En el abismo

Decía Marcel Beltran en Revista Panenka que le hubiera gustado ser argentino “para aprender a enfadarme con Messi, y de esta manera quitarme a un Dios de encima, que ya se sabe que estas cosas de la fe son muy sacrificadas”. Es imposible renegar de tu Dios. No hay mayor prueba de fe en este mundo que un Mundial en esta época tiranizada por las redes sociales. Cada partido es un ejercicio de fe. Para la selección -nación- argentina es algo mucho más grande. A mí, me gustaría ser argentino para saber cómo se sufre. Cómo se vence cuando hasta se pone en duda a tu Dios.

Tras la terrible derrota sufrida ante Croacia, Argentina ya había perdido el Mundial. La imagen ofrecida a ojos de su país, esta selección ya no merecía nada más. El roto era tremendo. Tras la debacle, nombres como los de Willy Caballero, Javier Mascherano, Enzo Pérez o Salvio quedaron sepultados bajo toneladas de insultos virtuales, una nueva y ridícula moda que pone en evidencia la tremenda mediocridad que nos consume. Ahora ya solo vale ganar. No hacerlo es un fracaso. Qué menos cuando se tiene a Leo Messi, pensamos mientras nos regocijamos en nuestro sofá. Repartimos nuestro tiempo en dividir a la gente entre perdedores y ganadores, pero estos siempre minoría, siempre a nuestro gusto. Argentina ya había sido juzgada.

Ninguna selección se ha visto expuesta de tal forma como la argentina.

Jorge Sampaoli trató de poner sobre el verde a los jugadores que aún seguían vivos, que aún respiraban. Caballero fue enviado al banquillo y siempre sobrevivió Javier Mascherano. No juega bien, no pasa por su mejor momento, pero qué más da. Jugó con una brecha, envuelto de sangre, peleando hasta el final. El jefecito mostró todo lo que es, y lo que ya no puede ser. La inclusión, tardía, de Éver Banega naturalizó y puso en evidencia lo que era un secreto a voces: Leo Messi necesitaba socios. No muchos. Quizás uno, solo uno. Y así fue. “Dios ha muerto”. Nietzsche ya lo había pronosticado antes de caer en Turín, preso de la locura. “Dios ha muerto y lo hemos matado nosotros”. La afición albiceleste se miraba preocupada, pero fue Éver el que nos despertó a todos, dejando el mantra nietzscheano en nada. Con el del Sevilla dando sentido a la medular argentina, Messi pudo respirar. El propio muslo del diez argentino fue la cuna del grito argentino. El balón llovido y cargado de precisión de Banega lo amansó La Pulga, que hizo lo que años atrás hubiera hecho Diego Armando Maradona. El pelusa jugaba su partido en la zona VIP, pero Leo dijo basta. Su gol volvió a trazar puentes. Argentina seguía en el lodo, pero la fe volvía a apoderarse de ellos.

El penalti cometido por Javier Mascherano, volvió a revivir todos los miedos. Los nigerianos entendieron, tras una hora de partido, cómo funcionaba esto. Si ellos apretaban, los de Sampaoli sufrían. Impotentes, sin capacidad para cambiar el choque, Argentina se tambaléo ante la velocidad de Musa y Moses. Sin discurso, Sampaoli fraguaba su batalla con el área técnica, como un animal encerrado, mientras los nervios consumían las esperanzas de todo un país. Nosotros, desde los sofás, estábamos a punto de volver a escupir nuestro veredicto. Pero apareció Marcos Rojo, el mayor de los antihéroes, para hacernos ver que todo Dios pasa su prueba de fe. En días como este, me gustaría ser argentino para aprender a odiar todo aquello que nos hace vivir.

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