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Fútbol hasta la línea de gol

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Una mala conexión

No son tiempos fáciles para el Celta de Vigo y para sus aficionados, aunque tampoco de los más complicados que han vivido. Mi propia ambigüedad gallega en la anterior afirmación podría ser un perfecto símil de lo que está siendo la temporada del club vigués. Ni frío ni calor, ni bueno ni malo, ni arriba ni abajo. En definitiva, un año con tan poca sal en el plato que lo mejor es rehacerlo.

Y en eso se encuentran por Balaídos. Con la confirmación de la no continuidad de Unzué para el próximo año se abre un gran abanico de posibilidades con destino a sentarse en el banquillo vigués, tanto del ámbito nacional como internacional. En los últimos días la lista ha ido ‘in crescendo’ gracias a nombres como los de Óscar García, Gareca, Pellegrino o Garitano. Pero todo es rumorología hasta el momento.

Lo que sí es cierto es que la etapa del hasta ahora técnico navarro del Celta, Juan Carlos Unzué, ha llegado a su fin. Los seis goles encajados en el Santiago Bernabéu a manos del Real Madrid no hacen más que constatar la mala conexión de jugadores y entrenador. Un cortocircuito de sensaciones tanto en el terreno de juego como fuera de él. Los momentos de buen juego del Celta en esta edición de La Liga Santander han brillado por su ausencia, destacando más gracias a la calidad individual de sus jugadores que por la propuesta de juego, inexistente en muchas ocasiones e inexplicable otras.

Pero como todos los trayectos de la vida, hay buenos y malos momentos, puntos positivos y negativos que analizaremos e iremos desglosando con detenimiento. Y como primera parte empezaremos con el pasado, algo difícil de afrontar en base a lo acontecido en Vigo hace justo un año.

El pasado es algo difícil de superar. Una persona, un recuerdo, un momento, una sensación, un lugar… En la vida trabajamos con instantes. Esos momentos que te teletransportan hacia un lugar regido por un cielo despejado, con los ojos cerrados y respirando profundo. Ahora imagínate en la cala más tranquila de Cangas, fuera de las masificaciones veraniegas. Sentado en la arena notas el sonido de la ruptura abrupta de las olas, una interrupción agradecida de tus pensamientos en blanco. La brisa del mar acechando, en un instante cercano a lo divino, fuera de lo terrenal.

El año pasado el Real Club Celta de Vigo vivió una de las mejores temporadas de su historia y eso es muy complicado de superar. Old Trafford significó no solo unas semifinales europeas ni enfrentarse al todopoderoso Manchester United. Significó la revolución de los pequeños, del talento, de la garra, de la pasión de una ciudad conectada y pendiente de su equipo, teñida del azul que viste los cielos en sus días más claros, esperanzas celestes bautizadas bajo una denominación: afouteza.

Eduardo “Toto” Berizzo y sus jugadores consiguieron algo posiblemente muy poco esperado para la afición viguesa. Situar al Celta en los escalones más altos del fútbol europeo y aunque los títulos no llegasen, su riña con uno de los clubes más ricos del mundo, hizo “tremer” (lo que viene significando en castellano asustar y mucho) a unos auténticos diablos rojos. De ahí que el pasado guarde instantes de éxtasis absoluto, de paz y tranquilidad pero a la vez de poderío y tesón.

Pero llegó el cambio de jefe en el vestuario. El acento argentino pasó a ser navarro. Juan Carlos Unzué, hasta entonces segundo técnico de Luis Enrique en el Barcelona, llegaba a Vigo ante todo un reto: seguir manteniendo al club gallego en aspiraciones europeas. Para ello se le dotó de una mejora considerable del equipo y no solo eso, sino que se logró mantener a las piezas consideradas puntales del equipo. A los Hugo Mallo, Iago Aspas, Daniel Wass, ‘Tucu’ Hernández o Pione Sisto entre otros, se incorporó a promesas con un presente notable y un futuro óptimo. Lobotka, Maxi Gómez y Emre Mor, reforzaron el medio del campo y la delantera en un ejercicio sobresaliente de Felipe Miñambres. Jozabed, cedido la segunda parte de la temporada pasada en el conjunto celeste, también se incorporó como miembro de pleno derecho a los vigueses.

