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El poder de Messi

Leo Messi nunca responde con gritos. Lo suyo es otra cosa. Cornellà ha sido testigo de un nuevo discurso de Lio, tan simple como complejo, sin palabras pero con gestos imposibles de imitar por cualquier ser humano. Sus goles fueron con la pierna izquierda -sí, Pelé– y marró una gran ocasión a bocajarro con su testa para la sonrisa benévola de el «Matao». Pero qué más da cuando volvió a evidenciar que su fútbol es un arte tan implacable como la ciencia más exacta, que una falta es (casi) gol y que «su jugada» no la defiende ni las palabras de Pelé. 

Se presenciaba un derbi igualado, con un Espanyol que ha encontrado en Rubi un entrenador de culto, capaz de crear un equipo en base a tres nombres que sobresalen; Mario Hermoso, Marc Roca y Borja Iglesias. El primero, por ausencia, y los otros dos por incomparecencia, limitaron el techo competitivo de un Espanyol que salió a esperar. Es comprensible. El miedo atávico que infunde Messi es comparable al de los animales con el fuego, tan poderoso como mágico. Así es Messi. Replegado, el conjunto de Rubi quedaba a años luz del marco defendido por Ter Stegen que veía cómo sus compañeros corrían sin respiro tras el balón cada vez que lo perdían. Como si el esférico fuera un tesoro que debía recuperarse a toda costa, y para ello nadie mejor que el abordaje del siempre predispuesto Arturo Vidal. El chileno ya no lanza emojis encriptados ni consignas escondidas. Pelea y juega, porque Vidal sabe muy bien cómo hacerlo.

Messi suma más goles que nadie en el derbi de Barcelona con 20 tantos.


En base a la presión, el FC Barcelona fue comiéndole terreno a un temeroso Espanyol que apenas se atrevía a sacar la cabeza. Rakitic y Vidal, impulsados por sus «ocho» pulmones activaban una presión que terminaba en Piqué y Lenglet, lanzándose siempre sobre las recepciones del conjunto local. Una asfixia que, en su punto más álgido, encontraba en Leo su belleza. La falta de Duarte olía a pena de muerte, y es que Messi ha convertido 19 goles de libre directo desde 2014, más que cualquier equipo en Europa. Otro rollo.  Su golpeo nace desde el cariño que le profesa a la pelota. Y es que el roce hace el cariño, y ya no queda pelota en el mundo que no adore a «La Pulga». Tenía que ir a la escuadra. Y fue a dormir justo ahí. Como si la pelota tuviera vida y quisiera rendir pleitesía a Messi. No hubo más partido que el que dibujó el 10 a partir de ahí.

Se subieron Dembélé y Luis Suárez al carro del argentino, continuando en su particular línea ascendente.  Seguimos sin saber qué vida lleva el francés, no nos importan ni sus pizzas ni sus videojuegos. Mudo fuera del terreno de juego, Ousmane empieza a aprender de Messi, contestando a sus detractores en el verde. Indescifrable en sus movimientos, Dembélé es alérgico a las suposiciones, y cada partido es un nuevo reto al que se enfrenta con inconsciencia. Bendita locura.  Gol y asistencia para él en otro partido de confirmación. La otra cara de la moneda la puso un Coutinho que sigue relacionándose mejor con la definición que con el juego. Su fútbol parece atravesar un momento de desincronización con el resto del equipo y sus prestaciones han bajado. Dembélé, entre pizza y pizza, le ha comido la tostada. 

El -quizás- mejor partido del FC Barcelona este curso estuvo marcado por la autosuficiencia de un Messi de rostro hierático y gesto delicado.  En una época de continuas apropiaciones culturales, no hay persona que pueda asimilar como suyo lo que propaga el 10. Parafraseando al  gran poeta Jaume C. Pons Alorda, su fútbol convertido en erizo para pinchar a los incrédulos, si es que quedan.

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