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Leo nos la descubrió

El FC Barcelona debutó en Copa de Europa sin saber dónde estaba, despistado por el horario y un Camp Nou que invocaba tardes de agosto, donde el himno de la Champions queda aún lejos. Muchos eran los factores que se empeñaban en borrar todo rasgo de la competición más preciada del mundo, la que más venera y respeta la liturgia. Todos parecían desubicados menos el 10 azulgrana, que mimó la pelota, como le enseñó Diego Armando Maradona, y la acompañó en una dulce parábola hasta el fondo de la red. Leo Messi luchó contra el horario y el Camp Nou semivacío, en una cruzada contra los que negábamos que aquello fuera la Liga de Campeones.

El partido empezó marcado por lo que viene siendo el pan de cada día en el equipo de Ernesto Valverde, sin fluidez ni velocidad en la medular, el equipo no lograba girar nunca el sistema defensivo de los holandeses que, a pesar de no ser un equipo defensivo, no tuvo problemas. Los arañazos de Ousmane Dembélé con sus arrítmicas arrancadas, el zigzagueo de Philippe Coutinho y la exuberancia de Leo Messi amedrentaban al PSV, que vivía agazapado, consciente de su inferioridad. Pero mordían. Aprovechaban que Busquets y Rakitic picaban a la presión para lanzar contra Samuel Umtiti y Gerard Piqué a Hirving Lozano y Bergwijn. Al FC Barcelona le está costando cerrar las transiciones rivales, la descomposición del doble pivote formado por Sergio e Ivan provoca que los espacios se multipliquen. Ahora es más fácil.

La posición de Ousmane Dembélé volvió a estar muy centrada en el primer acto, y sus recepciones eran un ultimátum: ocasión o contragolpe rival. Un riesgo que, vista la poca movilidad de los locales, era necesario. Coutinho debe aprender a compartir costado, a ceder espacios y zonas de influencia. A pesar de ello, el brasileño tiene lo que le falta a su equipo; magia. Es un soplo de aire fresco, cambio de ritmo. Sin embargo, sus movimientos aún no parecen naturales compartiendo banda con Dembélé, que da la sensación de ser un niño con poderes. Los tiene, pero está aprendiendo a usarlos.

Dembélé y Coutinho pueden suponer un factor diferencial desde la izquierda, pero para ello primero deben aprender a convivir sin limitarse.

En el segundo acto Ernesto Valverde, consciente que debía poner una marcha más, actuó abriendo un poco hacia la banda a Ousmane, dando así más amplitud y aire para que Coutinho pudiera hacerse suyo el pico del área. Eso dio un aire nuevo al equipo, que empezó a jugar más rápido, más agresivo. El PSV ya no vivía tan tranquilo, sobre todo porque sus centrales tenían muchos más fuegos que tapar. La presión tras pérdida, comandada por Busquets y Rakitic, fue capital para entender el segundo tiempo de los de Valverde. La posesión era de mayor calidad, por lo que estaban mejor situados para robar, y ahí son unos maestros. Messi, con más recepciones entre líneas, dinamitó el partido. El argentino recordó en agosto que quieren volver a traer la orejona al Camp Nou, y Leo es pura determinación. Lo lleva grabado a fuego.

El FC Barcelona cerró el partido con buenas sensaciones, porque el talento de Ousmane impone, Messi sostiene y se vieron brotes verdes en el juego de Luis Suárez, al que el travesaño le escupió una vaselina repleta de clase. Sin rotaciones, Valverde priorizó empezar con buen pie el primer test de un grupo súper exigente. El Valverdismo quizás no guste a todos, pero por ahora su lógica en el día  a día se impone sobre detractores y defensores. Leo quiere la Champions y, con esa premisa, el Barça sueña.

 

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