Todos para uno

La lectura en plano cenital de lo que ha sido el Mundial desarrolla diferentes aspectos que, grosso modo, han tenido puntos comunes. Las selecciones de juego colorido y pintoresco, como España o Alemania -a veces causado por la mala ejecución del plan- se han encontrado con muchas más dificultades, obviando los términos resultadistas, que combinados de menor calidad técnica, con un sistema más simple. Didier Deschamps, de alguna manera, renunció al talento individual para conformar un sistema de juego que trabajase al unísono. Ajustándose a un plan concreto y directo. 

El plan de juego de Deschamps es simple pero eficaz.

Paul Pogba resume el mensaje de la mejor forma. Pierde lucidez y vistosidad, pero realiza un rol mucho más necesario para el equipo. Deschamps cedió desde el inicio a ser la Francia de grandes expectativas en cuanto a juego. El entrenador simplificó todas las operaciones para obtener un resultado sencillo pero eficaz. El balón es el medio que conduce al fin, pero a la meta llega de forma distinta que alemanes, españoles e incluso belgas. Porque los franceses, abanderados por Kylian Mbappé, son muy poderosos en las transiciones, y tienen además el recurso de Oliver Giroud. Pese a que el contexto del fútbol contemporáneo demande al lateral ser partícipe, también en el último tercio de campo, Deschamps optó por la reconversión de dos centrales. Aunque Lucas Hernández puede actuar en dicha zona con mayor naturalidad que Benjamin Pavard. El molde en el que el técnico encaja a sus jugadores no es cómodo para algunos de ellos, pero fructifica en una base a partir de la cual empezar a crecer. Y, precisamente, es lo que Francia ha hecho durante el torneo.

El centrocampista del Manchester United dista mucho de aquel mediapunta de la Juventus de Turín. Sin las diabluras en la frontal del área del joven Pogba que miraba a los ojos del portero, este ha madurado psicológicamente y ha observado su alrededor. El Pogba glamuroso se queda en el vestuario. Y es que el actual es mucho más beneficioso para el conjunto. Junto al multidimensionado N’Golo Kanté y Blaise Matuidi, Pogba es el nexo entre la base de la jugada y la parcela ofensiva. Mientras que sus compañeros tienen labores más comprometidas con el equilibrio y la sujeción estructural del equipo, el de Manchester no rehúsa ni a las conducciones ni a los cambios de ritmo, pautados por un dominio físico diferencial.

Pogba aparca su glamour para ser un jugador de equipo.

Que el cerebro del equipo forme parte de la delantera es significante. Antoine Griezmann juega un rol similar al del Atlético de Madrid. Por detrás de un delantero referencia, es quien marca los tiempos de los ataques, más allá de las conducciones exuberantes de Pogba y Mbappé. Griezmann pauta las frecuencias, interpreta las necesidades del equipo en todos los momentos del encuentro. Desequilibra en el ataque posicional y desahoga al equipo, amagando el balón, para salir de presión. Por otro lado, Mbappé ha sido utilizado como poco más que un recurso, aunque no dejó, para nada, una sensación fría. Destrozó a Argentina en el contexto más favorable para explotar sus cualidades, pero también supo gestionar el impacto de su aceleración ante defensas situadas en bloque bajo, atacando los pocos espacios concedidos. Pero la Francia de figuras como Pogba, Mbappé o Griezmann ha necesitado al perfil antagónico y, en términos técnicos, antónimo de Giroud. Es cierto que el delantero del Chelsea no ha anotado ningún gol, pero, pese a ser el ariete, no es su función principal. Contribuye a que los jugadores más talentosos puedan recibir de cara, y aporta el valor añadido del juego aéreo, tan decisivo en las acciones a balón parado durante el Mundial.

Deschamps no ha potenciado a sus estrellas, pero ha potenciado al colectivo. Giroud ha sido el factor que más les ha favorecido, pero el plan inicial nunca fue ese. Francia eliminó todas las ideas preconcebidas anteriores al mes de junio acerca de la vistosidad de su juego, a raíz de la presencia de los jugadores más mediáticos. Ganó en sobriedad, en lo estructural. Los nombres quedan en la esencia de sus cualidades y la unidad persiste por encima de cualquier argumento individual.

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