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Las fases de Ronald Koeman

Hace tres años, Alemania y Holanda se encontraban, en lo que a estado anímico y futbolístico se refiere, muy lejos. Lejísimos. La campeona del mundo del 2014 tenía un plan para volver a serlo, o quedarse cerca de ello, en 2018. Pero, tras Rusia, el relevo generacional se ha estancado y ni el Plan ‘B’ ni la columna vertebral de la selección se sostiene. Con parches, Alemania ha quedado entre dos aguas. Por el contrario, Holanda, después de quedarse fuera de la Eurocopa y el Mundial, solo podía mejorar. Tras varias apuestas fallidas, Ronald Koeman se ha plantado con una propuesta definitiva: juntar el talento y potenciar los -¿poquitos?- puntos fuertes. Porque esta Holanda no va sobrada de calidad.

El equipo de Koeman está dividido en dos fases, enfocadas a dos planes: la salida de balón y la generación de ocasiones. Ambas se construyen a velocidades distintas y con diferente grado de orden. En un primer escalón, la pareja que forman Matthijs De Ligt y Virgil Van Dijk se encarga de empezar a dar fluidez. De Ligt, un niño en un cuerpo de adulto, tiene un peso enorme. Lo asume en el Ajax de Ámsterdam, pero también en la Oranje. Infravalora errar e idealiza todo lo que supone realizar una buena salida de balón. Apuesta. Y se complementa con Van Dijk, con mayor poso, que mide los movimientos, pero también suma a partir del pase. Marten de Roon se sitúa entre los dos centrales, a mayor altura, pero ciertamente es De Jong quien asume el viaje entre líneas. Lateralizando el desplazamiento, emerge al lado de Van Dijk, para crear una superioridad en la que también participa Daley Blind.

La base de todo el juego de esta Holanda de Koeman se sustenta en dos fases muy diferenciadas: la salida y la generación.

En el apartado ofensivo, dos nombres se erigen sobre el resto: Georgino Wijnaldum y Memphis Depay. El delantero ha vivido un periodo de readaptación al fútbol. Llegó a Old Trafford -quizás- demasiado temprano. No existió un progreso de maduración completo y la Premier League nunca titubea. No obstante, en Lyon ha encontrado un ecosistema favorable primero como extremo y en los últimos meses desde la punta. Koeman apuesta por un Depay con libertad, con dos extremos anclados a los costados. En cuanto a Wijnaldum, aterrizó en Inglaterra como un centrocampista llegador y Jürgen Klopp le reconvirtió en un interior cerebral, sin devaluar sus puntos fuertes. Aun así Koeman opta, con el anclaje De Jong-De Roon, por otorgarle más presencia cerca del área.

En relación al encuentro ante Alemania, Holanda se adaptó a las carencias germanas. Explotó las alas, primero con Steven Bergwijn y Ryan Babel -más cercano a Memphis- y luego con Quincy Promes y Arnaut Groeneveld, que entraron en el momento en que Alemania más se expuso. Fueron los extremos quienes descosieron internamente a la Mannschaft, pese a jugar por fuera. Jérôme Boateng y Mats Hummels y sus coberturas a los laterales denotaron una falta de empaque que el equipo sí tuvo con balón. Joshua Kimmich volvió al mediocentro, siempre cerca de un Toni Kroos más adelantado. De este modo, Emre Can cambia el perfil de la pareja de gestores, desde una óptica de recorrido y conducción. Timo Werner, en banda izquierda y de fuera hacia dentro, fue el elemento más desequilibrante de Alemania hasta la entrada de Leroy Sané, que sacudió el partido como quiso. El equipo de Joachim Löw no transmitió mensaje alguno. La Oranje, que siempre tuvo un plan más claro que los alemanes, se sintió muy cómoda con el marcador a favor. Sin embargo, la diligencia en zonas interiores ante equipos reacios a llevar el peso del partido puede denotar carencias en el enlace con Depay.

Dijo una vez el escritor Salman Rushdie que «todas las ideas, incluso las sagradas, deben adaptarse a nuevas realidades». Holanda, con una historia vinculada a un fútbol vestigio, quiere renacer de una de las etapas recientes más oscuras. Mientras que Alemania trata reencontrarse, con cambios -como mínimo en la forma-, para conocer o tratar de recordar viejos escenarios.

 

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