La felicidad no se mide en dígitos

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Es una de esas etnias en peligro de extinción. Rodeado por colectivos que rehúsan a quedarse en el club que les ha formado, cada vez hay menos jugadores como Xabi Prieto. Queridos por su afición, especiales para el resto de seguidores. El contexto actual dificulta que la decisión de muchos futbolistas la dictamine la cabeza y no el corazón. Nunca fue así para el capitán de la Real Sociedad. En Segunda División o en la Copa de Europa, Xabi nunca tuvo que tomar una decisión, porque el camino lo dibujó tiempo atrás.

En un país en el que se mira a los altares y se pierde el tiempo entre debates resultadistas y opiniones de bufanda, a muchos se les escapa que existen otros equipos. Y que dentro de esos otros está Xabi Prieto, que tras más de 500 partidos con la camiseta blanquiazul, se despide de los terrenos de juego. Cumplió el sueño de su vida y con eso le ha bastado. En Inglaterra le denominarían One Club Man. El donostiarra es un jugador del pasado anclado al presente. Viaja a contracorriente, es un incomprendido dentro de los jugadores de banda actuales. Esos que corren más que piensan. Xabi Prieto se adaptó a su físico, siempre conviviendo al unísono con sus capacidades. La falta de velocidad le obligó a fortalecer sus puntos fuertes para minimizar y ocultar las debilidades. De esta forma, brotaron una serie de recursos que le convirtieron en un futbolista especial.

Un jugador de banda… con capacidades muy diferentes.

Los regates no solo los inventan y los practican los brasileños. El ’10’ de la Real ha demostrado durante cada una de las temporadas que ha disputado un enorme catálogo de habilidades con el esférico. Los han padecido desde Roberto Carlos, en sus inicios en el primer equipo, hasta Jordi Alba, en los últimos años. El virtuosismo en el banderín de córner, sin apenas espacio, o en el pico de área para el posterior centro. Siempre se ha conjugado a la perfección con el lateral derecho. Es una necesidad para cualquier jugador de banda, aunque Xabi no ha dejado de ser un media punta exiliado, donde regresó en su última etapa como futbolista. Carlos Vela tuvo una incidencia táctica clave para el desplazamiento del donostiarra al carril central, en el ciclo en el que Imanol Agirretxe era el puntal ofensivo y emergía un joven Antoine Griezmann. Desde el medio, Prieto destacó por su visión de juego, donde también completó mejores registros goleadores.

Nunca renunció a ensuciarse por bajar a defender una transición o prolongar un balón del primer al segundo palo. Aunque después lo podía contrarrestar con un regate especial o lanzando un penalti a lo ‘Panenka’. Tuvo ofertas para catapultar su nombre al paradigma del fútbol europeo, pero no lo antepuso a la Real. La misma Real que, en el último partido de Xabi en Anoeta, vistió un escudo con el rostro del ’10’. Es difícil encontrar una metáfora que defina mejor lo que representa y ofrezca un mayor grado de romanticismo a la situación. Con Xabi Prieto se desvanece uno de los últimos ejemplares de la relación jugador-afición-club, aunque el relato ha merecido la pena, porque ni la felicidad ni el éxito se mide en dígitos.

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