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La desordenada cuesta abajo del Madrid de Lopetegui

A veces en el fútbol, incluso en el de élite, hay que recurrir a la simplificación del proceso para alcanzar cotas más altas y complejas, paradójicamente. El Madrid, que comenzó la era Lopetegui dando muestras de asentamiento de un sistema y de una idea que encajaba con las características de los jugadores que tiene y que no tiene, ha entrado en una fase más realista en la que se pierde durante los partidos en un mar de desorden y desconfianza. Realmente, en el mes de octubre parece pronto para exigirle al proyecto de Julen trazas de equipo seguro y fiable, sobre todo atendiendo al esfuerzo de reconversión al que ha tenido que someter a la plantilla. Sin embargo, el nivel viene siendo tan bajo que resulta difícil darle el calificativo de aceptable. Pues, ni siquiera a nivel individual está encontrando respuestas.

El juego del Madrid ha ido deshaciéndose ante la dificultad para encarar la portería rival.

En Mendizorroza vimos en cambio a un equipo local con una nitidez de pensamientos y actitudes que reseñan el buen entendimiento que hay entre jugadores y técnico. El Pitu Abelardo cayó de pie en Vitoria y no ha dejado de dar ventajas a su equipo desde que ocupó el banquillo, tanto en la temporada pasada como en la presente, manejando además dos plantillas ciertamente diferentes sobre todo en el bloque ofensivo. Contra el Madrid planteó un 4-3-3 que se caracterizó por la solidaridad entre sus hombres, un exquisito orden entre sus líneas que les permitió una ocupación de los espacios en campo propio excelente y una intensidad propia del que confía ciegamente en la idea. Como asterisco, le faltó capacidad para ganar metros en campo contrario y estirarse en contraataques, a pesar del buen trabajo del siempre técnicamente destacado en la utilización del cuerpo Jonathan Calleri. Y probablemente en relación al desempeño defensivo que exigió Abelardo a los extremos ocupados por Ibai Gómez y Jony.

El Madrid, por su parte, ahondó más aún en los problemas que arrastra en las últimas horas de juego y que incluso son coherentes en relación a su plantilla y a la temporada pasada a cargo de Zinedine Zidane. Lopetegui entregó el centro del campo al trío de medios que viene dominando la Copa de Europa los últimos años, para situarnos. Pero, sin embargo, no fueron Casemiro, Modric y Kroos los que manejaron el contexto. La disciplina táctica de Brasanac, Pina y Wakaso nunca les dejaba ganar altura y condicionar en campo contrario, cortando el ritmo e impidiendo que el Madrid atacara con continuidad. Con los tres tan controlados, tampoco se apreció un trabajo específico de los blancos para llevar el balón a la frontal rival por otras vías, ya fuera por banda o por recepciones altas de Ceballos, Benzema o Bale. Los tres, si querían intervenir, caían atrás más allá de tres cuartos de campo babazorro, vaciando la medular rival y facilitando defender con tiempo y de cara al general Laguardia, al chileno Maripán y al meta Pacheco.

El Alavés, nunca intimidado, transmitió seguridad a la hora de enfrentarse al desordenado ataque blanco.

En la segunda mitad, Julen decidió apostar por movimientos más verticales para buscar girar a una defensa local que vivía con tranquilidad el paso de los minutos. Cambió la combinación de Benzema por la agresividad de Mariano y metió a Marco Asensio y Vinícius Júnior como focos de desequilibrio. Sin embargo, esto no hizo más que separar la línea de ataque de la de construcción, sin obtener a cambio el punto de desborde deseado. El ataque blanco sin ritmo nunca consiguió poner de cara ni a los delanteros ni dio espacio para la llegada y el disparo desde atrás.

Por fuera, con la banda izquierda huérfana por las bajas de Isco y Marcelo, fue Álvaro Odriozola el que buscó al lateral rival en el uno contra uno con más frecuencia e insistencia que finura, pues no consiguió conectar sus centros con remates peligrosos. Al final, a pesar de haber acumulado tanta calidad en los catorce jugadores que empleó Lopetegui, el Madrid no dio nunca la sensación de poder amenazar a Pacheco, ni se atisbaba la capacidad visitante de percutir sobre algún defecto local. El desorden fue la norma y los blancos no encontraron ventajas desde la pizarra a través de las cuales demostrar su potencial. El aseado y ajustado Alavés de Abelardo fue adversario suficiente como para paralizar a todo un campeón de Europa, que necesita hacer inventario de defectos, pero sobre todo de virtudes, para alcanzar el funcionamiento de campeón que se le presupone y se le exigirá.

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