El Barça de Arthur y Piqué

El Barcelona ha vivido un enero regular en la dinámica de resultados, pero irregular en la manera como los conseguía. El juego del Barça no se ha visto representado en casi ninguna de las formas que ha recurrido. De hecho, su mejor actuación, en la vuelta de Copa frente el Sevilla, no estuvo demasiado relacionada con lo que pretende ser la mejor versión de este equipo. Factores puede haber varios.  Ya pueda ser por la recurrencia de partidos sin el estímulo de la Champions o el cambio constante de piezas en el once. Aun así, dentro de esta incertidumbre han salido algunas notas positivas a las que Valverde se puede aferrar, más allá de la aportación rutinaria de Messi.

La más sorprendente de ellas probablemente haya sido Nélson Semedo, que ha comenzado a naturalizar su instinto en campo contrario mientras mantenía su vocación correctora en el propio. Pero los dos nombres propios que han dado un paso al frente han sido Arthur Melo y Gerard Piqué. El primero, por mantener la estructura más allá de las sensaciones y sus funciones en el repliegue en campo propio y sus pases determinantes, tanto verticales como horizontales, en el despliegue en campo rival. El segundo, por la seguridad que ha transmitido tanto fuera como dentro del área en la defensa posicional y por la capacidad de rescatar a su equipo desde la emergencia. El Barça necesitó de ambos para enfrentar El Clásico sin Leo Messi y con la discontinuidad en el juego.

Arthur y Piqué, junto a Messi, son el emblema que da sentido y continuidad al juego del Barça.

 

Tanto Barça como Madrid plantearon presiones altas desde el área contraria, pero con respuestas distintas, porque el conjunto blanco casi nunca jugaba en corto y el Barça no coordinaba bien la presión. Esto empeñó la posesión hacia el terreno del Barça, que no solo sumó bastantes pérdidas en zona peligrosa sino que dejó vacíos perfectos a la espalda de su medio campo para que Benzema pudiera saciar su apetito. Al francés le acompañó un Vinícius activo en el momento de generar pero alterado en el instante de concluir. Algo que también pasó en el lado azulgrana, con un Malcom errático en una de las únicas veces que el Barça consiguió superar la presión.

Poco a poco el Barça consiguió coger más continuidad en el juego mientras el Madrid pasaba de ser proactivo a reactivo. En este momento, el partido tendió a la banda derecha azulgrana y a la izquierda merengue, pues era el carril donde sobre todo el Real Madrid creía que podían pasar cosas. Aun así, la calidad distinta y eléctrica de Vinícius no pudo superar la virtuosidad defensiva de Semedo, que cada vez se siente más grande. Siguiendo esta línea, el protagonismo de esta banda se topó con un invitado inesperado: Malcom. El brasileño empezó distante, pero fue entrando en el partido por darle más amplitud que profundidad a su equipo primero y después por su eficacia en el uno contra uno contra un desacertado Marcelo. El desequilibrio del brasileño chocó con la irregularidad pasmosa de Coutinho y la falta de localización del Barça a Jordi Alba, vigilado de cerca por Lucas Vázquez, que acabó centralizando el juego en el costado derecho azulgrana.

Nélson Semedo y Malcom tuvieron recorrido por su carril por inspiración propia y dejadez defensiva rival.

 

Los cambios tendieron al dominio azulgrana, con un Madrid a la espera de lo que hacía el Barça para contraatacarle. Este contempló las entradas de un Messi dosificado y Aleñá para dotar de control, pero acabó cediendo por la falta de participación de Arthur. El Barça fue el equipo que principalmente el brasileño diseñó. Por otro lado, cuando mejor se sintió el Madrid, Piqué permitió sobrevivir a su equipo en una demostración soberbia de seguridad y capitanía. En un mes de febrero que ha empezado con dos empates y sensaciones dispares, las aportaciones del catalán y el ex de Gremio van a ser capitales para las aspiraciones de los culés.

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