Cholismo

Si algo resume y sintetiza al Atlético de Madrid del Cholo Simeone es el partido de Londres. El equipo que mejor conjuga el verbo sufrir. Porque, mientras en la gran mayoría de equipos los que lo conjugan son las defensas, en el Cholismo hasta su estrella, Antoine Griezmann, se ve condenada al barro, a sufrir. Sufrir para brillar. No hay mejor lema que resuma lo que es esta filosofía.

El “adiós” de Wenger encendió a un equipo que si de algo carecía durante los últimos tiempos era de agresividad. El Arsenal insufló un ritmo vertiginoso desde el pitido inicial, intentando desestabilizar a los españoles desde un Özil especialmente dulce. El alemán es jugador de pocos partidos, pero en los que decide comparecer, lo hace de verdad. Tirado a un costado, su sociedad con el incisivo Héctor Bellerín fue clave para empezar a mover los cimientos de Jan Oblak, pero nunca para derribarlos. El duro varapalo que supuso la expulsión de Vrsaljko obligó a Thomas Partey a abandonar la medular para ejercer de lateral diestro. De aquellas pruebas que miden la grandeza de un jugador, Thomas la aceptó y la superó con autoridad. Beber de Godín, Gabi o Juanfran da ventajas competitivas entre los más jóvenes que los otros equipos no pueden igualar. La primera mitad estuvo dividida en dos tramos diferenciados. En el primero, el Arsenal logró dominar y activar a sus hombres más peligrosos, con un Welbeck hiperactivo y un Lacazette participativo, los de Wenger trenzaban jugadas verticales, dotadas de criterio desde las botas del delicioso Wilshere y afiladas en intención por Mesut Özil. El Atlético fue el Atlético y se recompuso, tirando de orgullo gracias a un Thomas agresivo, devorando metros y luego asentándose en terreno rival con Koke y Saúl.

La entrada de Gabi y Savic estabilizó defensivamente al Atlético y pusieron la amenaza de Antoine sobre el área del Arsenal.

El inicio del segundo tiempo devolvió al Atlético al lodo, obligados a ser quienes fueron hace no tanto. Godín empuño el escudo de gladiador y defendió en un clínic superlativo, tapando, achicando y despejando. Nadie podía con el charrúa, cuyo bajón físico pareció dar tregua cuando su equipo más lo necesitaba. Con la entrada de Gabi, Antoine pasó a la punta de ataque, y allí cambió algo. Porque Griezmann lo ha hecho mil veces. Su mera presencia, aunque fuera un islote, hacía temblar a un Atlético cada vez más hundido en su área. El gol de Lacazette pareció abrir brecha, mental y físicamente, un escollo insalvable. Wenger no hizo cambios. No le hacía falta tocar nada. Su equipo jugaba en 20 metros y el Atlético no inquietaba, ni amenazaba con salir.

Pero un balón largo sobre la carrera del francés convirtió un instante en un discurso, el que debía imponerse. Porque el Atlético de Madrid es la adversidad. No hay equipo que domine estas artes mejor que ellos, que saquen ventaja de donde no hay nada. El Atlético de Madrid puso empeño en evitar lo inevitable, encumbrado por un Oblak espectacular, dominador del área como pocos, y un Thomas insolente, desafiaron el fútbol. Y lo lograron.  Porque era inevitable que el Atlético no fuese el Atlético y que el Arsenal dejase de ser el Arsenal. Wenger ya lo advirtió: “Este equipo no tiene puntos débiles”. Recuperar el Cholismo puede que sea la mejor noticia para los rojiblancos.

 

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