Sinfonía Messi

Se dice que Mozart tocaba majestuosamente el violín y el piano. Si para el común de los mortales dominar la interpretación de alguno de estos dos instrumentos musicales ya es un reto mayúsculo, nos podemos hacer a la idea de la altura artística e intelectual del citado autor y compositor austriaco. Es de una dificultad extrema destacar tanto en dos disciplinas tan complejas. De la misma forma, en Sevilla Lionel Messi protagonizó un capítulo más de su tesis doctoral sobre fútbol, liderando a un Barça gris (otra vez), marcando tres goles (otra vez) y dando una formidable asistencia a Suárez (otra vez). Lo que sí parece haber conseguido, casi, es el consenso: estamos ante un nuevo prodigio, que se manifestó en 2005, pero que sigue añadiendo líneas a su obra maestra.

Los movimientos que ejecuta este rosarino ponen muy difícil categorizar lo que hace sobre el campo. Es un futbolista que se sitúa como un ‘10’, golea como un ‘9’ y dirige como un ‘5’. Es, como se ha dicho en multitud de ocasiones, un adelantado a su época, como lo fueron otros antes. Su lectura del partido pocas veces falla y su capacidad para integrarse en la zona del campo donde más se le necesita hace que sea muy difícil defenderlo. Su inteligencia y su capacidad técnica le hacen un jugador imposible de catalogar, por todo lo que hace sobre el césped y por lo bien que ejecuta el plan que le toque en cada partido. Piano o violín, la interpretación siempre es majestuosa. La actuación en el Sánchez Pizjuán es un adoquín más de aquellos que sigue encajando en el camino que lo lleva, inexorablemente, a sentarse con los más grandes de la historia. El Sevilla se encontró con Messi como un tren se encuentra una vía muerta: no hay manera de que no acabe en tragedia. Los tres goles (y la asistencia) dan un poco muestra de todo lo que puede significar este Messi en el Barça y para este deporte. Y es que el Sevilla no jugó mal, pues es un resultado engañoso, que puede dar a entender que sufrieron un vendaval blaugrana. Nada más lejos. El Sevilla solo fue una víctima más de un talento incomprensible.

En el primer capítulo, Messi toca el balón tres veces. La jugada nace en banda derecha y los azulgrana van combinando por la defensa hasta encontrar al ‘10’ en mediocampo, que acelera una jugada que acabará él mismo, en un movimiento que en sus pies y viendo el resultado, parece sencillo. Es un gol de combinación, en el que participa activando los movimientos que llevarán hasta el centro de Rakitic y al gol. Un gol en el que se ve su implicación en la creación, dónde recibe y dónde intenta estar generando situaciones en las que pueda crear nuevas opciones a sus compañeros.

En el capítulo segundo, el argentino recibe un pase de Dembélé en la frontal del área, se interna levemente y la clava en la escuadra con su pierna “mala”. Un gol fantástico que recuerda que Messi no tiene pierna mala, que tiene la puntería y la técnica suficiente para hacer sencillo algo que a cualquier jugador le costaría conseguir con su pierna hábil.

En el capítulo tercero consigue recibir un balón rebotado de de Kjaer tras disparo de Aleñá. Lejos de ponerse nervioso con Vaclik encimándolo, Messi la pica lo justo para poner el 2-3 en el marcador. Cuántas veces no habremos visto jugadas similares en las que el jugador la pega fuerte consiguiendo un despeje, cuántas no habremos visto que intentan definir con una vaselina que acaba yéndose alta… Él no, él lo hace de la única manera posible. Un gol de goleador incansable, de definidor superdotado.

En el “Bonus Track”, Messi recibe un pase a priori inocente de Aleñá, después de recoger este un despeje de Kjaer. El jugador argentino la controla con el pecho y, sin dejar que caiga, dibuja un globo con el balón para servirle en bandeja a Luis Suárez, que, sin pensarlo, la coloca de vaselina ante el portero sevillista. Era el 2-4 definitivo, un gol tranquilizador para un Suárez en horas bajas y el trámite definitivo para cerrar el marcador. Y una asistencia brutal de un jugador más que completo.

En 2005, Frank Rijkaard le negaba a Capello la cesión de ese “bajito” que estaba rompiendo su defensa de la Juventus de Turín en un Trofeo Joan Gamper. En ese preciso instante comenzó lo que hoy parece haber dado solo un paso más. Son cerca de veinte años queriendo entender el talento de un muchacho que ha ido creciendo a nuestro lado, deslumbrando a propios y extraños, en estadios de aquí y de allá, haciendo de lo imposible, posible, jugando como ‘10’ o probando como verdadero o falso ‘9’, organizando como un ‘5’ e intentando ser lo que necesita su equipo en cada momento. Son casi veinte años de poder ver, semana tras semana, a ese jugador del que en el futuro se hablará como hoy hablamos de Di Stéfano, Pelé, Zidane, Maradona o Cruyff… Ese jugador que, aún hoy, sigue dándonos capítulos de genio, jugando como un ‘5’, un ‘10’ o un ‘9’. Jugando como sabe, como quiere, tocando el piano o el violín.

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