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Fútbol hasta la línea de gol

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El triunfo de las buenas personas

Es el minuto 87 de partido y el Barcelona está a escasos segundos de ganar otra Copa del Rey, la cuarta consecutiva. El cuarto árbitro levanta el cartelón, que anuncia que Andrés Iniesta es sustituido. Con un único fin, que el Metropolitano le reconozca su última gran obra de arte. Jordi Alba, Ivan Rakitic y Leo Messi se acercan antes de que abandone el terreno de juego, saben que es una despedida. Andrés -permítanme dirigirme hacia él por su nombre- resopla y encara los últimos metros antes de llegar al banquillo con la cabeza agachada. Todo el estadio, también la afición sevillista -pese a perder una final-, se rinde al manchego, de pie, coreando su nombre. Agradece el gesto del Metropolitano aplaudiendo tímidamente y se sienta en el banquillo, donde se le humedecen los ojos.

En la era del gimnasio, de la estadística y de las rutinas estudiadas al milímetro, emerge la figura de Andrés, atípica y por ello única. Trasciende a los números. Sorprende que un centrocampista tan diferencial anote tan pocos goles. Pero, de alguna manera, ha sido uno de esos elegidos de la historia del fútbol. No marca, pero hay dos goles que serán recordados eternamente.

Año 2009. Último minuto de la vuelta de semifinales de la Copa de Europa. El Barça, ante un rocoso Chelsea, aún no había disparado a puerta y necesitaba un gol para llegar a la final. «Todos los caminos llevan a Roma», pensó Andrés. Tras la jugada más precipitada del Barça del control, de la pausa -un centro de Dani Alves, un mal control de Samuel Eto’o y un pase de Leo Messi con la pierna derecha- el esférico llegó al manchego. Desde el centro de la corona del área, saca un disparo con el exterior del pie. Stamford Bridge se paralizó. El balón salió con un efecto hacia fuera, imposible para Petr Cech. El resto, como dirían, es historia.

Pero todos saben que dentro de este «resto», existe un gol tan o más histórico que el de esa noche de mayo en Londres. España se citó con la eternidad un 11 de julio de 2010, en Johannesburgo. Con millones de personas pensando en los penaltis y rezando para que Iker Casillas se volviera a multiplicar ante los holandeses. Una carrera de Jesús Navas y un centro lateral de Fernando Torres, que terminó con el balón en los pies de Cesc Fàbregas. El centrocampista catalán asistió a Andrés. Hizo un mal control, el balón, de hecho, se separó del tapete verde más de lo habitual. Pero ahí estaba el alma de Iniesta, que remató al fondo de la red para convertir a la Selección en campeona del mundo. Andrés representa la idiosincrasia de la persona humilde. Esa buena persona que, marcando el gol más importante de la historia de todo un país, se encarga de recordar a Dani Jarque, un amigo y futbolista -en ese orden- que falleció meses atrás. Esa buena persona de la que se obvian los colores de su camiseta, a la que se le aplaude en la mayoría de los estadios que pisa. También en el Santiago Bernabéu.

Su estilo de juego es una metáfora de su forma de ser. En términos técnico-tácticos, Iniesta explotó cuando Guardiola le dio confianza. Formó junto a Xavi y Sergio Busquets un triunvirato idílico, que representó el legado de Johann Cruyff en Can Barça. Como falso extremo o como interior, siempre ha encarnado la calma, la madurez, la toma de decisión. En cuanto a físico, poco se le puede destacar más allá del equilibrio, pero con balón, los regates en espacios cortos han tendido a radicalizarse estéticamente con el paso de los años. La disminución de la velocidad no ha sido un obstáculo que haya transgredido a la forma de juego. Ha evolucionado -en cierto modo, se ha asemejado al Xavi de los últimos años- sin dejar de ser un jugador tan único como necesario para el Barça. Andrés representa la inmortalidad de un estilo de juego que muchos quieren reducir a cenizas. Dentro de la implementación del físico en el mundo del fútbol, Iniesta emerge como una respuesta contundente.

Si bien la marcha de Xavi supuso una baja importantísima en todos los ámbitos, la de Andrés deja un vacío difícil de llenar en el centro del campo. Busquets y Leo Messi son los principales herederos, los encargados de prolongar una generación irrepetible. No solo tiene una repercusión emocional. Deportivamente, el conjunto catalán pierde una pieza fundamental. Philippe Coutinho es, a priori, uno de los elementos con más potencial para reducir la falta de Andrés. Pero también lo pueden llegar a ser hombres de la casa, como en su día lo fue él, como Carles Aleñá.

Una persona -más allá del jugador- que nos representa a todos. Por sus valores, por ejemplificación pura del significado de deportividad. Ese futbolista en su concepto más natural, en la era del egocentrismo y la relación del éxito con la meritocracia. De ahí germina Andrés, para recordar que las buenas personas también pueden ser buenos futbolistas. Y el fútbol se lo reconoce. Hace tiempo que terminó una obra de arte que en el Metropolitano se encargó de firmar, con gol incluído -valga la incongruencia-. Gracias, Don Andrés, por representarnos.

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