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Reinicio flamante

Cuando intuía que su andadura en el Espanyol no tardaría mucho en concluirse, Quique Sánchez Flores sugirió que las anomalías que estaba sufriendo el conjunto perico pertenecían a la incapacidad de la plantilla en vez de un rasgo táctico. Los jugadores que tenían que ser diferenciales no estaban dando el correspondiente paso adelante y el colectivo se aferraba a una columna vertebral cada vez más concentrada en la figura de Gerard Moreno. Aun así, el tiempo ha acabado poniendo a cada uno en su lugar, también en Cornellá-El Prat, porque la raíz de la cuestión no nacía en el qué sino en el cómo. El equipo catalán tenía piezas aptas para proponer alguna cosecha ambiciosa pero no gozaba del artífice que la maniobrara. El problema que primero se retrajo al grupo de jugadores acabó revelando la falta de versatilidad de su líder delante una plantilla con mucho fútbol pero cohibida por la incertidumbre táctica de su técnico y la irregularidad horrenda de la que se contagió el conjunto catalán. La llegada de otro entrenador se preveía como algo lógico, pero la opción de Rubi permitió amoldar las piezas desmarcadas del planteamiento del técnico madrileño. Entre ellas, un desconocido Marc Roca que solo había disputado 348′ en todas las competiciones (258 en Liga).

Del ostracismo a ser pieza clave en la idea de juego de su técnico. Ese puede ser el gran paso para Marc Roca.

La irrupción del extécnico del Huesca sirvió sobre todo para ordenar. El Espanyol era un equipo que no se encontraba en el campo porque pocos jugadores daban soluciones en el juego. La excesiva verticalidad aburría un medio campo que estaba poblado por futbolistas de un carácter más asociativo que físico. La aplicación de triángulos en el característico 4-3-3 del entrenador catalán hizo relucir los ojos de Granero, Sergi Darder o Marc Roca, que durante la pasada campaña estuvieron más exigidos en defensa y menos receptivos en la creación de la jugada. La aprehensión esperanzadora de la parte técnica contribuyó a enderezar el aspecto mental, otro factor que necesitaba estimular después del mal curso con Sánchez Flores. Las piezas que tenían que relevar la cuota de responsabilidad de Gerard Moreno requerían de una motivación que les enseñara, no solo a ellos sino al equipo, lo que podían llegar a ser después de lo que habían sido. Y ahí entra Marc Roca Junqué.

El de Granada del Penedés cuajó una actuación estratosférica que lo catapultó a la titularidad y a la grada para ser capitán e ídolo simbólico en el juego y en el aficionado, con el añadido de haber pasado por las categorías inferiores. La esperanzadora participación en Balaídos desembocó en una masterclass de interpretación del juego que, junto a un excelso Granero y un jerarca Darder, atropelló a la medular del Valencia. Después de una primera parte muy notable, el conjunto che sucumbió a la capacidad de anticipación y decisión en el corte del joven mediocampista catalán, soberbio en la actitud y maduro. Involucrado en la base de todas las transiciones, Roca asumió con naturalidad la nueva responsabilidad de escalar el inicio arriesgado de la jugada y ceder la posesión a los interiores idearios del juego. Como un ave fénix, Marc Roca resurgió de sus cenizas del pasado para reafirmarse como la nueva piedra donde se debe construir la propuesta del Espanyol de Rubi.

Marc Roca sorprendió con su dominio desde el pivote por su sobriedad dada su corta experiencia en Primera División.

Junto a Rodri, Marcos Llorente o, en su particular medida, Igor Zubeldia, la acomodación del jugador perico en su nuevo sistema lo incluye en la lista de jugadores que deben devenir las cabezas pensantes en las transiciones defensivas y ofensivas de la próxima década en La Liga. En una de las mejores épocas de pivotes defensivos españoles, el catalán se erige como una pieza especial, que ha crecido desde la adversidad, lejos de su escenario ideal, y que tiene todo el mundo por recorrer.

 

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