CAMBIOS TÁCTICOS

Como todo cambio de entrenador, las novedades tácticas llegaron a Balaídos. Pese a que Unzué apostaba por la continuidad en un principio del tan característico 4-3-3 en fases ofensivas, el técnico navarro detectó un gran fallo del sistema. El jugador más determinante de la plantilla y el máximo goleador del equipo, Iago Aspas, se encontraba demasiado escorado en banda. Excesivamente lejos de la portería en facetas ofensivas y tremendamente exigido en banda en fases defensivas, el de Moaña no acababa de encontrar su sitio en los primeros partidos así como tampoco su asociación con Maxi. Pese a ello el uruguayo no paraba de anotar goles, consiguiendo ser el máximo anotador de los celestes en buena parte del campeonato liguero.

Ante esta situación, el ex segundo técnico blaugrana supo rectificar. El 4-3-3 fue sustituído por un 4-4-2 en el que Aspas y Maxi se situaban muy cerca con infinitas posibilidades de combinación y con mayores libertades defensivas. Por detrás de ellos, generalmente se encontraban tres jugadores fijos y un puesto en rotación. Sisto y Wass eran apuestas continuas en las bandas mientras que Lobotka lo era como pivote. Pione Sisto, comenzó la temporada muy escorado en banda izquierda consiguiendo convertirse en uno de los mayores asistentes de Europa y su función se centraba en atacar y atraer a rivales para crear superioridades con los cambios de juego rápidos hacia posiciones intermedias, en las que aparecía Wass.

Del clásico 4-3-3 apostó por un 4-4-2, dando mayor libertad a Aspas en tareas ofensivas y exigiéndole menos en facetas defensivas. Su liberación se hizo notar: 21 goles esta temporada.

El otro internacional danés del Celta cumplía otra función muy diferente. Si la banda de Sisto se resumía en atacar, atacar y atacar, la función de Daniel era la de todocampista. Sus aptitudes defensivas y ofensivas lo convierten en un jugador perfecto para cualquier entrenador. Llegador, recuperador y propagador del juego, Wass encarga la figura del trabajo constante, unido a un magnífico golpeo de balón y a una lectura de juego difícil de encontrar.

Al buen toque demostrado desde hace años por el equipo vigués se unía otro pelotero destacado. Lobotka llegaba a Vigo con muy poco ruido generado pero con una calidad fuera del alcance de muchos. Haciendo del riesgo, a la hora de sacar el balón jugado desde el pivote defensivo, una de sus mayores virtudes, el internacional eslovaco se convirtió en uno de los fijos de Unzué, aportando la calma y el juego pausado que deseaba el técnico.

La presión y las marcas defensivas fueron otro de los puntos modificados por el nuevo cuerpo técnico. Del marcaje al hombre y físico de la temporada pasada, Unzué optó por liberar en parte esa responsabilidad de los hombres de medio campo y de defensa. Apostó por un marcaje mixto y variado dependiendo de las situaciones de partido. En esta faceta, hombres como el ‘Tucu’ Hernández, Radoja o Wass salían perdiendo. El motivo es sencillo: su juego es más físico que técnico, jugadores a los que les gusta robar balones subiendo la línea con intensidad. Ese marcaje mixto acabó convirtiéndose en una defensa posicional en muchas ocasiones, observando cómo las espaldas de laterales, centrales y mediocampistas eran ganadas y sobrepasadas una y otra vez.

Sin embargo y pese a que el contexto era prometedor, los resultados y el juego nunca se parecieron a las expectativas creadas. A lo largo de la temporada se pudo observar a un Celta caracterizado en una palabra: irregular. Un adjetivo que protagonizó los encuentros en Balaídos y fuera, ya que nunca consiguió mantener una idea de juego característica que permitiera afianzar resultados. Si en un comienzo la apuesta era clara por una filosofía extrema de toque, en la que el portero nunca golpease el balón en largo, ante la falta de resultados esta idea cambió. Durante algunos tramos de temporada vimos a un equipo que buscaba, en exceso, balones en largo a Maxi Gómez para que ejerciese de ‘baja balones’ aunque muchas veces se intuyese como un juego inútil para los intereses de un equipo que es bueno por abajo, en transiciones rápidas y directas.

Uno de los principales problemas durante esta temporada surgió en tareas defensivas. Las desconexiones de los jugadores unidas a una falta de intensidad grave en momentos puntuales, hacían que los puntos volaran lejos de los intereses vigueses en favor de sus rivales. Una situación fuera de culpas individuales y sí colectivas. Faltas de entendimiento, presión inofensiva y descoordinada o la falta de carácter en instantes cruciales, provocaron que poco a poco el sueño de volver a jugar en Europa durante la siguiente temporada se desvaneciese. Un total de 58 tantos encajados, 21 en Balaídos y 43 fuera de casa. Cifras que hablan de un mal papel en los partidos como visitante, dejándose llevar sobre todo en el último tramo de la temporada. Un conjunto falto del temperamento de situaciones pasadas.

