todo, la grandeza de un Dani Alves que ha nacido para los partidos grandes. Es un coloso y, pese a la edad, volvió a derrochar fútbol e inteligencia en un escenario que invitaba al pelotazo. Alves es de los que huele el miedo y se acerca. Pero al equipo francés, como viene siendo tendencia, le faltó esa hambre que necesitas para asaltar Chamartín. Les faltó esa pegada que atemoriza a media Europa, su mayor aval no estuvo presente cuando amansaron al rival. Y es que la Champions League consiste en minimizar los momentos en que te ves superado y potenciar aquellos en los que puedes hacer sangre. Que se lo expliquen al Real Madrid. Zidane olfateó el peligro y, acertado aunque tardío, dio entrada a Asensio y Lucas para que aniquilasen al PSG. Y con la sensación sobrevolando el estadio de que si el partido dura 5 minutos más el Real Madrid les mete otro tanto. Es la Champions y es el Real Madrid. Los escépticos que dudan del sentido de San Valentín que revisen de nuevo el partido para entender la relación entre el Real Madrid y la Liga de Campeones. A medida. Una vez más.

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