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Los problemas individuales del Valencia

Lo esperable en una segunda temporada de un entrenador en un proyecto de élite es que las ideas se asienten, los automatismos se estabilicen y se alcancen mecanismos de juego y vías competitivas para subir el nivel. Más aún si las sensaciones en la primera campaña fueron buenas. En esta segunda temporada de Marcelino García Toral podríamos esperar algo así. En la 2017/2018 el Valencia consiguió competir con identidad y continuidad en base al trabajo de su entrenador para buscar compromiso, orden y efectividad. Sin embargo, llegados al 2019 y con medio campeonato jugado, la evolución del Valencia ha ido más en descenso que en progreso.

El Valencia remó contra sí mismo hasta el cruel golazo de Rubén Alcaraz.

Ante el Real Valladolid pudimos ver síntomas de lo comentado. Incluso a pesar de la buena actitud de los jugadores ches, que durante los 90 minutos estuvieron luchando y peleando contra la extensa gama de problemas futbolísticos que presentan. El conjunto de Sergio González planteó un encuentro llano, colocando sus líneas muy bajas para cerrar espacios al rival y simplificando sus ataques al faro Enes Ünal y a la movilidad en tres cuartos de Toni Villa u Óscar Plano. El Valencia, con sus 16 goles a favor en 18 partidos, se enfrentaba al reto de abrir una defensa sin la confianza ni las certezas individuales necesarias. Aunque uno de sus jugadores sí tenía las cosas claras.

Dani Parejo sigue actuando como un verdadero capitán. Supo leer el partido y, situado en el epicentro del sistema, se encargó de recibir y distribuir el balón con personalidad y con la intención de generar desequilibrio y dificultad. Fue frecuente en su participación y responsable del funcionamiento del equipo, sabiendo que tanto sus compañeros como la afición necesitan elementos de seguridad a los que agarrarse, y él se siente capacitado y acreditado para realizarlo. La celebración de su gol demuestra tal hipótesis, viendo la garra con la que expresó su alegría y la complicidad que mostró con su entrenador, que está viviendo en sus carnes el terrible montante de fatalidad que sufre ese estadio durante ciertas fases de las últimas temporadas.

Recuperar piezas como Rodrigo, Guedes o Soler se antoja fundamental para el proyecto de Marcelino en Mestalla.

Marcelino lo tuvo claro. Salió con su clásico 4-4-2 con el objetivo de agarrar la posesión y buscar ataques con continuidad. Ser protagonista para buscar los tres puntos. Pero, desde lo individual, sus jugadores ponían trabas al plan. Rodrigo Moreno, la estrella que se inventó la campaña pasada, sigue peleando con el último gesto y además ha bajado considerablemente su sensibilidad para picar en la frontal en el proceso de acelerar la jugada y darle profundidad. Cuando es capaz de alinearse con Parejo su equipo lo nota y ese ataque pone de cara a los rematadores, que por otra parte siguen sin ser una garantía. El vértigo exterior que aportaba Gonçalo Guedes para adornar el eje que componen los dos españoles tampoco existe, y cada arrancada de aquí a final de temporada del portugués sería aire para sus compañeros. Y como tercer hombre a recuperar, Carlos Soler. Encontrar su espacio, acomodar sus movimientos a sus virtudes y englobarlo en el plan todavía queda pendiente. Tanto talento que parece estar desaprovechado en un momento en que el Valencia no se lo puede permitir. Con ellos funcionando, el apoyo de Kondogbia o Coquelin a Parejo, el liderazgo de Garay y el remate de Mina serían más fáciles de reflotar, tarea que sigue encomendada a un Marcelino al que el tiempo, al fin y al cabo, empieza a agotarse.

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