GESTIÓN DE VESTUARIO

Una desconexión que también se transmitió con determinados jugadores en relación a la gestión de los roles. El turco Emre Mor llegó a Vigo con el papel de estrella más por el desembolso económico que por lo demostrado hasta el momento y su temporada fue decepcionante. Pese a su exquisita calidad, demostrada en escasos momentos, el turco nunca logró hacerse con un puesto fijo en el once titular y su participación casi siempre se limitó a ser revulsivo.

Un gran número de jugadores, titulares el año pasado, se mostraron desconectados y faltos de oportunidades.

John Guidetti, jugador carismático donde los haya y con un importante papel en el curso pasado, observó desde el banquillo como Maxi Gómez le quitaba el puesto y como sus oportunidades eran nulas. Por eso, en el mercado de invierno decidió salir cedido en dirección Vitoria, llegando el argentino Lucas Boyé en su lugar, aunque poco o nada pudo demostrar el atacante procedente del Torino.

Nemanja Radoja fue otro de los nombres con historia sorpresiva durante la temporada. Su juego, más físico que talentoso, encajaba menos con la filosofía de Unzué por lo que sus minutos fueron bastantes menos de los que el serbio seguro deseaba, disputando menos de 1.000 minutos en liga frente a los más de 2.881 disputados por Lobotka. Otro jugador con poca relevancia durante el curso ha sido el ‘Tucu’ Hernández. Su presencia en el once siempre implica dosis de lucha, entrega e intensidad, cualidades que no bastaron al entrenador para convencerle de que debía ser titular.

Pione Sisto también ha sido una de las piezas que ha presentado un bajón en relación al pasado año. El internacional danés llevó a cabo una sensacional primera vuelta, siendo durante muchas jornadas el futbolista de las grandes ligas europeas con mayor número de asistencias. Aunque en la segunda vuelta la situación se desestabilizó. Finalmente acabó con 9 asistencias.

Las idas y venidas en la portería celeste también fueron un infortunio que tuvo que vivir el propio técnico. Los momentos irregulares mostrados por ambos guardametas, Sergio y Rubén, han ido en sintonía con el resto del equipo.

BENEFICIOS OFENSIVOS PERO MUY DEPENDIENTES

Por el contrario, en este balance de pros y contras de la etapa Unzué en el banquillo celeste, el ataque fue el más beneficiado. Muy dependiente pero eficaz, los dos delanteros de la entidad presidida por Carlos Mourinho destacan en las posiciones más altas de la tabla de goleadores. Maxi Gómez y sus 16 goles lo convierten en uno de los mejores debutantes de La Liga Santander y de la historia celeste, a tan solo un gol de superar a Catanha como mejor debutante en este siglo en el Celta, haciéndose hueco en la Uruguay de Tabárez.

A su lado, el máximo goleador nacional de la primera división del fútbol español, Iago Aspas, que con 21 tantos en la temporada y 5 asistencias se convierte en uno de los futbolistas nacionales en mejor forma de cara a la disputa del Mundial de Rusia. Un pro entrecomillado el del ataque y es que la dependencia de ambos de cara a puerta y de cara al juego realizado es preocupante, sobre todo la del gallego.

Pese a esto, los números en la segunda vuelta del campeonato han sido muy preocupantes. En la segunda vuelta el Celta ha conseguido anotar 5 goles en 9 encuentros disputados a domicilio, sumando un punto de los últimos 24 posibles. Un bajón más que notable con respecto a la primera vuelta.

Pero sin duda, el mayor aspecto positivo del paso de Unzué por el banquillo vigués ha sido la apuesta por uno de los mayores talentos que ha visto a Madroa. Brais Méndez es la nota sobresaliente del técnico navarro en el Celta. Con una calidad técnica exquisita, una visión de juego envidiable y un desparpajo impropio de debutantes, el canterano celeste llegó al primer equipo para quedarse. Con todavía muchas facetas que pulir, guarda en su primer control con el esférico una ventaja contra sus rivales.

La aparición y apuesta por Brais Méndez es el mayor punto positivo de Unzué en su etapa viguesa. El canterano es una pieza de presente y mucho futuro.

Ante la evidente falta de musculatura, propia de jugadores habilidosos con el esférico, su primer contacto con el balón siempre descarta a un rival, generando una superioridad en su arrancada. No es especialmente rápido, pero su cabeza piensa casi siempre bien y veloz. Uno de los grandes retos para los futbolistas es ser inteligentes con el esférico, pensar antes que el rival y esta es una condición innata en Brais. El balón no quema en sus pies, sino que se desliza ligeramente desde su pierna izquierda. Además, es entregado en tareas defensivas ayudando siempre en la presión desde posiciones más adelantadas.

