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Sané, héroe y villano en Gelsenkirchen

Gelsenkirchen se convirtió en una mina para los citizen, que se encontraron con más dificultades de las esperadas para poder llevarse un partido vital para que sus aspiraciones en la Champions League sigan intactas. Duelos como el vivido en el VELTINS-Arena sirven de catalizador para que las energías de un equipo que se desconectó demasiado tiempo durante el partido, se tome en serio la necesidad de poder mantener el ritmo durante los noventa minutos y en el que solo Leroy Sané llegaría para cambiar sensaciones.

Y es que el pasado minero de la ciudad germana logró teñir de negro carbón el desempeño del equipo de Pep Guardiola, que se desesperaba en banda mientras veía que su equipo caía poco a poco en una apatía más que peligrosa con un resultado poco común para los skyblues. Con un once con muchos inventos en la zona defensiva, Guardiola quiso que su equipo se plantara ante los germanos con un planteamiento muy móvil, que pasaba de un 4-3-3 en defensa a un 3-2-4-1 en ataque, incorporando junto a Gündogan a un Fernandinho que hoy acompañaba a Otamendi como central sobre el papel. En frente, Domenico Tedesco quiso crear una isla en torno a Uth, añadiendo efectivos a su línea defensiva, liderada por Salif Sané, pero bien compensada con otros cuatro efectivos acompañando, y con dos laterales/carrileros que bien podían sumarse al ataque en caso de tener oportunidad.

En la primera mitad, el gol del ‘Kun’ Agüero a pase de David Silva, tras aprovechar con pillería un malentendido entre Salif Sané y Fährmann, allanaba un camino que resultaría ser de arenas movedizas. A pesar del citado gol y de que el Manchester City conseguía plantarse en la frontal del área con relativa sencillez, el conjunto inglés no supo mantener la tensión competitiva y dos llegadas aisladas del Schalke 04 se convirtieron en dos penaltis, una amarilla a Otamendi y dos goles en contra, ambos marcados por Bentaleb. El vértigo de los visitantes era real y se les había puesto en contra un viento que parecía ser aliado.

Volver a casa para desmontar la ilusión de los que te formaron, te cuidaron y te vieron ir. El fútbol, a veces, es cruel con quien lo vive.


Y ahí se vino el caos.
El City se desdibujó a un nivel preocupante desde ese momento, a pesar de que el peso ofensivo seguía siendo suyo. Su capacidad para generar ocasiones claras se diluía en las internadas de Bernardo Silva o el ‘Kun’, que decidían tarde o pronto cuándo soltar la pelota. Entre el nerviosismo y la prisa, el Schalke vivía cómodo al amparo de un marcador con el que, casi sin esperarlo, se había encontrado. Al City se le caían los minutos más rápido de lo que podía permitirse y la expulsión de Otamendi, por segunda amarilla (al cortar con falta a Burgstaller), supuso el escalofrío definitivo.

Leroy Sané se sentía como en casa. El césped del estadio del Schalke 04 aún debe de sentirlo cercano. El jugador alemán, hoy en el banquillo de inicio, llegaba a Gelsenkirchen como rival, tras haber salido del equipo en 2016 rumbo a las islas británicas. Criado en las categorías inferiores del equipo minero (con un breve paso por Leverkusen), Sané no esperaba ser el verdugo del cuento del Schalke 04 en la ida de la eliminatoria de octavos de final. Tras ver cómo el primer cambio era Kompany, para tapar el agujero tras la expulsión, el siguiente en la lista sería él, sustituyendo a Agüero para intentar aportar velocidad y ritmo a un City desacompasado. Entró como quien entra en casa, pero con el sabor agridulce de quien sabe que su misión es romper la magia. Tras una ley de la ventaja perfectamente señalada por el colegiado Del Cerro Grande, el City se encontró con una falta con posibilidades, que se pediría con profesionalidad Leroy Sané. El oficio manda. Y el golpeo acabó siendo tan portentoso como liberador, colándose en la portería y declarando que no estaba todo decidido. Sané evitaba la celebración mientras a su alrededor todos le agradecían con júbilo. Era un golazo, pero no había nada que celebrar. Volver a casa para desmontar la ilusión de los que te formaron, te cuidaron y te vieron ir. El fútbol, a veces, es cruel con quien lo vive.

El City de nuevo tenía la esperanza y se lo creyeron todos. Incluso Sterling, que convirtió un saque de Ederson (y la torpeza de Oczipka), en una asistencia de gol. El 2-3 era real y el City estaba salvando los muebles en el minuto noventa del partido. Los de Guardiola se fueron con una victoria de Alemania, pero, sobre todo, con una valiosa enseñanza de cara a las siguientes citas: cualquier rival puede ponerlos en el filo de la navaja.

Y es que el de Santpedor movió bien el banquillo ante la adversidad, colocando las piezas que supuso (e hizo bien) podían hacer reaccionar a un equipo que parecía herido de gravedad. Su influencia revolucionó el juego hasta tal punto que el jugador menos vistoso de los que habían formado de inicio en ataque se convertiría en el goleador de la victoria y que un muchacho de Essen, a escasos ocho kilómetros de Gelsenkirchen y que empezó el partido en el banquillo, se convirtiera a la vez y en su viejo hogar, en héroe y villano.

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