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Látigo Ousmane Dembélé

El mundo cada vez tiene menos paciencia. Y el fútbol contemporáneo puede ser un muy buen ejemplo de ello. Cada vez más rápido nos cansamos de los referentes que marcan la diferencia cada fin de semana y la curiosidad nos lleva a pedir y buscar nuevos futbolistas que nos ilusionen y nos refresquen la competición. Fichajes de jóvenes promesas y chavales de la cantera son casos fácilmente identificables en esto, con el riesgo que corren de agotarse antes incluso de florecer definitivamente. Ousmane Dembélé sabe de qué estamos hablando, pues, en parte, en consonancia con esta impaciencia reinante, está teniendo dificultades para sentirse cómodo desde su llegada a España.

El talento de Dembélé se mantiene intermitente con el freno de su inmadurez y la impaciencia del contexto.

Una llegada firmemente marcada por la pieza que reemplazó a nivel de plantilla. Neymar Júnior había escapado hacia su reto de ser el líder de un proyecto que peleara por la Copa de Europa y el FC Barcelona necesitaba por tanto una referencia ofensiva que paliara el impacto negativo a nivel futbolístico que tenía que provocar la salida del brasileño. Dembélé aterrizó en la Ciudad Condal con la inmadurez física y mental que sus 20 años podrían hacernos pensar. Pero también con una serie de virtudes y un potencial de mejora altísimo que podrían darle tiempo para adaptarse en una liga tan especial como la española y un estilo tan definido como el culé.

En el partido contra el Villarreal pudimos disfrutar de un Ousmane desencadenado, mostrando todas esas virtudes que hicieron a la secretaría técnica mirar hacia Dortmund en busca de una nueva estrella. Ernesto Valverde le entregó la banda derecha de su 4-3-3, un perfil defendido por Alfonso Pedraza y Santi Cazorla, al menos desde el dibujo. El ex del Arsenal luego realmente apenas constó ahí, pues su radio de acción se acercó más a la gestión en el carril central que en ocupar su lado. Pedraza entonces se tuvo que enfrentar al fenómeno francés durante los 90 minutos. Dembélé fue un látigo constante desde el carril diestro y siempre transmitió un peligro inminente que hacía retroceder a su rival. A toda la línea defensiva. Manejó ambas piernas como sabe, estuvo rápido en el gesto, potente en la carrera y fino en el regate. Todo lo adornó con una confianza que desconocíamos y que le convirtió en prácticamente imparable para los de Javi Calleja.

El francés fue la principal arma con la que Valverde contó ante el Villarreal.

Y es destacable, para ensalzar más al francés, el desempeño defensivo del Villarreal. Peleó bien la posesión cuando salía con Gerard Moreno y Pablo Fornals como referencias para dar aire al sistema y cerró bien las líneas en su frontal de manera que ni Coutinho ni Messi pudieran desestabilizarles desde su habitual movimiento oscilante en tres cuartos de campo. Así, Dembélé fue el recurso siempre disponible y el que llevaba la llave para abrir el sistema defensivo rival. Como asterisco queda su relación con Messi. A priori, cuesta encontrar automatismos claros que pudieran unir a dos jugadores con querencia por llevar el balón y hacer la jugada, modos de ayudarse y complementarse, un idioma con el que poner en común sus descomunales recursos. El aprendizaje del modelo por parte de Dembélé, su maduración táctica y la adquisición de una continuidad que le haga presentarse definitivamente ante Leo podrán ayudar a que la conexión alcance coherencia y capacidad para ser certeza ante los objetivos culés en esta temporada.

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