Balón en Profundidad

Fútbol hasta la línea de gol

Revista

Los goles que no se gritaban

ESTE ARTÍCULO FORMA PARTE DEL NÚMERO DE JULIO DE NUESTRA REVISTA DIGITAL. ¡DESCÁRGALA YA!

Muchas voces critican que la política se inmiscuya en el deporte. O que los clubes se postulen en base a una corriente ideológica. Karl Marx dijo una vez que «la religión es el opio del pueblo». Sin embargo, esta frase la podríamos tergiversar e interpretarla con fútbol como sujeto. Con una relevancia descomunal en todo el mundo, el fútbol creció entre la clase obrera para arraigarse en todo el conjunto de la sociedad. «El fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes» la oración, de incierto origen, se ha convertido en un principio para muchos aficionados. 


Quienes menos relación parecen tener con el fútbol, son las personas a quienes más les interesa. Y no son ni hooligans, ni los propios futbolistas ni, tampoco, los tribuneros. Si hay algo que vende, el primero en asistir es el poder. Un conglomerado de personas con la intención de repercutir en la sociedad. El fútbol no se salva de ello. La Italia de Benito Mussolini organizó la Copa del Mundo del 1934 en plena dictadura. Los transalpinos, entre mucha polémica, fueron los vencedores. Dos años después, sin una relación directa con el fútbol pero sí con el deporte, la Alemania de Adolf Hitler organizó unos Juegos Olímpicos. Fútbol como lavado de imagen, al servicio del poder; ha sucedido en Rusia durante este Mundial y Qatar apuesta por ello de cara al 2022. Pero si hay un ejemplo subversivo, ese es Argentina 1978. 

Hace exactamente 40 años Argentina celebró una Copa del Mundo. Un manto de corrupción, tortura y asesinatos cubrió el torneo y el país durante unas semanas. En plena dictadura militar de Jorge Rafael Videla, el fútbol se vendió al poder. Y solo unos pocos miraron más allá del balón. Carlos Alberto Lacoste, vicealmirante del Proceso de Reorganización Nacional, organizó el torneo a través del Ente Autárquico Mundial 78. Fue el encargado de hacerlo tras la misteriosa muerte de Omar Actis. La Copa del Mundo contaba con el visto bueno de Joao Havelange, presidente de la FIFA entre 1974 y 1998, quien dijo que «por fin», el mundo podría ver «la verdadera imagen de Argentina». Havelange, fallecido en 2016, se inició en los negocios con la venta de armas y presidió el máximo organismo futbolístico gracias al voto de federaciones pequeñas, como Vanuatu o Maldivas, conseguidos a través de sobornos. 

El presidente, de origen brasileño, creó la empresa International Sports Leisure, a través de la cual gestionaba los derechos de las competiciones. Su socio era Horst Dassler, hijo de Adolf Dassler (conocido como Adi, creador de Adidas a partir del sobrenombre y el inicio de su apellido). Varias voces les acusan de apropiarse de varios cientos de millones de dólares desde ISL. Toda la estructura de la FIFA y sus relaciones estaban ancladas en el barro de la corrupción. Lacoste, acusado de crímenes contra la humanidad, nombró a Julio Humberto Grondona presidente de la Asociación del Fútbol Argentino. Durante su gestión, la Albiceleste ganó diferentes torneos, incluido el Mundial de 1986. No obstante, tras su fallecimiento en 2014, muchas personas le denunciaron por, entre otras cosas, recibir sobornos en efectivo por los derechos televisivos de los partidos de la selección. Tenía una relación de amistad con Joseph Blatter. 

Si bien la estructura organizativa rebosaba corrupción por todos lados, el ámbito futbolístico tampoco convivió ajeno. Jorge Carrascosa, capitán de la selección argentina, renunció a jugar el Mundial por desencanto con el fútbol, cansado de los sobornos que manejaban las altas esferas y repercutían en jugadores y árbitros. 

