Un Barça en penitencia

El fútbol es un deporte extraño, pues el resultado lo condiciona todo pero no explica prácticamente nada. En Lyon, el FC Barcelona buscó rejuvenecer, reengancharse tras sestear frente al Valladolid en el Camp Nou. La Champions League, esa “copa tan linda” (Messi dixit), obliga a salir concentrado, preparado para las trampas que se suceden sobre el verde. Y así lo hicieron los jugadores de Ernesto Valverde, avisados previamente sobre el peligro de los franceses, con la imagen de Roma aún fresca en la mente. Pero ni los augurios del técnico extremeño ni los de Sergio Busquets impidieron que al final se fueran con los bolsillos vacíos.

El Olympique de Lyon es un equipo divertido, y así lo hizo constatar en los primeros minutos. Sus dos mediocentros, Aouar y Ndombèlé, parecen vivir en el alambre constantemente. Cada pase, control o recepción llevaba incorporado una dosis de fatalidad que, si bien se convertía en un gesto técnico bellísimo, muchas veces terminaba por condenarles en salida de balón. No hay término medio.

El escenario que se encontró el FC Barcelona fue una falacia. La intimidación a la que fueron sometidos por parte del estadio, con colores, cánticos y gritos, fue digno de unas semifinales de Copa de Europa, pero no así en el juego. Los locales, quizás impresionados por Leo Messi, quizás sedados por la tranquilidad de Busquets, ofrecieron toda clase de facilidades, como enseñando al Barça los caminos hacia su propia portería. Solo el aficionado del Lyon parecía comprender la magnitud del partido, ante la hospitalidad de los anfitriones sobre el césped.

Es tan extraño este deporte que se lesiona Arthur Melo y termina sonando Arturo Vidal. Ver para creer. No hay nada que empequeñezca más al chileno que la comparación con quien juega a otro ritmo, pues sin el brasileño en el tapete, el Barça pierde una pata. Al final, Ernesto Valverde se decidió por Sergi Roberto, más para prevenir que para proponer, asustado ante la exuberancia de Ferland Mendy en el lateral izquierdo y las caídas de Memphis Depay.

Sergi Roberto, en una apuesta conservadora, fue la carta que utilizó Valverde ante la baja de Arthur.

Roberto, objeto de culto en las remontadas recientes de los azulgrana y último elemento de la cantera, es quizás el menos centrocampista de todos los centrocampistas. Pero su apuesta era coherente atendiendo a su doble misión. Ayudar a Nélson Semedo y ser capaz de complementar a Messi cuando este decidía dónde amarrar su eterna magia. Jugó rápido el Barcelona, movido por las palabras de Messi en el Gamper y la pesadilla de Roma, buscó siempre a Dembélé, que parece hablar otro lenguaje. El francés podría haber pasado por un jugador del Lyon, prefiriendo la conducción al pase, la prisa a la pausa.

El partido lo marcaría el posicionamiento sin cuero de los franceses, tan torpe como eficaz, pues el resultado fue de 0-0. El Barça pudo dejar tiritando al Olympique cada vez que Busquets recibía en la base y lograba, con un simple gesto, desarticular la tímida presión de los galos. Leo Messi, que tuvo la llave del partido -y de la eliminatoria- no terminó de abrir la puerta y, al final, Luis Suárez terminó por tirar la llave al mar. Qué cosas.

Luis Suárez sumó una nueva noche aciaga en la máxima competición continental.

El partido hizo valer la expresión de “merecieron más, pero esto es fútbol”. Al final, el fútbol es lo que cada uno cree que es. Para Ernesto Valverde, el partido fue “muy bueno”, para otros muchos, no tanto. Algo que viene repitiéndose en los últimos tiempos, donde entrenador y aficionado parecen no ver el mismo partido. El Barça aporreó al Lyon, tumbó la puerta de su morada, no encontró resistencia y al salir la cerró con mimo, sin llevarse nada. Lo que pudo haber sido un saqueo terminó siendo una visita entre colegas.

La gente mira a Luis Suárez sin comprender qué le pasa. El uruguayo lleva ya 16 partidos consecutivos sin marcar ni asistir en Copa de Europa. Unos números que, directamente, ponen el techo competitivo al equipo. El charrúa parece vivir en constante regresión, olvidando gestos, tics, golpeos, situaciones. Como en “Memento”, film dirigido por Cristopher Nolan, donde el protagonista es incapaz de almacenar nuevos recuerdos, pero sí de ejecutar acciones cotidianas. Suárez parece encontrarse en una amnesia futbolística terrible, preso de un declive físico que no parece aceptar. Continua intentando las mismas carreras que en 2015, pero el resultado ya no es el mismo. El cuerpo, su cárcel. Luis Suárez se ha ido. Su fútbol, tan ligado al físico, ya no se puede desplegar. Se nota en cada gesto que juega sufriendo.

El Barça puso todo su empeño en ser mejor equipo, compacto y cumplidor. Algo que, atendiendo los últimos precedentes lejos del Camp Nou, no parece del todo malo. Pero volvió a ser insuficiente. Una impotencia que anegó cualquier intento de llegada al gol. Bastaría con decir que Sergio Busquets estuvo a punto de abrir la lata en un par de ocasiones, mucho más cerca de la red que Messi o Suárez. Al Barça, que se le recuerda aún por su desmayo en Roma, no pudo sino alargar esa sensación dramática que acompaña todas sus salidas, una penitencia que ni en el mejor de los escenarios como ayer en Lyon cesó.

25 disparos y muchas más llegadas que terminaron diluidos como un azucarillo en una gran taza de café. Ni la entrada de Philippe Coutinho por el incomprendido Dembélé decantó la balanza, a pesar de que el FC Barcelona jugase más y mejor. Tuvo más balón y lo tuvo dónde quería, pero el circuito ofensivo en ataque estático sigue dependiendo de Messi, un Leo más terrenal que nunca, uno que falla goles y pierde balones, y aun así le da para ser el que más genera de su equipo. El fútbol, qué deporte tan extraño.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *