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Fútbol hasta la línea de gol

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Ocasos distintos en el Santiago Bernabéu

Sucede que durante muchos años nos sentábamos a ver un Clásico con la convicción de que estábamos ante algo extraordinario, un acontecimiento único. Nos relamíamos, pues la escenografía conformada por los Xavi, Iniesta, Messi, Alves, Piqué, Cristiano, Modric, Benzema o el diezmado Özil era un decálogo técnico y competitivo descomunal. Ahora, otros tiempos, el talento ya no se mira del mismo modo, prueba de ello es que el Real Madrid ha caído en su estadio sin que Marcelo Vieira o Isco Alarcón hayan pisado el verde, y con el paso testimonial de Asensio. El Barça está en la final y lo sorprendente no es el resultado, abultado, sino el juego que mirado con perspectiva, es de lo peor en los últimos Clásicos.

Resulta incomprensible la facilidad con la que el FC Barcelona golea en el Santiago Bernabéu. Ha hecho del tapete madridista, de la cuna de las 13 Copas de Europa, su segundo hogar. Ambos equipos saltaron al terreno de juego como dos animales heridos, quizás anclados en un pasado reciente, quizás con los ojos llenos de respeto. Demasiado. El pitido inicial mandaba a los de Solari arriba, pero fue un farol. Nada de lo que deparó la primera mitad tuvo que ver con el atrevimiento, excepto un Vinícius que parecía jugar a otra cosa, sin conocer de qué iba eso. Se inició en esto de los Clásicos como García Madero en los viscerrealistas en «Los detectives Salvajes», sin ritual previo. Entró de lleno en el escaparate de luces de neón de la capital, torpedeado por su ímpetu. Recibía, encaraba y percutía. Cada vez. En bucle. Sus incursiones no tenían un final feliz, pues el pie del joven brasileño no obedece la velocidad a la que corre y gambetea por la banda. Incluso tuvo el valor de fallar y pedir el calor de la afición. A sus 18 años.

En el otro lado del escenario la apatía del FC Barcelona no encontraba consuelo ni en las botas de un Leo Messi algo huérfano de magia, como apagado por la eclosión del brasileño. Vinícius creyó que tenía razón: «Messi no impresiona a nadie». Lo que no sabía es que a Leo no le hace falta impresionar, el miedo va antes que él. Sergio Busquets, siempre gigante en el Santiago Beranbéu, jugaba nervioso, se sentía presionado, perseguido cada vez que tenía el cuero, que le quemaba las botas y le enfangaba las decisiones. El FC Barcelona se encuentra en ese extraño momento en el que nada es coherente, nada tiene sentido. Pero jugarán la final, por mera inercia.

Languidecía el partido a pesar de Vinícius, que chocaba solo con él mismo. Valverde salió con los mismos que en Lyon, buscando bajar las pulsaciones al encuentro, tanto que terminaron entrando en somnolencia. La circulación, basada en la pareja Busquets y Rakitic -en paralelo, siempre juntos-, no buscaba dañar, sino proteger. Pero terminó teniendo el efecto contrario y el FC Barcelona acabó sin reconocerse justo en el escenario en el que siempre se reconoce.

El que sí se reconoció fue Luis Suárez. El uruguayo, preso de su cuerpo, de sus recuerdos, encuentra en el feudo madridista un argumento para seguir compitiendo. El uruguayo se mueve por instintos, es un animal del área, y no hay otro escenario que ofrezca más incentivos que el Bernabéu. Revivió en el Camp Nou con el 5-0 y volvió a hacerlo justo cuando el final parecía ya inevitable. Los Clásicos son otra historia en esto del fútbol, pues solo eso explica que el Madrid terminase muriendo como él mismo vive.

Los de Solari plantearon un partido inteligente de inicio y supieron hacer daño, detectando las deficiencias de la endeble estructura culé. Pero me remito al talento. El Madrid, priorizando otras parcelas del juego, ha descuidado la que le dio las últimas tres Copas de Europa. Reguilón y Vinícius fueron los argumentos ofensivos de un equipo que parecía mirarles de forma contemplativa. Los de Solari basculaban todos sus esfuerzos por ese costado, donde no hace tanto correteaban Marcelo Vieira y Crisitano Ronaldo, sabiendo que era ahí, y no con Lucas, donde estaba la ventaja. Las generaban, pero cada vez que el graderío veía el gol llegaba el error o, lo que es lo mismo, aparecía un Marc André Ter Stegen que ha hecho, como Messi, de la excepcionalidad su rutina. El alemán gana campeonatos. Las bandas del Real Madrid eran antagónicas. La izquierda para atacar, la derecha para defender. Conscientes de que es el Messi/Alba el motor ofensivo del FC Barcelona pusieron el empeño necesario para dejar en nada estas intentonas, y lo lograron. Pero el partido demandaba algo más.

El Real Madrid jugó mejor, propuso más, pero mereció perder. Eso de merecer, en el fútbol, siempre queda ligado al remate, al gol que es, en esencia, el objetivo del juego. Pero la fe de este equipo ha perdido fuerza, y ante falta de certezas no hay mejor amigo que el gol, que te reconcilia con todo. El Real Madrid lo ha perdido y el FC Barcelona no. Ahí la gran diferencia, la misma que entre Ousmane y Vinícius, ambos partidarios del libre albedrío, de saltarse el guion. Los pies del francés son precisos en el último toque, cada vez más afilados. El último pase es suyo.

El Barça, hasta 2003, logró 13 victorias en 74 partidos ante el Madrid en el Bernabéu. El Barça, desde 2004, ha logrado 12 victorias en 22 partidos ante el Madrid en el Bernabéu.

 

Tras el golpetazo de Suárez, fruto de Ousmane Dembélé, el Madrid se deshinchó como un globo tristón tras una fiesta de cumpleaños para el olvido. Empequeñeció, incapaz de dar la respuesta adecuada, que era la misma que habían estado ofreciendo los primeros 50 minutos. Cambiaron el guion porque el FC Barcelona, juegue como juegue, le tiene tomada la medida al Madrid mentalmente. No hizo falta ni que bajara Messi a jugar, observando el partido desde su posición privilegiada, el argentino no compareció. Puede que ya supiera el desenlace. Los clásicos son partidos distintos, donde la narrativa no obedece ni al propio fútbol. Luis Suárez, destartalado, desencajado, tuvo tiempo de recomponerse y marcar un gol a lo Panenka, como retándonos a todos. Su tanto fue la confirmación de dos ocasos, pero con finales distintos. Y es que al final, parafraseando a la poeta Anna Gual; «la derrota es la mutación previa al triunfo».

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