Perder ganando

La sensación de que Zinedine Zidane siempre fue cuestionado ha sobrevolado su paso por Valdebebas. El Real Madrid es un club acostumbrado al fuerte oleaje de la prensa, el ruido interno y una constante guerra entre egos y figuras. Algo que se acentuó con José Mourinho y prosiguió con un Rafa Benítez que siempre estuvo en el punto de mira. Así es el Real Madrid, pero no Zidane. El técnico francés asumió el cargo en plena crisis deportiva, en la que parecía una temporada condenada para revertir la situación, impulsando al Real Madrid hacia su undécima Champions League. Y lo hizo de forma distinta. Nadie estaba preparado. Zidane tenía la clave.

El Real Madrid no jugaba para contentar a nadie, Zidane nunca quiso sentar cátedra. La victoria es su legado. Mientras el estilo era objeto de debate en la casa del vecino, de la mano del entrenador bleu la victoria fue el fin y el camino por el que el Real Madrid orquestró la que es la mayor dinastía europea conocida hasta la fecha desde 1992. Porque este Real Madrid se explica y se articula en torno a la Champions League. Nada ha sido tan mágico como esta relación, que huye de toda lógica y explicación. El Real Madrid jugaba sabiendo que la derrota no era una opción. El inviable ritmo de victorias en Europa pondera por encima de cualquier título doméstico. Lo inexplicable del Madrid se tornaba mortal en el ámbito nacional.

El conjunto de Zinedine Zidane construyó, bajo un aura de normalidad, una tiranía ineludible. Y lo hizo dominando como nadie los puntos estratégicos de cada partido. Nadie ha logrado descifrar como él esta competición. En la que todos pierden, él la ha entendido a base de victorias. Pero siempre bajo la sensación de estar perdiendo. Ganó perdiendo y le dio igual. Su gran logro fue el de crear una alienación de jugadores. Todos eran importantes y todos sumaban. La capacidad de crear un ecosistema positivo, recalcar la importancia de todos y cada uno de los integrantes y recuperar el mejor nivel de otros tantos. Zidane gestionó la mayor congestión de talento que jamás ha habido en la plantilla blanca. Sin voces ni alarmas. Ni las suplencias de Isco, James o Morata pudieron con su hacer. Al final todos estaban enchufados, Zidane no permitía nada que no fuera ganar.

Quizás su principal mérito, no tanto a nivel de gestión sino de rendimiento, fue el de reconvertir y dotar a Cristiano de un nuevo espacio. Un contexto en donde el portugués pudiera seguir siendo el atacante dominante que había sido. Su físico empezaba a decrecer y la innegociabilidad de la BBC obligaba a Cristiano a jugar en banda. Algo que el Real Madrid no se podía permitir. Ni Ancelotti ni Rafa Benítez habían cuestionado la BBC, pero Zinedine Zidane otorgó un nuevo rol a Cristiano que, acompañado de Karim Benzema, insufló sus números a final de temporada; menor desgaste y má cerca del gol. Sumado al brutal rendimiento que le dio el rombo en determinados momentos, Cristiano ha logrado reinventarse. Démosle el mérito que merece a Zidane.

“Si tengo la sensación de que no voy a ganar, me voy”.

Una retirada a tiempo es una victoria, decía aquel general compatriota suyo, Napoleón Bonaparte. Y así lo ha hehco Zizou, que ante la presunta imposibilidad de continuar con un legado perfecto, abandona cuando su lugar está en lo más alto. La final en Kiev fue el colofón a una trilogía histórica e irrepetible. La trilogía del hombre tranquilo. Ganó incluso perdiendo.

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