La guinda del pastel realista se la comieron en Hamburgo

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Una fantástica generación de jugadores formados en Zubieta había cuajado por fin, para competir por todo y contra todos, dirigidos por Alberto Ormaechea. Sin embargo, lo que hubiera redondeado una época de oro y gloria, quedó en el olvido en aquella fatídica tarde de Hamburgo en 1983.

El fútbol le estaba dando alas a un equipo modesto, de ciudad pequeña, de presupuesto bajo y con jugadores de la casa. La Real Sociedad de Alberto Ormaetxea estaba empezando a asustar en España ya que se metía entre los primeros de manera cada vez más continua, consiguiendo levantar su primera liga en la temporada 1980-1981, y la segunda consecutiva en la 81-82. Un hecho insólito e histórico sin ninguna duda. El equipo dirigido por Ormaetxea iba a pasar a los anales de la historia sin duda, tanto de la entidad txuri urdin como de la liga española de fútbol. Sin embargo, le faltaba algo para tocar el cielo y la gloria definitivamente, y era, nada más y nada menos, que dar la campanada en la Copa de Europa, triunfar en la competición europea por excelencia. 

No era un reto sencillo ni mucho menos. Principalmente porque los donostiarras se planteaban las competiciones europeas como un premio, un regalo, una oportunidad de disfrutar y aprender que se les brindaba por haber ganado la liga española. Y eso, quieras o no, te limita a la hora de tener ciertas aspiraciones. Sin embargo, no importaba demasiado. La Real jugaba a fútbol muy bien y ganaba, y hacía vibrar a los suyos, y eso ya era suficiente.  

El equipo realista de aquella gloriosa época sigue tatuado en las mentes de los aficionados, incluso en las de los que no vivieron aquello. Arconada, Celayeta, Gorriz (jugador con más partidos vistiendo la camiseta realista en la historia), Kortabarria, Larrañaga, Olaizola, Bakero, Diego, Zubillaga, López Ufarte, Uralde, Otxotorena, Orbegozo, Zamora, Satrustegi, Begiristain, Gajate, Biurrun, etcétera. Un equipazo, y de la casa.

Un proyecto ambicioso que venía de atrás y se alargó de distintas maneras

La Real era un equipo modesto que se reveló ante los grandes. No fue cosa de un día, sino un resultado de un gran trabajo de años. Los primeros buenos resultados se vieron con Rafa Iriondo a los mandos en la 73/74, cuando lograron la cuarta plaza liguera que les daba billete europeo, el primero de su historia. Ya empezaban a aparecer nombres que luego serían importantes como Kortabarria, Zamora o Satrustegi. Fue una época de transición al éxito participando en competiciones europeas (UEFA) hasta en cuatro ediciones (74/75, 75/76, 79/80 y 80/81) en seis años. En el debut europeo cayeron a las primeras de cambio ante el Banik Ostrava checo, pero a partir de ahí el equipo fue ganando experiencia y superando rondas y rivales cada vez más fuertes. Cabe mencionar la casi gesta en la 79/80 ante el Inter de Milán, cuando tras un 3-0 en contra en la ida (donde los tifosi lanzaron bolsas de orina a los desplazados realistas), la Real a punto estuvo de mandar para casa al por entonces gigante europeo en la vuelta tras ponerse 2-0 con doblete de Satrustegi en un partido memorable, según cuentan todas las crónicas. Un polémico arbitraje dejó fuera a la Real aquel año. Cosa que se repetiría años más tarde en la Copa de Europa. 

Llegan las ligas y la consagración en Europa 

Alberto Ormaetxea estaba consiguiendo lo imposible: hacerse grande en España. Llegó la famosa primera liga en el 81, en Gijón, con el gol de Zamora. Y al año siguiente de nuevo, como si de un grande histórico se tratara, la Real volvió a alzarse con el título de campeón de liga en España, esta vez venciendo en Atotxa. Dos títulos que daban a conocer el nombre de la Real Sociedad por toda Europa. Los Satrustegi, Zamora, Gorriz, Ufarte, Arconada y compañía ya eran grandes, pero querían ser gigantes. Y el reto venía después, en la 82/83, queriendo asaltar Europa, la Copa de Europa, la competición más grande.  

Las dos anteriores temporadas con título hicieron que los grandes se reforzaran y dejaron a la Real en un segundo plano en el ámbito nacional aquella campaña, la cual finalizarían séptimos. La Real, sin embargo, se veía capacitada para dar el golpe en Europa, donde se vio emparejada con el “asequible” Vikingur islandés a primeras de cambio, en dieciseisavos. Los realistas no tuvieron demasiados problemas en apear a los campeones islandeses venciendo ambos partidos, el primero 0-1 en tierras nórdicas gracias al gol de Satrustegi, y el segundo por 3-2 en Atotxa donde marcaron Satrustegi, de nuevo, y Uralde por partida doble -que fue el Pichichi realista de la competición con 4 dianas-. Aquella primera ronda fue en septiembre del 82, con la temporada apenas empezada. Y la Real ya estaba en octavos de la máxima competición continental, mientras Athletic y Real Madrid se posicionaban en lo alto de la tabla de la liga con el Barcelona detrás pese a tener a Maradona.  

La Champions y la oportunidad de llegar al Olimpo 

Los octavos de final no tardaron en llegar ya que se disputaron entre finales de octubre y principios de noviembre, y a la Real le tocó el histórico Celtic de Glasgow escocés. Un rival duro de roer, más aún si tenemos en cuenta que la Real ya no estaba al nivel de los dos años anteriores y perdía partidos de manera más continua. La Real, y el ardiente Atotxa, pasaron por encima de los escoceses en la ida venciéndoles por 2-0, y en la vuelta en tierras británicas, pese a perder, un gol de Uralde les daría el pase a los dirigidos por Ormaetxea, que se plantaban en cuartos de la máxima competición continental por primera vez. 

