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Gloria eterna a la Libertadores

90 minutos pesaban sobre sus cabezas, y también sobre sus piernas. Jugarse la máxima de las glorias en apenas hora y media no es fácil. Ser consciente de que cada acto que cometas será mirado con lupa en su proceso de escritura en los anales de la historia balompédica puede ser demasiado para muchos mortales. Todo ello lejos de tu casa, en un escenario ajeno, pero que por noventa minutos podía ser tuyo. Por noventa minutos y toda la eternidad. Para bien.. o para mal.

Toda esa presión suponía una disminución de las cualidades de unos atletas privilegiados por su manejo del balón en los pies. Algo que se reflejó fielmente sobre el césped del Santiago Bernabéu. Madrid acogía una cita para la historia; la última final de la Copa Libertadores a doble partido y la primera entre River Plate y Boca Juniors. ¿La última lejos de suelo sudamericano? Difícil respuesta, pues con la Conmebol nunca se sabe. Han sido capaces de organizar el duelo con más historia de la -precisamente- ‘Libertadores’ en España y con celebraciones por la Plaza de Colón. Irónico es poco.

El miedo a perder, de bajar a los infiernos tras esos noventa minutos que dejaban totalmente estéril el resultado acontecido en la Bombonera, supuso un importante freno al fútbol desarrollado el pasado domingo. River se creía favorito, principalmente por su mayor capacidad técnica con el balón en los pies, pero el empuje de Boca no iba a dibujar un camino sencillo para los millonarios. Entre tanto vuelo de choques, disputas y errores, dos magos sobresalieron para hacer suya la historia, para coger la pluma y esbozarla por sí mismos. Nández al inicio, Quintero al final. Una parte para cada uno. Cada cual, tiñendo con sus colores los momentos clave del partido.

Solo Nández y Quintero pusieron esa nota especial en una final donde la tensión era la protagonista.

El uruguayo cedió un balón medido, preciso, para que Benedetto tuviera la oportunidad de seguir deslumbrando con su tramo final de Libertadores. El colombiano, por su parte, sacó a relucir su preciosista zurda para dejar una imagen para el recuerdo de todos. La belleza hecha gol. Núñez gritaba, celebraba. La Boca lloraba, desconsolada, porque se le estaba escapando su oportunidad. River había superado a los xeneize a lo largo del partido, porque el contexto del mismo, tanto del mismo césped como del propio planteamiento de los de Barros Schelotto, inclinaba la balanza a su favor. Sin embargo, cuando lograron igualar la ventaja de Boca con el tanto de Pratto, dejando relucir esa capacidad asociativa que tanto se les presumía, tampoco se mostraron tan valientes como para buscar con igual ansia el segundo gol. Quizás en un ejercicio de sensatez analítica, de mirar con los ojos de quien sabe tiene a su presa a punto de agonizar, River decidió esperar. No arriesgar. Una final donde los riesgos se cotizaban demasiado alto, y eso mismo Boca no lo midió.

Llegada la prórroga, Wilmar Barrios cometió la primera, y la más grosera, de las temeridades. Entrada de tarjeta que suponía su expulsión. La cabeza no estaba lo suficientemente fría que su caliente y revolucionado corazón necesitaba. La inferioridad numérica fue demasiado para un Boca al que las fuerzas le flaqueaban. El propio Nández, tan vanagloriado en la primera mitad fue beatificado en la prórroga, cuando no podía más que correr con su corazón porque su cabeza no llegaba, y sus piernas menos. Al igual que Gago, roto de nuevo, en el tramo final de su carrera y en el Santiago Bernábeu, precisamente. Quizás el fútbol, en su empeño por dejarnos imágenes para siempre en nuestra retina, a veces es demasiado cruel. La superioridad, en número, físico y fútbol entonces sí la aprovechó River. La aprovechó, como decíamos, el mago Quintero. Su golpeo lo elevó al súmmum sin duda en el mejor año de su carrera en cuanto a momentos; brillando en Rusia y brindándole a Gallardo en su mano su segunda Copa Libertadores, la cuarta de River. La manifiesta irregularidad de su trayectoria choca de frente con su talento, aquel que desde su entrada a la hora de partido dejó encandilado a todo el público citado en Madrid.

La locura final quedó fielmente reflejada en los últimos minutos de Andrada.

Argentina, quizás como sociedad perdió, viendo a miles de kilómetros una final soñada que les pertenecía. El fútbol sudamericano sin embargo logró una visibilidad que pocas veces contempla. Su fútbol, precisamente, fue el triunfador. No habrá sido el mejor encuentro que hayamos podido ver pero, sin duda, será imposible borrarlo de nuestra memoria.

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