Balón en Profundidad

Fútbol hasta la línea de gol

Mundial Rusia 2018

Vuelta al pasado

El fútbol es dos deportes. El que se juega en nuestra mente, antes de que suene el pitido inicial, y el que la cruda realidad nos depara. Así lo apuntaba en Revista Panenka Marcel Beltrán. Y rescato esta idea tras la victoria en la final de la Copa del Mundo por parte de Francia ante una Croacia que revivió el romanticismo del fútbol, haciendo que todos soñasemos con Luka Modric levantando el trofeo más deseado. Francia burló todas las expectativas, sobreviviendo siempre.  Fue justo vencedor en el Mundial que más castigó los errores, el que menos concedió. Y Francia fue la mejor concediendo poco.

Didier Deschamps nos engañó a todos. Antes del Mundial la acumulación de talento ofensivo por parte del plantel bleu nos hizo suspirar, imaginando quién sabe qué juego, para al final acabar ganando a balón parado. El Mundial, siempre contundente e imprevisible, desautorizaba a los padres del juego de posesión como Alemania y España, ambas sin argumentos, cansadas y deterioradas.  Otras selecciones como Brasil o Argentina caían antes de lo esperado, con sus estrellas completamente apagadas. Siempre nos quedará París, se pensaba. La única constelación de talento que se mantenía en pie. Y el cómo dejó de importar para pasar al qué. No importaba que su delantero centro no chutase ni una vez entre los tres palos en todo el Mundial, que Ousmane Dembélé no contase prácticamente nunca o que Antoine Griezmann no corriera al contragolpe para quedarse cerrando una banda. Qué más daba. Francia nos burló a todos, se puso el traje de otra época, de otros tiempos, para levantar la Copa del Mundo.

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Quizás Kylian Mbappé sea la excepción que confirma la regla.  El único que no quiso desviar los elogios en pro del resultado; Kylian los quería, despertando enseguida a aquellos ávidos de comparaciones históricas, dando pie a todo tipo de cábalas. El jugador que se entestó en trasladarnos al futuro, en reventar cualquier plan. Sus carreras nos transportan a las de un muchacho corriendo descalzo en la sabana, a un niño rebelde escapando de sus padres, a otra época. Sus dos galopadas a campo abierto dinamitaron la final cuando Croacia luchaba por cumplir la machada. Sus dos carreras fueron dos goles, y es que cuando arranca crea un efecto hipnótico que impide que nuestros ojos se aparten de él y que los defensas le alcancen, parece imposible, y quizás lo sea. Cuando tenga 32 años Mbappé tratará de engañarnos a todos como hizo Francia en 2018, tratará de no correr y seguir corriendo a la vez, pero a la hora de la verdad, su irrefrenable velocidad nos golpeará en la cara.

Mbappé fue el jugador diferente de Francia. El toque diferencial de Rusia 2018.

Fue una vuelta al pasado al ver el semblante de Luka Modric recogiendo el trofeo al mejor jugador del Mundial tras perder la final, como hiciera Leo Messi 4 años antes. Mirada perdida, pensando en lo que hubiera podido ser, y no fue. Francia evitó lo que parecía inevitable. Modric, el que nunca pierde una final, el que solo ha caído eliminado una vez en Copa de Europa desde 2013, cayó derrotado, fruto del cansacio de las tres prórrogas que fueron tres finales anticipadas. Croacia ya había jugado la final, y ya la había ganado. Así quedará para siempre, en nuestros recuerdos. Yo iba con Croacia, Didier Deschamps nos engañó y ganó. No sé a quién le leí esta frase, pero ahí va: «El segundo es siempre el primer de los perdedores». Me niego a aplicarla a Croacia. Los pupilos de Zlatko Dalic son los primeros de los ganadores, pese haber perdido. 

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