El fin de una era

Era abril de 2012 cuando el FC Barcelona se medía al brillante Athletic Club entrenado por Marcelo Bielsa. Los hombres de Pep Guardiola llegaban a aquel partido eliminados de la Champions League y con la Liga perdida. Era la última final de Josep Guardiola en el banquillo culé. Había anunciado su marcha semanas antes, y aquel partido estaba marcado en rojo en el calendario. Lo que presenciamos sobre el tapiz verde del Vicente Calderón fue una bacanal de fútbol, capitaneada desde lo emocional, desde un punto de perfecta comunión entre entrenador y jugadores, que avasallaron al conjunto vasco. La última arremetida de fútbol del conjuntó que cambió el fútbol. El fin de una era.

Incrédulos, los aficionados al fútbol nos frotábamos los ojos presenciando el choque entre FC Barcelona y Sevilla. La sociedad que ha sometido al fútbol a otro lenguaje, ligado a lo etéreo, a lo sensorial, tocaba cielo en el Wanda Metropolitano, ante un conjunto sevillano que nada pudo hacer. Montella no quiso arriesgar con una presión alta, y cuando lo hizo, Cillessen castigó y la sociedad formada por los ex reds conjugaron el primer tanto de la noche. El Sevilla tiene lo que muy pocos rivales que se han enfrentado en Copa tienen; saben lo que es jugar finales y ganarlas. Partidos de fases, de dominio alterno, y asó lo planteó Montella. Pero cuando quiso cambiar el ritmo, Messi y -sobre todo- Iniesta, ya habían señalado el camino y el fin. Nada podía hacer cambiar el rumbo marcado por los dos genios de la última década del balompié.

Iniesta y Messi jugaron al margen de todo planteamiento y esquema. Una vez más.

Valverde sabía que la manija, la clave sevillista, la tenía Éver Banega. El argentino ha sido el jugador más importante en esta temporada, y el entrenador extremeño puso siempre a Rakitic encima suyo, dificultando el giro, el primer pase. Sin esta opción fluida, el ataque sevillista se estancaba y solo encontraba respiro con las acometidas de Jesús Navas por el costado, siempre dañino al espacio, atacando a un Iniesta que parecía indestructible. Porque así fue. No hubo manera de quitarle el balón al genio de Fuentealbilla, siempre tomando la decisión correcta, levitando por el verde, flotando, como una bailarina que ya se conoce todos los trucos. Iniesta fue magia y el Sevilla no adivinó de donde venían los trucos.

El Sevilla tuvo el mismo problema que ha tenido a lo largo del curso. Pero en una final todo pesa un poco más. Su indecisión en las áreas terminó por condenar a un conjunto que nunca creyó, a pesar de los ánimos de la hinchada y el reciente bagaje atesorado en Europa recientemente. Muriel deambulaba por el campo, sin recibir ni un balón, sin poder atacar el espacio. Y es que Piqué imprime un nivel inalcanzable para -casi- cualquier atacante. Busquets, Leo e Iniesta se juntaban, formando esos deliciosos triángulos que dominaron, no hace tanto, Europa y el mundo. Coutinho fue la amenaza constante en el lado débil, moviéndose constantemente y picando cuando le llegaba el balón. Pero el punto realmente diferenciador en la parte ofensiva fue el recital dado por Luis Suárez, que dejó un partido a la altura de lo que es el charrúa. Su agresividad se impuso, y su lectura del juego fue vital para que el Barça transformase la magia en una auténtica máquina trituradora. Lo bello necesita de alguien que se baje al barro para que se materialice.

Pero no podemos cerrar este artículo, una vez más, sin recordar a Andrés Iniesta. Porque el manchego ha logrado trascendir sin gol ni último pase que lo avale. Su fútbol nos acerca a lo que, en esencia, es este deporte. El arte de esconder, y saber manejar el balón, y por ende, el partido. El gol, con ese fino regate, es el punto y final para uno de los mayores talentos que han jugado el deporte rey.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Nuria dice:

    Genial. Gran artículo

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