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Cuando el Madrid dio la espalda a la Champios.. y viceversa

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Tres Champions League consecutivas. Cuatro victorias en las últimas cinco ediciones. Una etapa gloriosa en la que el Real Madrid viene corroborando su preponderancia en el continente copando además los principales galardones individuales mientras ha ido construyendo auténticas leyendas de la competición con una grandeza competitiva sinérgica entre ellos y su club.

Los nombres de Sergio Ramos, Marcelo Vieira, Luka Modric o Cristiano Ronaldo tienen una melodía con relación muy armónica al reconocido himno de la competición y es fácil asociarlos a grandes noches de martes y miércoles cuando Europa se para para ver jugar a los mejores. El Real, que traía consigo un recorrido histórico y dominante en la competición, ha confirmado su grandeza en estos últimos años, siendo ya la mayoría de sus Champions a color. Es fácil ahora ensalzar al mito, subirse al barco del que parece mirar a los demás desde arriba. Como si no costara. Sin embargo, no hace tanto, el club se vio inmerso en una crisis de resultados en la que era teóricamente su competición fetiche que reflejaba una realidad terrible: la pérdida de identidad sin la cual la camiseta blanca ni capta a unos ni intimida a otros. 

Todo ocurrió entre el año 2004 y el 2010. Durante esas seis temporadas, el Real Madrid no consiguió superar la barrera de los octavos de final de la Liga de Campeones, cayendo siempre en esa ronda. Carente de certezas, proyecto o referencias, fue superado por rivales muchas veces sobre el papel inferiores a él. Y todo llegó progresivamente tras la previamente exitosa etapa de los Galácticos, culminada por el noveno entorchado en 2002 en Glasgow y adornada por un gran rendimiento nacional e internacional de la mano de Raúl, Figo o Zidane. El proyecto terminó justo cuando parecía que alcanzaba su máximo logro. Allá por 2004, el Madrid de Carlos Queiroz entraba en el año con el objetivo claro, merecido y realista de alcanzar el triplete. Una proeza que se fue desmoronando en unos últimos paupérrimos meses y que, en clave Copa de Europa, supuso el primer inesperado golpe al caer eliminados en cuartos de final por el Monaco de Fernando Morientes. Y a partir de ahí, la luz de la Champions se apagó y comenzó la penitencia de los de Chamartín. 

A mitad de la temporada 2004/2005, Vanderlei Luxemburgo llegó al equipo con la intención de modernizar el sistema, aportar una frescura necesaria y generar nuevos automatismos que potenciaran las capacidades de la todavía potente plantilla blanca. La Juventus de Fabio Capello fue un hueso competitivo durísimo que no pudo superar. Tras el entrenador brasileño, fueron llegando muchos otros con perfiles y experiencias previas diferentes que no llegaron a consolidar una línea de trabajo. Aunque, y eso sí que es intrínseco en el ADN blanco, cada temporada se enfocara la Copa de Europa como principal objetivo, y además con dos argumentos de peso: la siguiente era la Décima, con todo lo que ello suponía a nivel histórico, y además y en cualquier caso, la Champions debía ser siempre la favorita entre todas las competiciones. 

La siguiente temporada fue Juan Ramón López Caro el encargado de dirigir al Madrid en las eliminatorias europeas. El rival era el todopoderoso Arsenal de Arsène Wenger, que arrasaba en Inglaterra y que contaba con una plantilla amplia y de calidad cuyo juego se sostenía por la gestión de un Cesc Fàbregas que enamoró a la Premier y comenzó a cambiar su paradigma táctico y, por supuesto, por la jerarquía, potencia y elegancia de Thierry Henry. El Madrid estaba inmerso en una búsqueda de bases sobre las que edificar un proyecto de futuro y, todavía verde y con sus deseadas futuras referencias como Robinho o Sergio Ramos pendientes de cocción, no llegó a acercarse a la clasificación. Todo además tras la dimisión de un Florentino Pérez que vio cómo su idea de un Madrid poderoso se diluía entre hastío, caprichos y desencuentros. 

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El verano de 2006, Ramón Calderón accedió a la presidencia y llegó con la idea de ganar desde el día 1 con un proyecto de garantías a corto plazo. Confió el banquillo a un director de grandes plantillas como Fabio Capello y trajo a Ruud Van Nistelrooy para que fuera, junto a Raúl y Guti, certeza precoz para competir y ganar. Tras realizar una Liga muy seria que acabó en todo lo alto de la clasificación, cayó en Liga de Campeones ante un Bayern de Múnich muy potente que recuperó su derrota en el Bernabéu en un partido de vuelta en el que intimidó y demostró un perfil competitivo superior al de un correcto Real Madrid. En la siguiente temporada 2007/2008, en la línea de intermitencia instalada en el club, Calderón cambió el rumbo y decidió apostar por un entrenador netamente diferente a Fabio. Bernd Schuster llegó con los objetivos de refrendar la nuevamente adquirida supremacía nacional a la vez que elevar el nivel en Europa a partir de un estilo más vistoso y propositivo que el de su antecesor. Para ello, contó con una de las plantillas más versátiles y talentosas de esta oscura etapa, que le daban multitud de opciones para generar un sistema dominante desde el control y el ataque. Una defensa que aunaba la experiencia de Cannavaro o Heinze con el empuje de Ramos o Pepe, un centro del campo con la calidad de Sneijder o Guti y una línea de ataque con la velocidad, regate y gol de Robinho, Robben, Raúl o Van Nistelrooy.

La doble derrota en octavos de final contra la Roma de Totti, Mancini y De Rossi fue uno de los golpes más difíciles de asumir por el evidente nivel de una plantilla que había demostrado además trazas de equipo campeón. 

