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Fútbol hasta la línea de gol

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Finales en agosto

Sevilla C.F y FC Barcelona se encontraron en Tánger para medirse en un duelo que abría una nueva etapa en el fútbol español. Debutaron el VAR y la Supercopa a partido único en un ambiente festivo en Marruecos, la primera vez en el extranjero. Con Leo Messi levantando, al fin, la que es su primera copa como capitán del Barça, el partido ha dejado ese sabor agridulce de finales que se juegan en Agosto y no en junio, sin apenas entrenamientos ni probaturas previas.

El partido estuvo marcado por lo que hiciera Valverde para contrarrestar el ya conicido sistema de Machín. El Sevilla se hizo con un técnico que tiene un modelo por bandera, indiscutible. Así ganará y así perderá. Le tocaba entonces a Valverde agitar la pizarra en busca de soluciones y las encontró volviendo a los inicios. Una suerte de 4-3-3 con Ousmane Dembélé en el sector zurdo y Messi partiendo desde la derecha, pero siempre mediapunteando, el equipo encontraba la profundidad necesaria gracias a Alba y Semedo. En los interiores Arthur y Rafinha acompañaban a Busquets, que actuaba de eje. El Sevilla esperaba, con un 5-4-1 muy junto y estrecho, congestionando la zona central y obligando al FC Barcelona a moverse hacia los costados. Arthur Melo tendía a bajar mucho, compartiendo alturas con Busquets y gestionando el juego en esta primera fase. Se le notaba  el miedo a vivir de espaldas, a recibir escalonado, a verse entre líneas. Es algo que en Sudamérica no ha conocido. Arthur ve el juego de cara, y en poco tiempo deberá reconducir su lectura del mismo.

Había mucha expectación en el debut de Arthur Melo con el 8 a la espalda.

El ritmo bajo propio de Agosto, más de pretemporada y de partidos entre amigos que de finales, solo se rompía cuando Leo Messi lograba conectar a sus compañeros, sobre todo en el primer tiempo, creando espacios y contextos de donde no los había. Así es el 10. Juega igual aquí que en casa con sus hijos. El tempranero gol de Sarabia puso más en evidencia la sinergia del Sevilla. Su plan, muy reactivo, no encontraba apenas poso en las botas de Éver Banega, y se aceleraba siempre con Jesús Navas y Sarabia, que buscaban verticalizar cada jugada. El Sevilla esperaba y se lanzaba siempre hacias las bandas, conscientes de la superioridad que existía ahí, obligando a recular a un Barça que aún tiene automatismos que trabajar en esta faceta.  Sufrió la defensa culé ante las arremetidas al espacio de Muriel y los envíos largos hacia los costados de la zaga de Machín. Aunque protegidos por la velocidad en las alas con Alba y Semedo, se impusieron la mayoría de las veces.

El plan del Sevilla tendió demasiado a la verticalidad cuando tenían la pelota, no hubo pausa alguna.

Valverde decidió cambiar rápidamente las cosas con la entrada del croata Ivan Rakitic por Rafinha. Su presencia le dio una sabiduría y un conocimiento nuevos al equipo. Y es que Rakitic no ha parado de crecer como futbolista, y lo sigue haciendo. El Sevilla amenazaba al contragolpe, algo que se acentuó con las entradas de André Silva y Aleix Vidal, ambos debutantes. El portugués dejó detalles de lo que puede ser para Machín. Sin ser una pieza tan agresiva al espacio como Muriel, sus recepciones para poner en ventaja a sus compañeros son oro. También Ernesto movió ficha, dando entrada a Coutinho y dibujando un 4-2-3-1 que, de alguna forma, ayudaba  a desembotellar al FC Barcelona en la segunda mitad. Solo Dembélé y las incursiones de Alba y Semedo daban oxígeno al Barça. Con Leo Messi jugando de enganche, ya liberado de la banda, el argentino concedió ventajas a sus compañeros prácticamente cada vez que tocaba el cuero. Mecanizando la belleza, dando pases de gol como quien da pases de seguridad. La poca finura en los últimos metros de Luis Suárez, que volverá a marcar el techo competitivo de este equipo, dejó sin premio mayor al equipo de Valverde que, a golpe del 10, iba buscando el gol. Preocupuante fue lo del uruguayo, que se le notó tosco en el movimiento corto, pesado en cada caída en banda y desacertado en cada asociación.

En ese nuevo escenario que dibujó Valverde, con Ousmane en banda derecha, el equipo creció en capacidad de sorpresa y desajustó a un Sevilla que no supo encontrar esas situaciones de dominio que exigían el partido. Ousmane Dembélé apareció para sentenciar la final, su derechazo inapelable fue un mensaje, certero, del papel que quiere tener el joven francés este curso. Su partido estuvo marcado por acertar en todas las diferentes situaciones que se le iban planteando. Apareció entre líneas para agrietar el sistema sevillista y se lanzó al espacio para dar aire a su equipo cuando más lo necesitaba. Y, al final, el gol. Ese que le dio el título y la confianza de quién se siente que ha subido un escalón. Quiere decidir, y lo quiere hacer ya.

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