Un Girona en transición

Los jugadores son la limitación de las intenciones de los entrenadores. Cuando llegan al equipo que van a liderar desde el banco, los directores del juego deben analizar el registro de su orquesta para saber qué podrán hacer y qué no. A partir de esta premisa, estos se dividen en dos grupos: los que optan por adaptarse a ellos o los que priorizan su idea sin importar el perfil del plantel. El avance de la táctica en los últimos años ha desembocado en la proliferación de más fútbol de autor que ha comenzado a enterrar al primer grupo de técnicos, aquellos que deciden adaptarse a sus nuevos jugadores. Hasta hace apenas una semana, en la Liga había dos casos muy particulares, pues en ellos habitaba una incoherencia. Mientras el primero optó por su idea antes que la plantilla aunque esta no fuera compuesta para ello, el segundo prefirió amoldarse a lo que ya estaba hecho antes que imponer su mirada futbolística, e ir cocinándola a fuego lento.

Por un lado, la ya ex Real Sociedad de Asier Garitano competía con un fútbol opuesto al que jugaba la temporada anterior, con una idea de juego y un plantel que hablaban un lenguaje antónimo. Por el otro, el Girona de Eusebio ha conservado algunos automatismos de Machín, siendo la continuidad del sistema de tres centrales la mejor muestra, mientras ha ido inculcando algunos suyos en una temporada que el vallisoletano ya definió como transitoria en el momento que se decantó por seguir la estela del soriano. Aunque en estos dos casos haya diferencias, con diferentes grados de incoherencia –lo de Eusebio es más un extraño término medio, pues no ha dejado del todo su fútbol-, hay un denominador común que ha trazado la dirección de ambos proyectos: el balón. Y esta dirección es la que ha marcado el devenir de ambos planteamientos.

Es más sencillo desarrollar una propuesta con balón sin haber jugado antes con una que optar por un camino sin el balón cuando más le has sido fiel.

La Real venía del balón y, de un día para otro, tuvo que pasar a menospreciarlo. Un cambio muy brusco que sin los cromos adecuados no es eficiente por el peso que supone tanto el tener el balón como sobre todo lo bien que lo pasó la Real cuando lo tuvo. En cambio, Eusebio ha cambiado al Girona vertical de Machín por uno más horizontal y habituado al pase. Aunque al club catalán le falte aún recorrido y piezas para llevar a cabo la transición hacia el fútbol del de La Seca, está claro que el esférico cada vez es más valorado. Pues en una situación de direcciones opuestas, el camino más longevo lo está trazando aquel que mima el cuero.

Un Girona de Eusebio que se está desarrollando en un término medio un tanto peligroso –a caballo de Eusebio y el Girona de Machín- pues este se relativiza con que es un año de transición pero que, cuando provoca que el equipo viva en una indefinición ofensiva en campo contrario, las respuestas son más difíciles de dar. Un término medio un tanto incoherente con la dualidad de estilos de entrenador que en el caso del Girona aún lo es más por las piezas que tienen más protagonismo este año. El poco perfil asociativo en el club gerundense ha hecho menos raro que la casa de Eusebio comience por el tejado antes que por los cimientos. Pues los actores que están teniendo más importancia han ido de arriba a abajo: Borja García, Douglas Luiz y los centrales.

El Girona vive un año de transición no solo por el hecho de cambiar de un sistema a otro opuesto sino por el perfil de los actores que lo interpretan.

El madrileño ha sido pieza importante desde el inicio por su relevancia gravitacional en el nuevo juego gerundense. Él es el tiempo y cada vez más el espacio por cuando y donde el Girona puede hacer cosas interesantes. Pero el irregular devenir de Borja ha dependido más de su mala compañía, pues la mayoría estaban más moldeados con el juego de Machín que con el de su sucesor. No es el caso de un Douglas Luiz que, a diferencia de su primer curso en Montilivi, está siendo más relevante por su aportación con balón y sobre todo por la naturaleza con la que se mueve por el rectángulo. Ya no es aquel brasileño indeciso que desvivía en la mediapunta. Su toque y su visión, envueltos en un saber estar cordial con la mirada de Eusebio, han redimensionado el sector más importante de lo que pretende el vallisoletano: el medio del campo. En sus inicios, Douglas casi monopolizaba las intentonas del Girona de salir limpiamente con balón, unos malos días que cada vez están dejando paso a unos mejores a partir de los centrales. La autonomía que cada vez más va asumiendo el eje defensivo en las primeras cotas de la jugada es la última de las grandes noticias de la era Eusebio porque no solo suponen un elemento más a sumar con balón y por tanto en la atracción de rivales –ahí Bernardo está mejorando muchísimo- sino porque también permiten ganar una altura más en el terreno de juego y así aunar más estructura a un conjunto que se estaba asomando a la indeterminación por el hecho de vivir entre dos aguas. En transición.

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