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Volver a empezar

España se sirvió de algo nuevo, desconocido en esta generación construida sobre el relato de Xavi e Iniesta, para barrer del mapa a la vigente subcampeona del Mundo. Tras el impás que supuso el pasado Mundial, donde el contexto no favoreció que floreciera lo que la selección iba mostrando los meses previos, Luis Enrique se ha servido de una idea que, sin dejar de tener el mismo objetivo, difiere mucho en su forma. Es un volver a empezar, un comienzo que cuenta con unos ingredientes que sus predecesores nunca tuvieron.

Luis Enrique cambió algunas piezas de las de su debut, con Asensio, Ceballos y Gayà en el once. Marco jugó por Iago Aspas, actuando en la que es su mejor posición, el extremo diestro. Dani jugó por Thiago en el interior zurdo, para buscar las conexiones con Isco y dejar la banda limpia para el tercer debutante de esta nueva era, José Luis Gayà. Las nuevas entradas modificaron parte del plan mostrado ante Inglaterra, desplazando a Rodrigo a la posición de 9. El delantero del Valencia es, a día de hoy, el 9 de Luis Enrique. Su fútbol está para lo que él quiera, super agresivo en cada gesto y atinado en sus decisiones. Ató a los centrales, descentrándolos cada vez que decidía irse de excursión, creando unos espacios que Saúl, el gran beneficiado, aprovechaba con una voracidad alemana. Su convicción es tremenda.

Croacia apretó en el inicio, pero a España le bastó la pegada que antes no le caracterizaba para sacar ventaja sin la necesidad de dominar el juego.

La salida de Croacia fue la propia de una subcampeona del Mundo, valiente y sabiendo que están en su momento. No tuvieron miedo en ir a buscar a España arriba, que se mostró un tanto errática en sus envíos. Olieron la sangre y apretaron alentados por Modric y Rakitic, que lideraban la presión. España no estaba hasta que Sergio Ramos trazó un envío preciso cambiando el juego, iniciando un nuevo guion, para que el inconmensurable Dani Carvajal pusiera un exquisito centro de exterior medidísimo a la cabeza de un Saúl que ha reventado la puerta de la Selección. Su cabezazo sonaba a reivindicación. A partir de ahí, España descubrió lo que aún no sabía, algo que Luis Enrique les ha hecho creer, como empujándolos suavemente por la espalda. La selección ha mostrado un fútbol que, sin necesidad de estar muy masticado, era tremendamente afilado. No había cadenas de pases interminables, sino balones agresivos. Y Marco Asensio entendió lo que su técnico pedía; producir sin necesidad de juego. No es que España no jugara bien, sino que no tuvo la necesidad de ello para llegar al gol.

España dominó sin la necesidad de un Isco superlativo, sin que participase demasiado. Pinchado muy arriba, como extremo, el malagueño no disfruta cuando el balón se aleja, su hiperactividad le conduce, inevitablemente, al desorden, algo que en el Real Madrid sí han sabido gestionar pero que en la Selección, de momento, no parece funcionar. Ceballos exprimía mucho las posesiones, amasando mucho balón y eso, compartiendo costado, alejaba a Isco del cuero. Y España vencía 3-0. Ya con el partido resuelto, con Croacia desahuciada, Isco decidió empezar  a moverse, quizás porque Luis Enrique se lo permitió, quizás porque su cuerpo se lo pide, pero lo cierto es que no encontró oposición. España jugaba con un juguete roto, la exuberancia técnica del combinado nacional está, a día de hoy, muy lejos del segundo. Todo salía de cara, cada control, cada pase, cada regate, cada intención. España jugaba como hacía tiempo que no lo hacía, con energías renovadas y con Rodrigo, Saúl y Asensio pidiendo paso. Porque ellos son lo que España no tuvo.

 

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