Estados de ánimo

Todo. Absolutamente todo, depende de un punto de vista. Cualquier interpretación, cualquier decisión a tomar… Todo. Y ese enfoque siempre estará influenciado por el estado de ánimo. El concepto que nos dicta cómo vamos a reflexionar y a actuar. Tan fugaz es el estado de ánimo como capaz de derribar un todo conseguido con arduo trabajo en cuestión de segundos. Celta y Valencia se citaron en Balaídos para comenzar una segunda vuelta de competición liguera donde toda la esperanza está puesta en revertir el rumbo tomado en la primera mitad del campeonato. Como si de un fiel reflejo del tiempo de competición que se lleva disputado, el partido en el feudo celeste mostró tantas situaciones distintas como estados de ánimo en los dos conjuntos. Al final, el Valencia se llevó los tres puntos. Pero todo vino marcado por un estado de ánimo, ese que le dotó de la confianza suficiente para acabar remontando un partido que antes del descanso llevaba en contra y le dejó absolutamente sin alma.

Si el concepto de estado de ánimo se puede personificar en este Valencia no habría ninguna duda en hacerlo sobre Daniel Parejo. El capitán che es el auténtico termómetro del Valencia sobre el verde. Una extensión de Marcelino en el terreno de juego que con inspiración puede llegar a tener una brutal incidencia sobre el juego. El plan local de progresar con balón, atraer al rival hacia la posesión para generar espacios a los hombres de tres cuartos de campo y de echar al equipo hacia arriba en posesiones largas le venía al como anillo al dedo al Valencia. Con gustoso honor el conjunto valencianista asumió el rol de contragolpear y, por momentos, el Celta se vio superado por las carreras de los pupilos de Marcelino sobre los espacios que los gallegos cedían atrás. Sin embargo, la tónica habitual en cuanto a efectividad de cara a portería no cambió para los che: es uno de los equipos que más peligro genera de toda la competición y también es la principal escuadra que más ataques desperdicia.

El 10 valencianista controló ese tramo de partido a su antojo.

La inspiración del Valencia arriba brilla por su ausencia, pero sobre todo lo hace en unos de los buques insignia del equipo: Rodrigo Moreno. Después de una temporada para recordar, el bajón a nivel goleador del hispano-brasileño ha sido devastador para un equipo necesitado de goles. Volviendo al encuentro de Balaídos, los problemas del Valencia para definir, unidos a una facilidad llamativa para errar en entregas sencillas, hicieron crecer a un Celta que aprovechó un saque de esquina para ponerse por delante, demostrando, una vez más, la inoperancia valencianista para defender balones laterales. Desde ese instante en el que el balón besó las redes del arco de Neto, el Valencia deambuló sobre el campo, merced a la posibilidad de recibir un segundo gol y dar por finalizado el enésimo proyecto del club en los últimos años. El pensamiento valencianista volvía a retrotraerse a sensaciones pasadas: oportunidades de gol perdidas y verse por detrás en el marcador.

El comienzo de la segunda mitad, con el descanso de por medio, no ayudó a cambiar el estado mental del conjunto de Marcelino. El Celta estuvo correcto y Neto tuvo que salvar alguna vez que otra el 2-0. Entonces el asturiano movió el banquillo por partida doble, dando entrada a un Ferran Torres cargado de confianza y a Kevin Gameiro, lo que obligó a Rodrigo a escorarse en banda, una decisión discutible en principio. Por más que acumulara hombres arriba, la suerte del Valencia no daría un golpe de timón a no ser que llegara algo que la forzara a cambiar el apesadumbrado ánimo de los jugadores. De la nada, surgió ese hecho que cambió el partido. Parejo y Gayá se asociaron –sí, esos dos jugadores que están cuajando una temporada sensacional dentro de la mala dinámica del equipo– y el lateral valenciano sacó un centro pasado que Ferran durmió con el pecho. La calma para aprovechar el bote pronto del balón estuvo perfectamente acompasada con la delicadeza que un golpeo con tan poco ángulo reclamaba y que, felizmente para sus intereses, el chaval de 18 años imprimió. Marcó por segundo partido consecutivo, demostrando que Marcelino no sea había equivocado dándole entrada.

Si el concepto de estado de ánimo se puede personificar en este Valencia no habría ninguna duda en hacerlo sobre Dani Parejo.

El gol de Ferran cambió el partido. Mejor dicho, el tanto del Valencia cambió el estado de ánimo de un equipo que hasta entonces carecía de alma. Ese detalle, ese cúmulo de detalles que hizo subir al marcador el gol de Ferran, inspiró al Valencia. Le liberó de la pesada carga de presión que soportaba a sus espaldas y cabalgó el último cuarto de hora del encuentro a lomos de un excelso Parejo. El ’10’ valencianista controló ese tramo de partido a su antojo. Las paradas de Rubén Blanco fueron el único motivo por el cual el Celta llegó vivo a los instantes finales del encuentro. Pero entonces, el torrente ofensivo del Valencia vio la luz en una jugada perfectamente trenzada que Rodrigo finalizó. Solo el ariete valencianista sabe el valor de ese tanto, pero con sus gestos en la celebración uno se puede llegar a imaginar la liberación que supuso para él. La misma que invadió a sus compañeros verle sonreír y observar cómo se sacó adelante un partido que se mereció.

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