Tras el largo parón de la competición (no se reanudó hasta mediados de marzo) la suerte le fue esquiva de nuevo a los realistas en el sorteo, ya que el Sporting de Portugal fue el rival que les tocó, otro grande de Europa muy asentado. La Real, con los nervios de la primera vez, cayó derrotada en Lisboa por 1-0, con el as en la manga de que Atotxa remontaría solo. Y así fue. Un 2-0 en casa con goles de Larrañaga y Bakero metió a la Real, a un equipo modesto que no sabía ni cómo había llegado hasta allí, en las semifinales de una Copa de Europa. Lógicamente fue una fiesta aquello, y Donostia se volcó con su equipo.

LA eliminatoria en mayúsculas y todo lo que la rodeó 

En plena primavera ya, la fecha estaba acercándose poco a poco. Ese 6 de abril estaba marcado en rojo en todos los calendarios donostiarras. La ida de la semifinal de la Copa de Europa. Pero, primero venía el sorteo. Cuatro equipos, tres rivales posibles. El Widzew Lodz polaco, la galáctica Juventus de Platini, y el temible Hamburgo alemán. Y el azar, le volvió a jugar una mala pasada a la Real ya que quedaron encuadrados con los alemanes. La Real, pese a ser doble campeona de una liga importante como la española, seguía sin tener la vitola de favorito ni de rival difícil siquiera. Tan exagerado era que los aficionados alemanes, además de alegrarse por el sorteo, empezaron a reservar billetes de avión y alojamiento para la final que se disputaría en Atenas. Sin embargo, jugadores y dirigentes del Hamburgo, dejaron claro que habrían estado más contentos de haberse enfrentado a la Juve, puesto que el club estaba endeudado y querían hacer caja con la taquilla con un rival de entidad y no repetir la baja afluencia -30.000 asistentes, menos de la mitad- de los cuartos ante el Dinamo Kiev. 

Por si la eliminatoria no estaba lo suficientemente complicada, la ida sería en Atotxa, y la vuelta en el Volksparkstadion. Además, la Real no podría contar con Txiki Beguiristain por estar haciendo el servicio militar, y tampoco con Satrustegi y Kortabarria. La cosa pintaba fea, como dijo años después en una entrevista Diego, jugador de aquella época y protagonista de la semifinal; “eran totalmente favoritos, nadie daba un duro por nosotros”. Ormaetxea también estaba preocupado con el rival, “el Lodz polaco era un rival más asequible, pero tendremos que aceptar que jugamos contra el Hamburgo” decía horas después del sorteo de Zúrich.  

El día llegó y Ormaetxea alineó a estos once hombres para barrer a los alemanes en Atotxa: Arconada, Celayeta, Gorriz, Gajate, Zubillaga, Gurrutxaga, Bakero, Diego, Zamora, López Ufarte y Uralde. El ambiente era espectacular, con un Atotxa lleno hasta la bandera, pero el Hamburgo se adelantó casi llegados a la hora de partido. Sin embargo, el poderoso Gajate recogió un rechace e igualó la contienda a menos de un cuarto de hora del final para delirio del estadio. Empate a uno que dejaba fuera a la Real a no ser que ocurriera un milagro en Alemania. 

Hasta que llegó aquel partido de vuelta del 20 de abril, ocurrieron varias cosas más. Zamora y Gajate cayeron lesionados dejando a Ormaetxea con solo 14 jugadores del primer equipo disponibles y teniendo que llamar a dos del Sanse para completar la lista. Todo el mundo daba por eliminada a la Real, incluso periodistas españoles hablaban en la previa de que el objetivo era no hacer el ridículo. Por fin se designó al árbitro del encuentro que sería un suizo, Bruno Galler. La afición y el equipo se desplazaron y el día llegó. 

La noche más importante de las carreras de los realistas, sin ninguna duda, que llegaron a Alemania con ganas de hacer algo grande, que se recordara por los tiempos. El partido iba bien, con empate a cero y pocas ocasiones. Sin embargo, en el descanso sucedió algo curiosamente relevante, y es que uno de los linieres se lesionó, y su sustituto fue un alemán que apareció de la grada, o como lo describió López Ufarte hace pocos meses en Fiebre Maldini: “una persona que no se sabe muy bien de dónde salió”. La segunda parte iba igual, pero en el minuto 76 Jakobs adelantó a los locales. Lejos de venirse abajo, el ya mítico Diego empató el encuentro, llevando al equipo provisionalmente a la prórroga en el 80. Quedaban diez minutos en unas semifinales en Alemania con un linier alemán del público. Era la crónica de una muerte anunciada.  

El Hamburgo sacó un córner en el 84, y el rechace sirvió a Magath para chutar. Su disparo golpeó en un atacante y Von Heesen, en un clamoroso fuera de juego empujó el balón a gol poniendo el definitivo 2-1 que dejaba fuera a la Real de una final continental. Todos vieron aquella infracción, todos menos el linier alemán que indicó gol. Un cúmulo de sentimientos afloró en aquel momento. Como decía Diego; “la posibilidad que tuvimos de jugar una final de la Copa de Europa, que parecía imposible para aquella Real Sociedad y estuvimos tan a punto…que la rabia fue enorme”. Más aún cuando el Hamburgo levantó la Copa de Europa con facilidad semanas después. La rabia y tristeza de toda la Real no empañó una aventura única que celebraron todos pese a la derrota como si hubiera sido una victoria. Aquel 20 de abril de 1983, la guinda del pastel de una época dorada realista, se la comió el Hamburgo. 

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