Regresar para reflexionar

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El Barcelona que llegó -y se estableció- en el Olimpo del fútbol tenía a Lionel Messi como líder natural. Todos los elementos tenían una única finalidad, encontrar al argentino en la posición más cómoda posible para ser diferencial. Dentro de un 4-3-3 que llevaba intrínseco la filosofía de juego propia de los catalanes, Messi conoció una de sus versiones -una de las más distinguidas- en una posición de falso delantero. Aquel equipo se erigió como el Barça del control, del dominio total. Con Luis Suárez lesionado durante un tramo del inicio de temporada, Ernesto Valverde coqueteó con dicho sistema.

Andrés Iniesta, en su penúltima pincelada de una obra de arte naturalista, impide resolver la operación del porqué de su -¿prematura?- marcha. En cuanto juego interior, el Villarreal no impidió, sino que facilitó al Barça utilizar un recurso que parece haber ido sustituyendo a lo largo de los últimos meses. Con Messi, Iniesta y los extremos, Ousmane Dembélé y Philippe Coutinho, con un rol asociado a los movimientos del ’10’, los dos primeros se reencontraron con la esencia de aquellos inicios. Andrés y Leo -Xavi Hernández a un lado- definen un modelo de juego, un nexo tan bello como necesario y complementario, para la dupla y para el equipo. El rendimiento ha sido exponencial, con el paso de los años y el acercamiento a la madurez futbolística, han representado un distintivo vital para el Barça.

Descifrar a Dembélé supone una tarea muy complicada.

La altura y lectura de los laterales, uno de los destacados esta temporada, no ofrecieron por fuera las facilidades habituales en cuanto a desborde, aunque el equipo no necesitó ese punto diferencial. La conexión en banda derecha de Nélson Semedo con Dembélé surgió más como una asociación dual que un compuesto homogéneo, un bien global. Si bien Andrés podría representar el detallismo exacerbado, el extremo francés sería parte del Art Nouveau. Un extremo de extremos, del que es muy difícil encontrarle un significado y rol concreto. Pese a desprender una sensación de estar incómodo en algunas situaciones en las que recibe el balón, puede dirimir ciertos argumentos cuando, de la nada, regatea a dos defensores para encontrar una solución. Seguramente, sin haberla dibujado en su cabeza previamente. Girarse y encarar. Una versión que en algunos casos puede parecer unidimensional, encauzado al juego vertical. En el contexto actual, el francés es la mejor pieza para desequilibrar y dar amplitud, fijando al lateral contrario. Con un potencial y una calidad constatada, deberá apoyarse en sus compañeros y entrenador para progresar. Un aprendizaje para un talento innato que es cuestión de tiempo.

Valverde provó en clave de futuro. El papel de Messi siempre es la principal preocupación de su entrenador. Rendirá a un nivel excepcional de todos modos, pero de éste depende la gradación y el enfoque principal que se le de. El falso nueve puede ofrecerle nuevas perspectivas y beneficiar el conjunto, para regresar al ideal -y no por este motivo dogmático- y dominar y defenderse a partir del balón. Sin desligarse de rasgos como la versión de Sergio Busquets en campo rival, el multidisciplinario Ivan Rakitic o el gran y regular rendimiento de Thomas Vermaelen, el Txingurri corteja lo que puede ser la temporada 2018/19. Eso sí, sin uno de los protagonistas de su primer año en el Camp Nou, don Andrés. El prácticamente intrascendente duelo ante el Villarreal ha dejado algunas pistas. Valverde regresó al origen para plantearse el futuro.

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