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Morata entre contradicciones

Es muy difícil descifrar a Álvaro Morata. Aquel primer gol en el Ciutat de València para dar la victoria al Real Madrid, entrando desde el banquillo, ya intuyó que se convertiría en un jugador importante a largo plazo. Cuando un futbolista joven emerge en momentos de depresión coyuntural, le queremos alzar hasta un rol que aún le queda lejos. Morata ha vivido entre contradicciones en la forma, pero en el fondo cada uno de sus movimientos tenía un sentido.

Con el gol en el campo del Levante, Morata puso una primera piedra a su proyecto personal, pero el círculo nunca fue completo, nunca se llegó a cerrar. El Madrid ha tenido nombres particulares en la delantera durante los últimos años: Gonzalo Higuaín, Karim Benzema y Álvaro Morata. Y en un segundo plano -aunque fue el punto más importante- el valor añadido de la reconversión de Cristiano Ronaldo. El ‘Pipa’ domó el Santiago Bernabéu a partir del desmarque en ruptura, pero también terminó buscando una salida. Bajó, mediáticamente, un escalón para conocer al Maurizio Sarri napolitano. Por otro lado, Benzema ha convivido en un ecosistema especial. En el paradigma del delantero moderno, es un atacante que solo ve la portería de cara a la hora de finalizar la jugada. Y, principalmente, al ‘10’ que lleva el ‘9’ siempre se le criticó la falta de goles. Karim permitió, en cierto modo, que Cristiano se convirtiera en un goleador de forma natural. De la banda al pico del área o como referencia, de aquellos movimientos de decenas de metros a rupturas en el punto de penalti.

El Madrid necesitaba al Morata revulsivo.

Y entre todo ese proceso surgió la figura de Morata. El delantero nunca tuvo el rol de titular en el Real Madrid, porque tenía competidores de alto nivel y, en muchas ocasiones, aportó más partiendo como suplente. Como titular, Morata se acercaba a lo que realmente era: un futbolista capaz de abarcar muchos metros, de participar en contextos de cierto repliegue y ser la espada de la profundidad, cayendo a banda o explotando su zancada. De colaborar en la construcción del juego sin ser técnicamente lo que sí es Benzema. Así pues, el Madrid le necesitó en muchas ocasiones como revulsivo. Con el marcador en contra, Morata se dirimió en un delantero que necesitaba entre quince y veinte minutos para cambiar resultados, pero la versión que ofrecía y el rol que le otorgaban era sustancialmente distinta. Se transformó en una referencia en el área, donde el instinto siempre fue el denominador común. Pero para Morata eso no fue suficiente. Rechazó seguir por el camino que quizás, en un futuro, le tenía reservada la titularidad en el Madrid.

Sus dos aventuras en el extranjero, en la Juventus de Turín y el Chelsea respectivamente, llegaron en un momento de doble definición. Morata no consiguió sobrepasar la frontera de la titularidad de forma regular, pero tampoco llegó a ser una pieza importante ni en Italia ni en Inglaterra. Aun así, en la Vecchia Signora marcó el gol que eliminaba a su Real Madrid de la Champions League, e incluso repitió tanto en la final de la misma edición, que ganó el Barcelona. Finalmente, terminó llegando al Chelsea de Antonio Conte. A uno de los equipos más dominadores de las últimas temporadas para dar un cambio en la estructura manteniendo la misma esencia. Morata parecía un perfil ideal para el entrenador italiano, pero los caminos se separaron antes de tiempo. En la presente temporada, Sarri acabó apostando por la versión globalizada de Eden Hazard como falso nueve, aunque la denominación ha tendido a tomar rasgos demasiado generales en los últimos tiempos. Ni el Olivier Giroud campeón del mundo ni el mismo Álvaro convencieron a Sarri y el italiano ha apostado por los viejos tiempos, por el delantero que explotó Nápoles, Higuaín.

A Morata, cualquier error le pesaba el doble.

Llegó un punto en el que fallar un control, errar un pase o desperdiciar una ocasión de gol a Morata le pesaba el doble que a cualquier otro futbolista. No solo luchaba contra un equipo, peleaba contra muchos factores. «Tenía un bloqueo en la cabeza y no quería hablar con nadie. No quería escuchar a nadie. Solo quería quedarme en casa. Probablemente no fue depresión, pero sí algo similar”, explico el verano pasado. Simbólicamente, cambió el ‘9’ por el ‘29’, pero, una vez más, el círculo tampoco se cerró.

Pese a la presión a la que ha estado expuesto, pocos jugadores han decidido abandonar el Bernabéu dos veces. Y menos si es para volver a empezar donde todo se gestó, en el Atlético de Madrid. En un acto de rebeldía que Aldous Huxley explica en Brave New World y que bien se le podría aplicar a Morata: “Salió de su despacho cerrando la puerta de golpe tras de sí, crecido, exultante ante el pensamiento de que se hallaba solo, enzarzado en una heroica lucha ante el orden de las cosas, animado por la embriagadora conciencia de su significación e importancia individual”.

Ahora encontrará nuevos mimbres en el Metropolitano. A lo largo de su carrera ha tenido grandes servidores. Paul Pogba, Luka Modric, Mesut Özil o Hazard son solo algunos de los nombres, acompañados de otros no menos importantes, como el de César Azpilicueta, que hizo del centro lateral a media distancia hacia Álvaro una rutina que enlazaba con el gol. Antoine Griezmann será el siguiente. El francés juega más libre con una pieza delante y Morata también demanda un asistente de sus características. La aparición en el segundo palo, la zancada, los remates de cabeza… El regreso al otro lado de Madrid puede ser el punto de rebelión definitiva en el que Morata pueda explotar. Los goles marcarán cuál será el camino, pero no intenten buscar el porqué, el significado está entre las contradicciones de Morata.

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