Dembélé en el patio

En el patio los más odiados siempre eran los palomeros. Aquellos que se alejaban del juego, de sus marrones inevitables, del barro, para aparecer siempre en la línea de gol y llevarse la foto. Cuando era pequeño eran una especie de deidades, unos elegidos. Todo el mundo quería ir con ellos, esperando adoptar su suerte, pero nunca fue mi caso. Su oportunismo chocaba con mi fatalidad, siempre en el lugar menos idóneo. Algo así me pasa con Ousmane Dembélé. Frente al Levante volvió a aparecer su capacidad para la fotografía final. Sus dos goles, pintorescos, bizarros, se colaron como si el balón fuese quien dictase el camino y no su pie. El francés ha pasado del ostracismo al estrellato en cuestión de días. Incluso en llegar tarde a entrenar y quedarse dormido es oportuno.

Y luego, tras marcar sin saber cómo, Dembélé no tuvo pudor en “hacer de Messi” sin Messi. Como cuando no están los padres en casa y te montas la fiesta siendo tú el rey. Ousmane completó 11 de 15 regates antes de irse lesionado. El tope en un partido liguero esta temporada. Viéndole regatear, por aquí y por allá, daba la sensación de estar delante de un colibrí con patas de búfalo. Un ser extraño, de complexión delgada y ágil, pero poderoso como pocos en su zancada. Lo hacía con aparente naturalidad, sin esfuerzos. Capaz de irse de tres en una baldosa y de fallar un pase de 3 metros. Bosteza ante las ataduras y los compromisos, fiel a su espíritu indomable. La única escuela a la que pertenece es la suya, ninguna más.

Cuando fichó por el FC Barcelona con sus 20 años recién cumplidos eran muchos los que advertían de la nula capacidad de Dembélé para marcar goles. Su zancada, ágil y ligera, encontraba consuelo en el último toque, siempre preciso y coherente, pero no en su disparo. De hecho, sus cifras en el Borussia Dortmund estaban lejos de insinuar lo que esta temporada empieza a mostrarse como una constante. 8 goles en la 2016/2017. Esta temporada ya está en 12. Pero más allá de cifras, lo que impresiona es la capacidad que tiene para encontrar situaciones que hace no tanto parecían una quimera para él. Los goles llegan siempre de una forma distinta, sin seguir un patrón que mida su juego. Dembélé es pueril en su juego, pillo en sus acciones.

Dembélé sigue mostrando esa anarquía tan característica tanto en su juego como en sus goles.

Hace apenas unas semanas el Camp Nou era el enemigo. Sus retrasos en los entrenamientos se producían de forma continuada y nadie sabía por qué. ¿Cómo podía llegar tarde a entrenar cuando Leo Messi te acababa de alabar? De locos. O quizás no para Dembélé. Su lógica parece no hablar nuestro lenguaje. Tampoco en el terreno de juego, donde sus movimientos, anárquicos y eléctricos, jugaban el papel de nota discordante en el entramado de Ernesto Valverde, poco dado a los solfistas. El suyo es un guion en el que solo Messi tiene permiso para volar libre. Pero los golpes de talento puro del joven extremo francés, entre alarma y alarma, dibujaban un nuevo escenario en el que el guadianesco Philippe Coutinho perdía paulatinamente su sitio. El Camp Nou no tiene memoria. O sí, pero es como la de la mayoría de lugares donde la gente va predispuesta a algo. Se quiere ganar. Y un gol vale por mil disculpas.

Los Increíbles 2 es una película maravillosa, sobretodo por la importancia que cobra el pequeño Jack-Jack. A veces pienso en cómo vivirían los padres del joven francés teniendo que lidiar con sus consolas, sus pizzas y sus amigos. Con los deberes, si es que tenía. Dembélé sigue siendo ese niño que se mira delante del espejo intentando descifrar qué es capaz de hacer, qué clase de poderes tiene, como Jack-Jack. O quizás no se lo pregunta, simplemente experimenta sobre el verde. Dembélé no trabaja, el fútbol es “su juego”, no creo que haya futbolista que se tome más a pecho eso de jugar.

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