El camino de Solari

A pesar de todo lo ocurrido hasta la fecha, la contratación de Julen Lopetegui era coherente con la idea del club blanco en los últimos años. Florentino Pérez abandonó en verano de 2014 la política de fichajes que le había elevado en los años anteriores. James Rodríguez, firmado tras su maravilloso Mundial, fue el último gran nombre en vestir de blanco. A partir de ahí, el Real Madrid trató de recuperar la hegemonía operando de forma distinta. Rehusó las estrellas, frunciendo el ceño, y apostó fuerte por un perfil determinado. Jugadores jóvenes que conocían de antemano la Liga española: Dani Ceballos, Álvaro Odriozola, Marco Asensio, Marcos Llorente y Theo Hernández. Un camino que lograse, por fin, crear un ADN reconocible en La Castellana. Con los pesos pesados aún en plenitud, el Real Madrid se relamió los dedos al pensar en lo que podía ser el siguiente lustro: un bloque joven creciendo a base de ganar Ligas de Campeones, un bloque español que elevara al Real Madrid a otra esfera, que trascendiera los títulos. Y Julen Lopetegui, ex técnico de la Selección Española y la sub 21 y partidario de un juego dinámico, agresivo y proactivo, casaba a la perfección. Pero nada sucedió como se había planeado.

La marcha de Zinedine Zidane y Cristiano Ronaldo, ambas sin previo aviso, derrumbó la estructura blanca, que se insinuaba débil. Ambos habían conformado el binomio sobre el que se sustentaba todo. La calma y la furia. Ahí ya nada aguantó y Lopetegui, acostumbrado a formar talento y preparar con meses de antelación, al trabajo anónimo, al fuego lento, se encontró delante de los focos, iluminado por un club que exigía resultados antes de que el plan estuviera en marcha. Así, el técnico no pudo hacer más que exhibir su confianza en la plantilla y escudarse bajo unos mantras que, partido tras partido, iban perdiendo su efecto. Había perdido la credibilidad. El Real Madrid había crecido siendo el equipo de las mil caras, porque tanto Zidane como Cristiano permitían al conjunto blanco disfrazarse, desaparecer, para luego golpear dejando en la lona al rival. Lo inefable del Madrid, que tanto poder le dio en Europa, fue su peor enemigo a la hora de conformar un equipo con estructura, pues Lopetegui no encontró cimientos en su nueva casa, sino un cielo infinito sobre su cabeza. Y la tierra lo engulló.

Solo Karim Benzema está nutriendo de juego entre líneas al equipo.

Los problemas que tenía el equipo para generar una identidad reconocible llevaron al Madrid a una solución de emergencia. Santiago Solari aterrizó aún con menos pistas que su antecesor, pero sí con una certeza que traía en el bolsillo: simplificar evita(ba) errores. Tal idea se asentó a rajatabla, y el Madrid pasó del 4-3-3 “líquido” de Julen (extremos móviles, juego entre líneas, interiores que permutaban alturas, nuevo rol para Kroos, etcétera) a un mismo sistema pero con objetivos que iban en contradirección. Solari llegó y les pidió a sus jugadores que olvidasen todo lo aprendido. Sus medidas, coherentes en momentos de crisis, chocaron frontalmente en con el Real Madrid campeón de Europa. Del que construyó Ancelotti y llevó hasta lo irracional Zidane. En todos ellos, el talento no se cuestionaba. Lo más fácil, en vista de los jugadores que había, era crear pequeños contextos que potenciaban siempre Marcelo, Kroos, Modric y Karim. Los peloteros. En esta fórmula se le buscó encaje a Isco, que terminó por ser decisivo. Solari trazó un camino opuesto que, si bien de inicio era lógico, quizás no sea la solución. Un parche, pero nunca la pieza final.

Al final, todo tiene un razonamiento. El Real Madrid ha hecho valer su ley en Europa, pero nunca en La Liga, pues su equipo, tan permeable y tan volátil, no pudo competir con un Messi que, dotado de una estructura (más o menos buena, pero sólida) ha dejado sin respuesta a los rivales. En la Champions League es otra cosa. Allí manda la genialidad, la fortuna en momentos especiales, el triturar los nervios del rival y mantenerte siempre de pie. Nadie domina estos rangos como Marcelo Vieira, cual caballo indomable, al que nadie ha podido atar. Pues su rebeldía impulsaba al Real Madrid en momentos de necesidad. Y nunca se vio a un Marcelo tan apagado, sin socios con los que juguetear, sin nadie a quién retar. El brasileño se ha apagado y con él, todo el equipo.

Cuesta entender que, contando las bajas que tiene el Real Madrid, sin Gareth Bale, Marco Asensio o Toni Kroos, ni Isco ni Ceballos formen parte del guion del técnico argentino. Cuesta entender que el talento, antes la punta de lanza del equipo, pase a ser el último recurso. Nunca un equipo con tanto quiso ser tan poco. Frente al Betis vimos, quizás, uno de los mejores 45 minutos de los de Santiago Solari en el banquillo. Y eso es lo peor que se puede decir de este equipo. Estrechar el camino, quitar tantos obstáculos ha terminado por desembocar en otro problema. Hace que los jugadores ya no sepan cómo juntarse, cómo crear juego. El famoso rombo que dio vida Zidane, con la CMK+Isco, esa fórmula que parecía indetectable, la que destrozó la Juventus en Cardiff, ha sido sustituido por un nuevo esqueleto, en que ninguna de las piezas parece sentirse cómoda. El Real Madrid, equipo que no tenía memoria táctica, rema en sentido contrario a lo que venía siendo. El camino de Solari parece no ser el de los jugadores.

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