Una muerte anunciada

En abril de 2017 el FC Barcelona caía de forma estrepitosa en Turín con un contundente 3-0. El conjunto de Massimiliano Allegri desnudó a un Barça que venía de cuajar la mayor remontada de la historia de esta competición, con la moral insuflada y la MSN como estandartes. De nada sirvieron los precedentes, los avisos y lo vivido. Aquello fue una masacre. El entorno culé se conjuró y, como en el filme “Lo que el viento se llevó”, aseguraron que jamás volverían a pasar hambre. La élite era para ellos.

Lo de ayer en Roma no se entiende sin saber de dónde se viene. No es un partido. En el fútbol, como en la vida, se pierde o se gana, eso ya se sabe. Pero los que achacan el espanto vivido ayer a un simple partido, se equivocan. Es el cúmulo de errores, de dudas, de falta de proyecto. Con 22 fichajes en 4 años, tan solo uno se ha asentado como titular. El “estilo” o “modelo Barça” es una quimera. Ya no existe, o si lo hay, ya no es reconocible. De hecho, el error del Barça no es que el modelo ya no esté, sino que no hay nada más allá de ello. Detrás del raquítico modelo hay un solar, tapado por la ancha y alargada sombra de los vestigios de una época que no volverá. Messi ya no puede tapar más.

El Barça venía dando muestras de cansancio, pero la debacle era difícil de pronosticar.

La Champions League viene destapando las costuras del Barça. Ya son tres años consecutivos sin superar la ronda de cuartos de final. Cuando más fuerte se cree, mayor es la decepción, y la posterior bofetada a los incrédulos aficionados. La Roma jugó sin miedo, consciente de sus fortalezas, apostando por ellas, olvidando las muchas limitaciones que tiene su plantilla. Con un esquema que buscaba jugar directo y llegar por los costados, Valverde volvió a pecar de prudente y eligió el camino que lo ha llevado hasta hoy; el del pragmatismo. Se olvidó de hacer daño, de ser valiente. Priorizó sus miedos a sus virtudes y lo terminó pagando. El doble lateral derecho imposibilitó que el equipo saliera jugando, incapaz de concretar dos pases seguidos en la medular. También ayudó que los romanos corrieran como posesos detrás del cuero, sabiendo que ésta era su única meta. La incapacidad de cambiar el rumbo del partido desde el banquillo fue pesando, hasta volverse irremediable.

De hecho, el partido siguió el mismo camino que en París o en Turín. El día de la marmota. La Roma jugó como quien siente que ese es su díay lo hizo sin tapujos. Dzeko dejó una actuación memorable, protegiendo cada balón, destrozando a un inédito Umtiti en cada choque directo y obligando a Piqué a la heroicidad, a pesar de que tampoco fuera su mejor noche. De Rossi y Strootman exprimían sus fuerzas al máximo, imposibilitando que Busquets y Rakitic avanzaran un metro. Sin respuesta por parte del Barça, la Roma no preguntó y siguió avanzando. El 3 a 0 era cuestión de minutos. Y llegó. Y con él los cambios, ya demasiado tarde y sin fe, como prueba de que se intentó algo aunque fuera por inercia. Dembélé cierra su primer año en Champions con 6 minutos en los cuartos de final. Las lágrimas de Iniesta al término del partido son el peor recuerdo para el aficionado culé que, una vez más, volverá a pasar hambre. Hambre de Champions.

 

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