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El duro reto de Mancini

Todo amante del fútbol debe sentir, por simple pasión, algo de aprecio por el combinado nacional italiano. A pesar de haber tenido —mentando al patriotismo en España— sus más y sus menos a lo largo de los años, el mero hecho de ver a Italia tan lejos de lo que era antes entristece a todo aquel que vive por el balompié. Y es que no es fácil experimentar cómo, sea su capitán quien sea, el barco azzurro parece estar hundiéndose cada vez más.

Sin embargo, hace ya cuatro meses, la federación italiana se encargó de tratar de poner solución a una problemática que dejó a los azules sin poder pugnar en el Mundial que finalizó en julio del presente año. Las negociaciones con Roberto Mancini llegaron a buen puerto y comenzó su periplo internacional con un complicado reto: colocar, de nuevo, a la selección de Italia en la cima del mundo. Para ello tenía por delante un camino que recorrer que no sería nada fácil, dada la herencia recibida tras la salida de Piero Ventura, quien había copado el descalabro nacional con la eliminación de la repesca mundialista ante Suecia.

Llegó Mancini tras abandonar el barco Gian Piero Ventura para tratar de devolver a Italia al lugar que le pertenece.

Desde entonces, Mancini trata de estudiar los errores que se cometieron en el pasado, sin haber conseguido, por el momento, éxito en sus investigaciones. Es algo que se puede vislumbrar tras dos partidos de la flamante UEFA Nations League, siendo la derrota ante Portugal cosechada el pasado lunes un claro factor del largo y duro trabajo que tiene por delante el seleccionador. Ante el conjunto de Fernando Santos los italianos partieron con un 4-3-3 sumamente móvil en el campo. Un centro del campo que parece ser un fijo para Mancini, formado por Bonaventura y Cristante, con mucha movilidad a lo ancho del campo, y Jorginho, el ancla, debe ser el punto principal sobre el que basar el catenaccio puro que intentó trasladar en el partido, pero que no logró debido a la increíble falta de conexión entre las piezas de Mancini a la hora de circular el esférico.

Sin ir más lejos, eran los laterales los que habilitaban a Immobile y a Chiesa, extremos que se situaban con espacio por delante, para armar el contraataque con velocidad. No obstante, la falta de apoyos a la hora de salir con velocidad desde las bandas imposibilitaba la sorpresa en la fase ofensiva, teniendo que utilizar a Zaza, quien parece ser una pieza clave en la alineación tipo de Mancini, para tratar de liberar de sus tareas a Immobile y a Chiesa. El problema ofensivo se define con la imprecisión a la hora de realizar la transición con agilidad, cuando los delanteros se alargan en demasía y los laterales tienen que jugar en corto para no perder el balón, algo que comenzaron a realizar a medida que la posesión se les escapaba con cada intento de lanzar un contraataque.

El catenaccio se reconoce con tan solo ver unos segundos al equipo, pero son muchos los fallos que lo echan por tierra.

Sin embargo, no quedan en la ausencia de conexiones entre todos los jugadores los problemas que tiene Mancini, ya que, en tareas defensivas, su equipo debe prestar muchísima atención a varios aspectos. Uno de ellos, prioritario para el propio catenaccio, es el desorden táctico que se hizo palpable ante Portugal a la hora de defender. Si bien Mancini impone una línea de presión sumamente baja, esperando en campo propio para ejercerla, las líneas de la zaga acaban abandonando sus marcas para realizarla cuando se enfrentan a un rival que acomete con constantes embestidas. En campo propio, además, retrasó a Chiesa para apoyar a la segunda línea, tratando de cerrar así, aún más, sus líneas, pero no servía de mucho cuando los laterales perdían sus marcas y descolocaban a los centrales. Portugal logró llegar con mucha facilidad tanto por el centro como por las bandas, algo que Mancini sabe que es un punto claramente débil de su equipo.

Cuadra, por tanto, que Italia no parece estar cerca, de nuevo, de lo que tanto ansía ser, y Mancini tiene un camino de piedras enorme que recorrer si pretende dar a su nación el reconocimiento futbolístico que siempre ha tenido. Una ínfima luz se asoma en un bosque de sombras que no invita, para nada, al optimismo a los suyos, contando con una gran batería de fallos que hay que afinar para demostrar que el estilo azzurro puede volver a la cima.

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