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Si algo tuvieron en común el Girona y el Real Madrid el pasado domingo en el Bernabéu es la estructura del relato con el que llegaron al partido y con el que se fueron. Pero la sinonimia entre la manera se contrapone a la oposición del contenido de ambos argumentos. Mientras el Madrid llegaba con una buena dinámica en las tres competiciones, el Girona volvía a pisar Chamartín después de Copa con los mismos problemas que entonces; con una racha de resultados malísima y una puesta en escena dramática. El Bernabéu fue el escenario que cambió las sensaciones positivas de madrileños y negativas de gerundenses. El hecho de que solo fueran noventa minutos invita a relativizar la situación, a pensar que ni el Madrid estuvo tan mal ni el Girona tan bien. Aun así, hay argumentos causales dentro de esta aparente casualidad que nos hacen considerar que a lo mejor no lo fue. 

Unos argumentos que motivan a pensar en la limitación preocupante del Madrid y la capacidad real de un Girona decadente. Eusebio Sacristán, en un movimiento muy sorprendente, cambió el sistema que le había dado fundamentos al principio pero que en su transcurso había desnaturalizado a su conjunto por la incoherencia entre lo que pretendía ser y lo que era. Tenía una plantilla para jugar con el dibujo de Machín pero no tenía la predisposición de corregir los automatismos de este esquema a sus jugadores. Pero esto era solo una perspectiva. Si el vallisoletano mantuvo ambos sistemas y se decantó por el de Machín no significa que no trabajara el suyo en paralelo a su diferente puesta en escena. Enseñaba uno mientras escondía otro. Solo así se puede entender la buena respuesta de su plantilla al sistema de cuatro defensas que colocó el de La Seca. Un 4-1-4-1 que maravilló pero que le costó hacerlo.

Dentro de la casualidad de los noventa minutos, hay motivos causales que invitan a pensar en el pasado más reciente de ambos equipos.


El primer tiempo fue del equipo de Solari desde la calidad individual y la inexpresiva voluntad de los gerundenses. El Girona no sabía cómo gestionar su nueva disposición y mientras tanto veía a un conjunto merengue que le dominaba a medio gas. Si una cosa ha demostrado el Real Madrid del argentino es la necesidad del vínculo Benzema-Vinícius para producir. De hecho, el Madrid vive mayoritariamente de la dupla atacante, pero dentro de esta pesa más Vinícius que Benzema por lo que le da el brasileño al francés. Con la ausencia del 28, el 9 no pudo explotar todo su fútbol entre líneas y esto se vio en la irregularidad del galo, con molestias además, y el protagonismo del juego exterior del Madrid, con dos extremos a pierna natural y dos laterales con una proyección ofensiva tremebunda que no ayudaron ni mucho menos a la causa.

Un matiz que aprovechó Eusebio para contraatacar desde la táctica en el segundo tiempo, colocando a Aleix García y al Choco Lozano sobre el terreno de juego. El de Ulldecona es muy reconocible desde el interior, mucho más que de mediapunta o pivote por su control del espacio-tiempo. En el doble pivote siempre había destacado por su falta de agilidad en el momento de dar rapidez en la circulación, no acababa de interpretar su función en ese espacio porque no era su hábitat natural. Más adelantado, puede explotar por fin después de un buen enero y un mal trayecto en su estancia en Montilivi. El hondureño fue uno de los representantes de este cambio que implantó Eusebio en la segunda mitad. El vallisoletano fijó a Portu y a Lozano en las bandas para aprovechar las subidas constantes de los laterales del Real Madrid. Este movimiento desestructuró el entramado defensivo del cuadro blanco, porque ante la poca fe de la segunda unidad madridista y la facilidad con la que los gerundenses encontraron hombres libres, el equipo merengue se fue rompiendo poco a poco.

El debate en clave gerundense radica en qué punto queda el Girona después de infligir un chute de esperanza a partir del cambio táctico.


Ahí, la falta de determinación de Casemiro en los balones divididos y la pasividad con la que salía el Madrid en las primeras cotas de la jugada, pasmaron una fragilidad que fue agua bendita para un Girona que ahora debe dar continuidad a las cosas positivas que dejó este cambio táctico. El trabajo minucioso que parece haber detrás fundamenta que la buena actuación gerundense se debe más a una causalidad que a una casualidad.

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