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El bronce más laureado

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Toda gran selección tiene su particular Mundial ya fuese por la primera consecución de este o por la singularidad de su recorrido en él. Uruguay 50’, Brasil 58’, Inglaterra 66’, Alemania 74’, Italia 82’, Argentina 86’, Francia 98’ o España 10’. Hasta hoy, solo estos combinados han conseguido coronarse con la madre de los títulos, pero el Mundial no solo es el premio bañado de oro sino también sus momentos. Y es aquí donde las selecciones con menor peso histórico tienen margen para vivir su suceso particular. Llegar a la final, a la de consolación, a cualquiera de las fases eliminatorias, acceder a ellas o simplemente competir en el torneo de selecciones más estimulante que existe.

En este contexto de hitos paralelos a los títulos sin serlos, la Croacia de 1998 escribió el capítulo más bello de su historia en los Mundiales, aunque aquellas líneas fueran de por sí especiales. Tan importante fue hasta dónde llegaron como de dónde venían. La selección arlequinada disputaba su primera Copa del Mundo como país independiente después de la Guerra de los Balcanes y el conflicto que había dividido el territorio de la Europa del Este aún seguía en la retina de los seleccionados croatas, que no hacía mucho que habían tenido que sufrir tal vivencia horrorosa. “La guerra nos dio una fuerza coral determinante. Habíamos sufrido mucho con el conflicto yugoslavo y en la concentración se respiraba un ambiente de superación poderoso, un grado de motivación diferente: estábamos fuera del país y queríamos darle una alegría a nuestra gente”, comentó Nikola Jerkan, el mítico defensa croata del Oviedo que vivió aquel hito en primera persona, aunque fuera del rectángulo.

En este, de hecho, se encontraba la principal singularidad de aquella Croacia de 1998: el grupo de jugadores. En esa alineación de pequeñas grandes casualidades, el conjunto ajedrezado había conseguido juntar hasta la que a día de hoy ha sido una de sus mejores generaciones. Davor Suker, Robert Prosinecki, Zvonimir Boban o Robert Jarni abanderaron un colectivo único que había brillado por primera vez once años antes del bronce del 98. El Mundial sub-20 de Chile de 1987 quitó del anonimato a los protagonistas de la historia deportiva más prolífica de Croacia gracias a la consecución de dicha competición. Un éxito que proyectó a los nombres más relucientes de la futura selección arlequinada antes de que las tensiones políticas ocuparan el primerísimo plano de sus vidas. Aquello fue la semilla que más tarde brillaría con alegría y ferocidad. La eficacia de Suker, la sutileza de Prosinecki, el toque de Boban y la pegada de Jarni, todo resguardado bajo la batuta de Miroslav Blazevic. El técnico bosnio-croata trazó una red para unir a este conjunto de individualidades con una personalidad futbolística carismática, distintiva y eficiente.

La Croacia del ‘98 se establecía desde la defensa férrea y el juego directo. El seleccionador croata supo combinar este equilibrio gracias a la capacidad defensiva de su retaguardia, con piezas preparadas para el cuerpo a cuerpo y el juego aéreo, y la plasticidad técnica de sus figuras atacantes. En la defensa, Bilic y Simic representaban la estructura. Resguardados por el ejemplar Dalic bajo palos, los dos baluartes defensivos acometían las principales funciones del bloque más retrasado con un ejercicio de solidez que se convirtió en habitual. Su descaro físico les permitía partir con una ventaja en los duelos físicos, tanto por bajo como por alto, que devinieron un seguro desde los primeros pasos de la competición.

Croacia 98 plantilla

El 4-4-2 fue el sistema con más recorrido y organizó una selección muy preparada a nivel físico que demandaba un conocimiento táctico total para poder explotar el potencial que contenía. Las dos líneas de cuatro impedían una transición rival fluida y, con recursos para armar el contragolpe, los croatas protagonizaban los partidos a ritmo de estocadas. Y la anarquía de los de arriba hacía el resto. Aunque cambió de pareja, el talante goleador de Suker no se quebró y el que fuera delantero del Real Madrid puso en escena su polivalencia en campo rival gracias a su envergadura y notable técnica. Un peligro latente. La pluralidad de Suker podía redimensionar el ataque croata desde la casualidad, las jugadas puntuales, pero el que llevaba la iniciativa de las transiciones era Robert Prosinecki. El mediapunta reconvertido a la banda se responsabilizaba de la jugada en el último sector del campo con un carácter imaginativo y extrovertido. En la sala de máquinas, el supervisor Zvonimir Boban representaba el nexo defensivo y asociativo, físico y creativo, que enlazaba el engranaje de Blazevic. El mítico mediocampista del Milan gozaba de una categoría ofensiva que le permitía asomarse al ataque con asiduidad y ser partícipe en los contextos de contragolpe que se pudieran generar con una endiablada soltura desde la segunda línea. Y en la banda izquierda, y no menos importante, habitaba Robert Jarni. El centrocampista exterior atesoraba una capacidad de desequilibrio importante y siempre devenía una ayuda para dar amplitud por su lado, donde siempre buscaba ser lo más profundo con su vocación de carrilero.

La columna vertebral de imborrable calidad y las heridas de la guerra fortificaron un grupo ya de por sí especial en aquella Copa del Mundo, que trazaría un recorrido igual de memorable. Clasificada como segunda en un grupo parcial con Argentina, Japón y Jamaica, la Croacia de Blazevic se encontraría con la invicta Rumanía de George Haggi. La electricidad del juego croata sorprendió a los rumanos, desorientados ante tal recital exuberante, que caerían por la mínima después de equilibrar la balanza de méritos. En cuartos de final les esperaba Alemania, su verdugo en la última Eurocopa, que se presentaba a la cita con su favoritismo histórico y un plantel siempre óptimo para agrandarlo, pero la historia estaba del lado arlequinado, que consiguió placar a la Mannschaft en un ejercicio preciso y completo de su idea. Aun así, para la semifinal, la anfitriona Francia se presentaba con demasiados argumentos como para hacerle frente. Aunque Suker no falló, los franceses tuvieron en Zidane su esperado líder y en Thuram su inesperado goleador. El defensa de Guadalupe marcó sus únicos dos goles con la elástica francesa en una semifinal del Mundial, que dejó encaminada la clasificación de los suyos para la gran final. Con un cóctel de sentimientos nuevos y reencontrados, de sensaciones negativas y positivas, ya solo quedaba el incentivo del podio, que finalmente se llevaría, para conseguir el bronce más laureado de su historia. Solo la actual generación croata dirigida por Zlatko Dalic y capitaneada por Luka Modric e Ivan Rakitic logró aproximarse a aquella sensación, aunque su hazaña fuese mayor, con una propuesta de juego diferente y una herida por la guerra mucho menos latente.

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