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Los herederos del nuevo Athletic

El FC Barcelona volvió a mostrar sus carencias futbolísticas más candentes y actuales en el encuentro de San Mamés. A su dificultad para desbordar y crear ventajas se unió la sensación de falta de control del contexto, de que el rival llevaba el ritmo y manejaba los hilos del encuentro. Solo en los primeros veinte minutos de la segunda parte consiguió desestabilizar el sistema defensivo del Athletic Club, girar a mediocentros y defensas y generar verdadero peligro, principalmente a partir del juego interior de Lionel Messi y Philippe Coutinho. Durante los otros setenta minutos, fue Gaizka Garitano el que más claro tuvo cómo incomodar al conjunto culé.

La pizarra de Garitano estuvo siempre muy presente en lo que ocurría en el césped.


El plan del equipo vasco fue sustancialmente diferente antes y después del descanso. En la primera mitad presionó la salida de pelota blaugrana con un nivel de activación altísimo de los diez jugadores de campo, tratando de aprovechar la pérdida de finura rival en la medular debido a la baja de Arthur Melo y el irregular desempeño de Arturo Vidal desde el interior derecho. Garitano basó su ataque entonces en esta intensidad en la recuperación y en el juego en aéreo de Raúl García, que durante esta primera parte se movió bien a lo ancho del campo, especialmente el derecho, para descargar de cara o prolongar los balones largos que lanzaban sus compañeros desde campo propio. La zaga culé tampoco mostró seguridad y solo la falta de determinación en el último toque de los delanteros y la majestuosa actuación de Marc-André Ter Stegen bajo la portería evitaron poner en ventaja a los bilbaínos. Reflejos de felino, solvencia y vigilancia del contraataque rival que durante los noventa minutos alejó al Athletic del gol. Un gol que no pudo por tanto anotar su nueve, un Iñaki Williams que jugó con personalidad y responsabilidad, demostrando sobre todo en los primeros compases del partido que sigue desarrollando conceptos y movimientos de ariete que por un lado dan aire y sistema a su equipo y por otro complementan las extraordinarias virtudes físicas con las que siempre se contaban y que salieron a lucir más en la segunda mitad.

Tras el paso por el vestuario el Barça se reactivó. Coutinho se acercó a Messi para crear triángulos por dentro y tratar de elevar el ritmo de circulación. Además, Valverde pidió más intensidad en la presión, inclinando el campo hacia la portería local aprovechando además el bajón físico lógico y esperable del Athletic, que pasó a replegar en campo propio como método para cerrar espacios y dificultar la llegada del Barcelona al área con el balón controlado. Sin embargo, Iago Herrerín nunca se vio intimidado, al menos con continuidad. La baja de Jordi Alba no pasó desapercibida y el Barça adoleció gravemente de desborde y profundidad exterior. Esto contribuyó a la formación de un embudo que facilitaba la labor de Yeray y un imperial Íñigo Martínez que veían llegar siempre a los delanteros rivales de cara. Y, en esas circunstancias, aparecieron los baluartes del nuevo Athletic para rematar la actuación local asegurando el punto y acercándose a una victoria que no quedó lejos.

El Barça se diluyó tratando de robarle el balón a Muniain y de frenar las carreras de Williams.


Iker Muniain e Iñaki Williams
fueron los artífices de tal hecho. La participación del menudo mediapunta fue crucial en el cambio de dinámica en la que se había envuelto el partido, y desde su incursión el balón cada vez estaba más cerca de Ter Stegen. Se colocó entre líneas y desde ahí acaparó balón primero para asegurar la posesión y facilitar la salida de los suyos, y después para lanzar el ataque sobre todo a su compañero Williams. La pausa del diez y la potencia del nueve lapidaron la reacción culé y permitieron soñar a San Mamés con los tres puntos. Aunque probablemente más que tal botín sea la sensación de enorme competitividad que pudo ver la grada a su equipo lo que más seguridad le pueda generar para tener un fin de temporada tranquilo e ilusionante.

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