El fútbol se arrodilló ante Videla. Mientras que miles de almas tocaban el cielo celebrando los goles de sus países, otras abandonaban sus cuerpos para siempre. La Escuela de Mecánica Armada fue uno de los campos de concentración de la dictadura militar. Jorge Eduardo Acosta, conocido como «El Tigre», dirigía el centro que torturaba y asesinaba a las personas que pensaban distinto del régimen. La ESMA se encontraba a prácticamente un kilómetro del Monumental, donde se celebró la final. Unos celebran goles, otros morían torturados. 

Claudio Morresi, exjugador de River Plate y Huracán, luchó, junto a su familia, para encontrar a su hermano desaparecido. Pagaron a diferentes fuentes anónimas que decían saber dónde estaba Norberto. Morresi recuerda a su madre tejiendo jerséis de lana después de que les comentasen que su hermano sería enviado a Dinamarca. Pero nada de eso ocurrió. Trece años después descubrieron que Norberto había sido asesinado con seis tiros en la cabeza. Miles de madres y abuelas se concentraron en la Plaza de Mayo para denunciar la desaparición de sus hijos y nietos. A día de hoy, tras más de 2000 marchas, cientos de mujeres siguen reuniéndose con la esperanza de encontrar a sus seres queridos. 


El escenario futbolístico no se salvó de la suspicacia. Videla se encargó personalmente de influir, directa e indirectamente, para que Argentina levantara el Mundial. Brasil derrotó a Polonia por 3-1. Por su parte, Argentina necesitaba una victoria por un margen de tres goles para pasar de ronda. Era una primera final para el país organizador. Y el dictador lo sabía. Videla bajó al vestuario de Perú antes del partido, acompañado de Henry Kissinger, secretario general de los Estados Unidos, para desearles suerte. Hay que recalcar que los norteamericanos apoyaron la dictadura militar por su connotación anticomunista. Regresaron al vestuario una vez terminado el partido, con un contundente 6-0 para la Albiceleste. Uno de los señalados fue el portero «Chupete» Quiroga, que nació en Argentina y se nacionalizó peruano. 

La victoria ante Perú supuso el pase a la final, que se disputaría en el Monumental. César Luis Menotti, técnico de la selección, estaba afiliado al Partido Comunista. En la charla previa al partido, ante Holanda, Menotti no tocó la pizarra. Se dirigió a sus jugadores y optó por transmitir un mensaje emocional. Enfatizó que la final no se jugaría para los altos cargos que se encontraban en el palco del estadio de River Plate. Había que ganar por la gente de la grada, por sus amigos, familiares y esas personas del barrio que soñaban con verlos levantar el trofeo. Los goles de Kempes hacían temblar Buenos Aires. Carlos García, detenido por las fuerzas armadas, admitió que no celebraban los tantos: «oíamos los goles desde la ESMA, pero al lado estaban torturando a gente». Argentina derrotó a una Holanda sin Johann Cruyff por 3-1 en la prórroga. Y consiguió su primera Copa del Mundo.


Años después de la gesta, Menotti, que dejó fuera de la lista a un joven llamado Diego Armando Maradona, argumentó que Videla les utilizó. En la misma línea, Osvaldo Ardiles, centrocampista que ganó una Copa de la UEFA con el Tottenham, dijo que fueron «un elemento de distracción». La postura de Ricardo Villa, que disputó más de cien partidos con el conjunto londinense, fue la misma que la de muchos argentinos. «Era un boludo que no veía más allá de la pelota», reconoció. Muchas personas pasaron horas en la Plaza Mayor denunciando la situación, y aún a día de hoy lo siguen haciendo. Estela de Carlotto, presidenta de las Abuelas de la Plaza de Mayo, relató que «mientras se gritaban goles, se apagaban los gritos de los torturados». Argentina logró su primer Mundial, pero el que realmente venció fue Videla. Los familiares de las más de 30.000 personas que fueron asesinadas y los cientos de miles oprimidos pudieron ver cómo el dictador fue acusado de más de 600 delitos y moría entre rejas. Cuarenta años más tarde, los goles de Kempes y la Copa ganada quedan a la sombra de una de las etapas más oscuras de Argentina. Porque los que vencieron, tan solo fueron unos pocos. Fue el poder. 

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