Ser los mejores

El  fútbol suele ser intransigente con las demandas ajenas, con los sufrimientos de unos y otros. Es como un Dios, inmisericorde. Desde 2008, con la genial semilla que plantó el maestro Luis Aragonés, en España se ha ido forjando concienzudamente una idea de juego, tan brillante como el técnico que la hizo posible en aquella Eurocopa ahora hace 10 años. Una idea que ha acabado ahogando a España. Porque el fútbol imposibilita la gloria eterna, el sempiterno éxito soñado es incompatible con el día a día de este maravilloso deporte.

España saltaba a los octavos de final sin Andrés Iniesta sobre el verde. Algo absolutamente histórico. El héroe que hace ocho años nos colocaba nuestra primera estrella en el pecho no sería titular en el que sería el último partido en esta Copa del Mundo y su último partido con España. La baja del manchego ya indicaba algo, era indicio de lo que muchos analistas preveían antes del choque: España necesitaba algo nuevo, diferente. Iniesta, por edad y encaje, aguardó en el banquillo. Hierro reservó el momento donde se deciden los partidos para el que decidiera el más importante en la historia de España, para el que los decide sin decidir, casi sin querer. Pero ni con Don Andrés se pudo. Y es que se ha repetido tantas veces el mantra del “somos los mejores” que, como apuntaba el periodista Rubén Uría: “hemos sido los mejores en decir que somos los mejores, y nada más”

La realidad es que mientras unos avanzan, mejoran, depuran y estudian, otros se quedan anclados en una época que ya no volverá. Piqué, Ramos, Busquets e Iniesta son los vestigios vivientes de algo tan cercano, pero a la vez tan lejano. España ha “platonizado” su idea, si se me permite la expresión, volviéndola estéril. Nunca se ganó nada por decir que se jugaba mejor. El fútbol; ese deporte que se cree ganar antes de jugarse y que una y otra vez nos embiste, haciéndonos recordar que él siempre va a ganar. Rusia ha sido otro puñetazo más. Tras Brasil y Francia, este Mundial se encaraba con ilusión, por plantilla y por un momento de forma que parecía dulce, pero terminó siendo amargo. Los jugadores nunca encontraron acomodo a un sistema que les exigía movilidad, desparpajo y frescura. Solo Isco se reveló, pero su rebeldía nunca trajo los frutos que se podían esperar. Como señalaba Natalia Arroyo: “saber hacer jugadas no es saber jugar”.  Porque Isco recoge en esencia lo que es esta España. Un jugador superdotado que aún no comprende lo que es. Su afán por ser en todos lados termina por hacer que no esté en ninguno.

Isco fue el más activo de un equipo que lo necesitaba, pero con eso no bastó. Solo vino a demostrar que aún tiene que aprender cómo gestionar ese liderazgo en el juego de la Selección.

Ante Rusia, Fernando Hierro buscó un equipo más agresivo, con Koke y Asensio en el once se ganaba en piernas, y en el caso del jugador del Real Madrid, era la pieza que debía fijar el sector izquierdo para atraer marcas y agilizar la zona central del campo, pero no fue así. Marco Asensio se mostró temeroso, incapaz de mostrarse en el uno contra uno nunca fue la solución. David Silva, tras firmar una excelente temporada en Manchester, ha terminado siendo una sombra en la selección. Al fin y al cabo todo es cuestión de determinación. En el City hay una idea, un plan. En España ha parecido no haber nada más que la inspiración puntual, la magia ancestral de Andrés o la pillería de Isco. Hierro ha puesto el talento sobre el césped pero nunca ha facilitado que este talento conectara. Creer que se va a vencer, que se va a besar la gloria, sin saber que para hacerlo debe haber un plan es creer ser el mejor en decir serlo. Y es que el autoengaño, en el fútbol como en la vida, solo tapa leves heridas. Y el Mundial es algo más. España dice adiós al ya famoso “lado fácil” del cuadro sin haber saboreado la hipotética victoria. Porque así es el fútbol. Siempre nos va a ganar.

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