En la 2008/2009 llegó una de las derrotas que más hundió al madridismo por abultada, merecida y esclarecedora. Caminando irregularmente por una Liga Española en la que el FC Barcelona de Pep Guardiola ya empezaba a mostrarse, fue emparejado con el Liverpool FC de Rafa Benítez. Los reds formaban un conjunto esplendoroso que, sin ser regular, podía garantizar un rendimiento top en partidos de máxima exigencia, merced a la extraordinaria jerarquía de un centro del campo formado por Javier Mascherano, Xabi Alonso y Steven Gerrard, un técnico con conceptos tácticos claros y bien arraigados en Anfield y que además contaba con uno de los mejores delanteros del mundo por aquel entonces: Fernando Torres. La historia es conocida y no es necesario recordar el chorreo (Fernando Boluda dixit) que sufrió el Madrid siendo eliminado por un global de 4-0 tras un partido de vuelta antológico del Liverpool que como local desbordó, desarboló y ejecutó a un Real muy lejos de un escalón competitivo aceptable. 

Y, tras tocar fondo, cuando aficionados propios y ajenos, de España y Europa, se planteaban si la conexión entre el Madrid y la Copa de Europa se había roto, apareció un rayo de esperanza. El presidente que había reformulado al club desde la modernización económica y la máxima ambición competitiva volvía para sacarlo de un foso cada vez más sucio y profundo. La grada se había cansado de olvidarse de falsas promesas, de dar tiempo a futbolistas que no daban el nivel requerido y de ver cómo los mejores jugadores del mundo hacía tiempo que no soñaban con su equipo. A Florentino Pérez se le pidieron dos cosas. Primero, que instalara una estabilidad institucional que llevara consigo una continuidad deportiva para que el club volviera a lo más alto. Y segundo, volver a ser ese reclamo internacional para que las grandes estrellas del continente vistieran de blanco y posibilitaran el reto que parecía lejanísimo e inalcanzable: luchar por la Décima Copa de Europa. Y no tardaron en llegar. Cristiano Ronaldo, Kaká y Xabi Alonso no podían sino garantizar un rendimiento que automáticamente colocaran al equipo más allá de la barrera de los octavos de final de la Champions League. Y más si a estos les acompañaban referencias del club como Iker Casillas, Sergio Ramos, Guti o Raúl. Manuel Pellegrini fue el encargado de dirigir al plantel. El chileno consiguió aguantar el fortísimo tirón del Barça a nivel de puntuación liguera, pero no llegó a consolidar, por falta de tiempo o de ideas, un sistema que potenciara el talento de su plantilla y le diera ventajas ante sus potentes rivales. Con tanta calidad, en Liga bastaba, pero la Copa de Europa era otra cosa. Es otra cosa. Ofrece preguntas y plantea retos que primero hay que entender y después intentar superar. Hacía falta adquirir una identidad que los jugadores pudieran defender. 

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Y, tras la inesperada eliminación en octavos de final en el Bernabéu contra el Olympique de Lyon, Pellegrini dejó el club y dejó su cargo a José Mourinho. El portugués sí venía con la experiencia de haber dirigido a grandes equipos en la competición continental e incluso de haber ganado ya dos veces la final, con plantillas ciertamente inferiores a la que manejaría en Madrid. Llegaba además como una estrella, algo raramente vinculado al banquillo blanco y que le daba tiempo y capacidad de mando para montar un proyecto realmente ilusionante. Para mayor vínculo con la grada y el club, venía de eliminar al FC Barcelona de Lionel Messi, un conjunto y un jugador que amenazaban con destruir el alma blanca cada vez que se veían las caras. Aunque precisamente el máximo rival apeó al Madrid en las semifinales de aquella edición, e incluso le vapuleó en aquel 5-0 en el Camp Nou en choque liguero, Mou parecía el indicado para devolver al Madrid a su posición en Europa. Por lo pronto, fue el técnico que sacó al equipo del atolladero y con el que se consiguió finiquitar la maldición de los octavos de final. 

Por tanto, y a pesar de lo convulsa que fue su estancia en el Bernabéu, hay que reconocerle al entrenador portugués su labor para cambiar el paradigma del club. En el Madrid se cruzaron las consecuencias de sus malas decisiones con la brutal hegemonía que desarrolló su rival más importante, y esto ocasionaba una presión tan asfixiante que tornaba en miedo y desconfianza. Mourinho se negó a plegarse y, de la mano de sus guerreros Ramos, Pepe o Cristiano y del buen desarrollo que permitió a talentos como Di María u Özil, reflotó la imagen deportiva del club dando siempre a sus jugadores la convicción de que podían competir y ganar. Es cierto que tuvo una de las mejores plantillas que podemos recordar, pero no lo es menos que su talento táctico y emocional, mientras duró la conexión con sus jugadores, marcó la diferencia y probablemente hoy día parte de la personalidad y jerarquía que mantiene el club en Europa se deba a aquel legado. 

La posición del Real Madrid en Europa en el 2018 es completamente opuesta a la de aquella época negra. Los jugadores fueron capaces de aprender de cada derrota y ahora se conocen todas las preguntas del examen. Ramos, Marcelo o Benzema se erigen como maestros de otros que no perdieron tanto como Kroos, Modric e Isco, pero que sí han conocido la historia que aquí se cuenta. Ancelotti y Zidane aprovecharon tal experiencia para llevárselo todo, y ahora parece algo natural. Pero no hay que olvidar aquellos años que embistieron con fiereza los cimientos del club que descuidó una relación que pensaba permanente pero que, al dejar de regarla, puso en riesgo de marchitarse. 

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