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Academicismo para Machín

La llegada de un entrenador, más si cabe cuando se trata de uno tan peculiar como Machín, requiere cambios. La singularidad del sistema del soriano exige un cambio de mentalidad bastante radical pero de rápido aprendizaje. La esencia vertical de su juego invita a recortar el proceso de adaptación y, en poco más de un mes, el Sevilla parece tener una personalidad muy concreta, con una formación diferente (3-4-2-1) y unos matices nuevos. Pero precisamente en estos recae el pequeño margen de mejora de los sevillanos, exentos aún de un escenario competitivo adecuado después de pasar dos rondas previas de Europa League sin apenas sudar. Asimismo, al ser un modo de juego tan versátil, parte de la personalidad que adquirirá el colectivo será a partir del perfil futbolístico de sus componentes. El Girona sin Stuani fue uno y con el uruguayo fue otro. Y con Granell o Pere Pons pasa lo mismo. Igual que con Portu, lógicamente. Piezas que han anarquizado una manera de entender una función dentro del sistema por su unicidad dentro de este.

Pero esto no solo ocurre en las partes que se les suponen una intervención más directa en el juego. Es el caso de la retaguardia. La adquisición de un central no solo obedecía a un perfil futbolístico sino a una necesidad númerica: el técnico soriano utiliza tres defensas en vez de dos. Con Machín los centrales y el portero -este último en menor medida- adquieren otro valor. Una responsabilidad con balón impropia de un equipo que opta por un estilo vertical. Deben estar activos en el primer pase de la jugada, ser capaces en la conducción y, sobretodo, tener un buen desplazamiento. Y el nombre de Sergi Gómez casa perfectamente con el ideario del central de Machín. Un jugador diestro elegante con balón, intenso en el corte, curioso en el pase corto y largo y tajante en el área, tanto por abajo como por arriba. El central catalán acumula una trayectoria profesional remarcable, sobre todo en el Celta, donde ha ganado madurez y consistencia. Precisamente con el conjunto vigués testeó el sistema de tres centrales, así que su proceso de adaptación no partirá desde la nada, un factor a tener en cuenta por el carácter de este tipo de juego.

El nuevo central del Sevilla se acomoda perfectamente a las pretensiones de Machín por su aportación con balón y sin él.

En el plano futolístico, Sergi Gómez es un central académico. De la vieja escuela. Un talante afable con el esférico, notable en la anticipación, muy correcto en la defensa aérea, tajante por abajo y cariñoso en el desplazamiento. Goza de una personalidad en la salida del balón que permite al equipo minimizar el margen de riesgo y proponer desde la base de la jugada. Su meditada orientación corporal y conducción contribuyen a dar serenidad a su virtuosa iniciativa con balón. Su envergadura le ayuda a ser una pieza importante tanto en las jugadas defensivas como en las ofensivas. Es un defensa de área y eso le va a aportar mucho a Machín. Cerca de la meta local tiene la capacidad de taponar o quitar balones sin riesgos. Ahí su incidencia se dispara y, a través de la posición y anticipación, llega a todas las situaciones peligrosas.

Tiene un cambio de ritmo lento y su carácter clásico es contraproducente en el fútbol moderno.

Pero lejos del área es donde le cuesta más explotar. Aunque en el Celta o el Barça B estuviera acostumbrado a vivir de manera distante de su área, es un jugador que con muchos metros a su espalda es vulnerable. Le falta un punto de velocidad, sobre todo en el cambio de ritmo, que limita sus condiciones. Es veloz pero le falta rapidez. Por otro lado, fruto de su carácter anticuado, le falta «modernidad». Los centrales actuales son más fuertes y decididos en el choque, a diferencia de Gómez, que prioriza la limipeza a la suciedad, y eso, en muchas situaciones, le puede penalizar. Durante el último curso solo fue amonestado tres veces con tarjeta amarilla. Un matiz «bondadoso», una contundencia, que deberá mejorar junto con su manera de defender los espacios abiertos.

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