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Abonados a la épica

La Champions League es la mejor competición de clubes del mundo, una afirmación que pocas veces cobra tanto sentido como ahora. En tiempos donde el dueño y señor de Europa era el Real Madrid, llegó un Ajax que se atrevió a discutir y tumbar el dominio del rey. Con la dinastía interrumpida, los súbditos buscan hacerse con el trono y en Inglaterra hay un antiguo emérito que quiere reconquistar la corona. Ante el todopoderoso PSG el equipo de Old Trafford se ha ganado el derecho a iniciar su obra, eso sí, lejos del Teatro de los Sueños. Que empiece la función.

Si hay un error en el que se cae constantemente es el de etiquetar como favorito a un equipo en una eliminatoria. Muchas veces, quizás demasiadas, esa condición acaba por no valer nada, pues 180 minutos lo cambian todo. Y en esta ha ocurrido exactamente eso. El favorito para pasar de ronda era el Manchester United, cuando tras el sorteo lo eran los parisinos. La llegada de Solskjaer al banquillo hizo que el equipo volviera a creer en la temporada. Con todo, el primer acto fue para el cuadro francés, que quiso ostentar el papel de protagonista de la función. Cambio de mentalidad y las apuestas iban a favor de los de Tuchel para la vuelta, pero las grandes obras se cuecen a fuego lento, tardando en salir a la luz.

Fue entonces cuando nada importó, ni los contratiempos, ni las bajas, ni el hecho de estar con juveniles en el verde.


Se reabría el telón. Segundo acto, diferente escenario. La lluvia acompañaba la fría noche parisina en el Parc des Princes. Escenario idílico para que ocurrieran cosas, y ocurrieron. El agua congeló a un PSG que se hundió en sus errores. Los galos se vieron en cuartos antes de estarlo. Y ahí apareció el diablo, un diablo rojo que iluminó la Torre Eiffel con su ira. Los ingleses conquistaron la ciudad del amor en silencio, pero dejando tras de sí la tormenta. Ante un equipo que fue superior, el United no perdió el orden ni la oportunidad de matar al contraataque a su rival. Y sucedió. Fue entonces cuando nada importó, ni los contratiempos, ni las bajas, ni el hecho de estar con juveniles sobre el verde. Como en aquel duelo en el Camp Nou ante el Bayern en 1999.

La obra terminó de la manera más épica posible y enfrió a toda una ciudad. Fue la mejor manera de terminar con una ilusión. Una ilusión comprada a base de billetes. Marcus Rashford, actor secundario, terminaría fusilando a uno que ha estado en mil batallas, pero que no ha ganado aquella en la que se juega ‘La Orejona’. Con la frialdad de un veterano y el alma de un canterano de 21 años, el dueño del Teatro hundía el sueño galo para comenzar el suyo. Se apagaron los focos en el Parc des Princes, pero se encendieron en una ciudad industrial que sueña con volver a sentarse en el trono.

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