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Al ritmo musical de la Champions

El Barça más colectivo y dinámico con balón se topó con su falta de determinación goleadora y un tridente defensivo rival que dificultó las intenciones culés.

Habían pasado poco más de 72 horas, pero pareció un mundo. El mismo que separó el Camp Nou de Wembley después de un desastroso encuentro liguero ante el Athletic. En la segunda salida continental, el equipo volvió a encontrarse como visitante dejando claro que este año no está existiendo una imagen dual entre lo que ofrece en su casa y fuera de ella. Por momentos parece que la sintonía del himno de la Champions altera la capacidad del conjunto azulgrana. Como si tocar el balón azul estimulante de la competición dictaminara el momento que el Barça debe pisar el acelerador. A todo esto, el equipo de Valverde completó otra actuación coral remarcable con Messi en la grada. Una imagen potente que le ayuda a fortificar una estructura reconocidísima que, a la espera del argentino, va ganando alternativas con un Dembélé más consciente y un Malcom que se asomó como válida variable.

Como en el partido de la ida, la presión fue el factor que decantó el guion del partido para los culés, tanto en el momento de ejecutarla como en el momento de superarla. Como ya viene siendo habitual en los últimos encuentros, Rakitic hizo la cobertura a Busquets y Arthur para que pudieran saltar en la salida de la jugada de un Inter que le costó horrores hacer avanzar la transición con sentido, entre su incapacidad técnica y la buena cometida culé. El conjunto de Spalletti se libró de la presión azulgrana en contadas ocasiones y solo pudo disponer de oportunidades en pequeños desajustes del equipo de Valverde en situaciones concretas, sobre todo por la banda Dembélé-Sergi Roberto.

La presión decantó la balanza para los azulgranas, que consiguieron situar la mayoría de la posesión en campo rival.

A diferencia del combinado local, el Barça sí que encontró la manera de barrer el entramado defensivo rival. Dividido el Inter en dos grupos, el primero buscó interceptar el primer pase de Ter Stegen mientras que el segundo ocupaba una línea posicional más retrasada, generando una brecha en el medio. Este espacio sería aprovechado por Jordi Alba y Coutinho: el catalán como receptor del envío largo de su portero y el brasileño como hombre entre líneas para encarar la transición, aunque este último también asumiera responsabilidades en el origen.

En campo neroazurri, donde más se jugó, el Barça estuvo intratable. Su circulación fue sana y equilibrada, combinando alturas con anchura (31% pasillo derecho, 36% pasillo central, 32% pasillo izquierdo). Las intervenciones de Coutinho y Dembélé entre líneas, un rol que más tarde obedecería muy bien Arturo Vidal, fueron acompasadas por Jordi Alba y Sergi Roberto en los costados. De la misma manera que los laterales, el brasileño y el francés también dieron opciones al espacio, ampliando el abanico de recursos en la profundidad del colectivo. La buena puesta en escena del discutido Dembélé, mucho más acertado en la toma de decisiones -solo sumó tres pérdidas-, oxigenó la ofensiva culé, visiblemente mejorada con la recapacitación del mosquito y la tendencia de Coutinho a asomarse al balcón del área con criterio.

La actividad entre líneas, que se echó de menos en Vallecas, dio alternativas a la circulación del Barça.

En esta influencia positiva del ‘7’ también se sumó Rakitic, que completó una actuación soberbia tanto con como sin balón, siendo responsable en la gestión, en la presión y en la transición, llegando con peligro desde segunda línea. Junto al croata, un Busquets inmenso en su faceta de director y defensor desde la emergencia y un Arthur cada vez mejor amoldado dieron rienda suelta a una circulación muy bien cosida. Un plan con balón excelente que solo le faltó la guinda al pastel: la determinación en el remate.

El Barça cumplía indiscutiblemente las partes narrativas de la jugada, pero siempre se quedaba con la miel en los labios: construía la transición de forma limpia en el planteamiento, superaba el doble pivote rival en el nudo pero no conseguía materializar el desenlace enviando el esférico al fondo de la red. En esto tuvieron que ver dos factores, uno propio y otro rival. En el primero, el Barça estuvo enemistado con el chut, sin la capacidad de darle potencia y colocación a la vez (8 de 26 tiros fueron entre los tres palos). En el segundo, incidieron el triángulo De Vrij-Handanovic-Skiriniar que, ante la vaga propuesta de su equipo en el juego, fueron la mejor baza de Spalletti para mantener a raya al equipo de Valverde.

La falta de determinación menguó la imagen dominante del Barça sin Messi.

Un empate que refuerza el sentido colectivo de la estructura mientras en el horizonte ya se va insinuando la pregunta de lo que será y lo que dejará de ser este dibujo y sus automatismos cuando vuelva Messi.

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