Al ritmo de Messi

La nostalgia no es una buena compañera de viaje. Si no, que se lo pregunten a Ernesto Valverde, siempre entre la espada y la pared, cuestionado incluso cuando duerme. El técnico del FC Barcelona ha renovado por una temporada más, con la opción de prorrogarlo hasta 2021. Justo en el momento en el que se empieza a mirar el futuro con miedo, con un ojo puesto sobre las piernas de Leo Messi y el otro en la exuberancia de los que vienen (De Jong, Arthur, Dembélé, etc). La encrucijada en la que se encuentra el club ha sido resuelta, de momento, con la opción que parece dejar más tranquilos a los integrantes de la nave, jugadores y directiva. La renovación, como los goles o las victorias, también las derrotas, suceden al ritmo de Leo Messi

El trabajo hecho hasta la fecha por Valverde merece ser analizado con justicia, lejos de caer en unos derroteros que no llevan a ningún sitio, en analogías sin sentido, en frases sentenciosas que carecen de argumentos. El FC Barcelona que se encontró Ernesto era un regalo envenenado, pues la grandeza de sus jugadores, los títulos y el modelo -el mismo que lo está condenando- fueron las caras amables para su contratación, las mismas que se usan para atraer a todos los jugadores deseados. Por la otra, tapada bajo el reinado de Messi, un equipo sin estructura, envejecido, sin un banquillo competitivo y con muchas incoherencias.

Su primera temporada estuvo marcada por la obsesión del entrenador azulgrana en dotar al equipo de un esqueleto táctico competitivo, atar a sus jugadores a una idea que ya no existía. No era la más eléctrica ni vistosa, pero sí realista. Valverde pareció mirar la plantilla y no ver lo que desde fuera se veía. En pocas palabras, a Valverde le cayó el marrón de gestionar y potenciar una plantilla que se seguía vendiendo de puertas para afuera de la misma forma que en 2015, pero que carecía de ritmo y chispa para aspirar a todo. Su trabajo, escondiendo carencias, limando los defectos y potenciando las sociedades de Messi/Alba y Busquets/Rakitic fue notable, pero como todo en la vida, nada cuenta cuando pierdes. Roma, los (no) cambios, notar el barro en la boca. Las derrotas en abril empañan el trabajo previo, pero nunca deben servir como vara para medir a un equipo. El fútbol no es esto.

En estos 96 partidos, el Barcelona ha marcado 233 goles y solo ha encajado 78 goles.


Su segundo curso no está siendo bueno, todo hay que decirlo. El Barça, que ha sumado nombres de mucho nivel, no ha logrado dar el siguiente paso que se le esperaba a inicios de curso. Ernesto, preocupado en intentar integrar a los Coutinho, Dembélé y Arthur, ha terminado por enredarse en gestionar las fotos de Vidal y las faltas de puntualidad de Dembélé, quedando el terreno de la pizarra por atender. No es que no haya habido cambios, que los ha habido, pero nunca han sido definitivos, nunca han logrado coger fuerza, y entre una cosa y otra, estamos en febrero y el FC Barcelona es un equipo a caballo entre lo que quiere ser y lo que es. Un conjunto grisáceo, dependiente de las carreras de Ousmane, la templanza y efervescencia de Arthur y la omnipotencia de Messi, atado por Suárez y sedado por la lentitud en su toma de decisiones.

Pero el trabajo de Valverde y su cuerpo técnico es más que destacable viendo a Arthur Melo y Ousmane Dembélé. Hay ciertos sectores dentro del barcelonismo que cuando ven a Arthur detectar la zona libre o a Dembélé relacionándose con el juego creen que es por arte de magia, que sucede así, sin más. Ignorar el trabajo diario, la mano del entrenador en un aprendizaje lento y difícil es negarle los méritos por los que todo entrenador hace lo que hace. Y ahí se nota que Ernesto ha tratado de dar continuidad a Arthur, no solo en la base, sino permitiéndole ser influyente en otras muchas zonas. Poco a poco ha ido alargando la correa que lo sujetaba en paralelo a Busquets y hemos podido ver a un centrocampista que empieza a insinuar que puede ser mucho más de lo que creíamos. Lo mismo con Ousmane Dembélé, donde la mejora respecto al pasado curso, mezclando alturas en sus recepciones, picando al espacio o combinando por dentro, es palpable. Ahora ya no es solo jugador de jugadas, sino de juego, lo está empezando a entender.

La renovación, justo en la parte más sensible de la temporada, es una señal inequívoca de la fe que se le tiene dentro del vestuario. Un grupo que ha encontrado en la templanza del Txingurri un cojín en el que recostarse. Quizás la plantilla no esté para una revolución total, para un técnico que lo cuestionase todo. Apunta Ramon Besa en El País que “en plena transición, el ritmo lo marca de momento Messi”, como ha sido y será siempre. Y Messi, camino a sus 32 años, no deja de ser un humano que envejece, y como todos, aborrece los cambios tras todo lo cosechado. El Barça ganará por Messi o no ganará. Valverde decidió desde el primer día no pasar a la historia del FC Barcelona aunque los números digan lo contrario. Está aquí para ganar, y Leo parece haberle comprado el mensaje. Que sea lo que Messi quiera.

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