Su lugar en el campo varía entre la banda derecha y la mediapunta, siempre eligiendo más la zona central del terreno de juego que le permita combinar rápidamente con sus compañeros. Un auténtico diamante en bruto con una proyección envidiable pero al que todavía le falta mucho por pulir.

Otro de los puntos claves de mejora durante el primer tramo de temporada fue sin duda el balón parado. El mérito del técnico navarro fue conseguir que un equipo con escaso poderío aéreo consiguiese crear peligro con jugadas perfectamente preparadas. De esto se aprovecharon y bien jugadores como Pione Sisto, Waas o Maxi Gómez, los dos primeros asistiendo (con 9 y 8 respectivamente) y el segundo rematando.

Jugadas ensayadas que demostraban un dominio claro de la pizarra por parte de Unzué pero que, sin embargo, se observaron casi extintas durante la segunda vuelta.

CONDICIÓN FÍSICA

El equipo vigués ha llegado muy justo físicamente hablando al tramo final de temporada. La sensación de falta de frescura está presente desde el comienzo de la segunda vuelta y otros equipos lo han detectado, aprovechándose de esta situación. Muchos puntos se escaparon de Balaídos ante rivales que ya no tenían nada en juego o poco. La última muestra fue el derbi gallego frente al Deportivo de la Coruña.

El conjunto coruñés pasa por uno de sus peores momentos y pese a llegar a Vigo descendidos matemáticamente, los jugadores entrenados por Clarence Seedorf arañaron un punto y disputaron el encuentro de tú a tú hasta los momentos finales. Y aunque el orgullo dispute esta clase de partidos, este Celta tiene mimbres para más.

Eran dos las competiciones que este año tenía que disputar el conjunto olívico y pese a ello, la resistencia, la energía y la entrega fue disminuyendo rápidamente. Quizás por falta de motivación, coraje o entusiasmo o quizás por falta de ritmo y músculo, los celestes han visto como la segunda vuelta se les ha hecho cuesta arriba.

Un equipo ahogado en muchas partes del encuentro, partido en el medio y con poca resistencia física.

La sensación de abandonar los partidos ante el primer gol encajado ha sido demoledora. Como lo es el dato que nos indica que tan solo ha conseguido ganar 1 partido de los últimos 10 disputados, algo difícilmente superable si tu objetivo es clasificarse para la Europa League.

Y si físicamente le nivel demostrado no cumplió las expectativas, el desánimo, la desazón, la falta de ambición competitiva y el abandono de los partidos en cuestiones de moral, ha sido una de las tareas pendientes del entrenador. Y quizás, en donde más se ha demostrado claramente una desconexión con sus pupilos, observable en casi cada partido disputado.

EL FIN DEL CUENTO

Ante toda esta situación, el verano en casa Celta se presenta movido. El nombre de muchos jugadores ya está sonando como futurible para muchos conjuntos y si finalmente se acaban produciendo esas salidas, Felipe Miñambres en colaboración con el nuevo técnico verán intensificado su trabajo. Wass, Aspas o Jonny ya han formado parte de rumores pese a que no ha acabado la temporada y parece que no ha hecho más que empezar.

Lo que sí es seguro y confirmado es la ruptura entre el Celta y Unzué. Una relación que comenzaba en un momento complicado, ya que la familia celtista había visto como la pareja que había hasta el momento se convertía en uno de los amores de su vida. Por eso, Juan Carlos tenía la difícil papeleta de sustituir a Eduardo pero esto era algo difícil porque el argentino siempre viajaba en la maleta con un ingrediente secreto: el sentimiento. Algo que puede ante cualquier racha de mal juego o ante cualquier crisis típica de pareja, algo que incide más que lo superficial. Esa dosis de garra, intensidad y pasión unida al talento y a la creatividad. Un Celta con déficit de carácter competitivo que ha visto como este año se le han escapado partido por falta de ambición y esto siempre pasa factura.

La relación entre el navarro y los vigueses se acabó marchitando y ahora el cuadro presidido por Carlos Mouriño busca un sustituto que conquiste a la parroquia celeste. Un clavo que no saque a otro clavo, sino una columna que vuelva a situar unos cimientos sólidos en cuanto a idea de juego y personalidad. El cuento no siempre acaba comiendo perdices y esta es una de las excepciones.

 

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