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Volver a casa

Uno siempre vuelve a casa cuando está perdido y la noche aprieta. Por lo menos, lo intenta. Y en una temporada llena de hastío, embarcado en un viaje de no retorno que empezó en Cardiff y sufrió su primer choque en Kyev, el Real Madrid ha acudido a los brazos del entrenador que más y mejor ha comprendido todo lo que es como club, uno que vuelve, por sorpresa de todos, al lugar del crimen, como si fuera el primer día, pero con tres Copas de Europa bajo el brazo. Zinedine Zidane, el líder espiritual del equipo más indescifrable de la historia.

Hablar del Real Madrid en este curso es hacerlo de la -no- presencia de Cristiano Ronaldo y Zinedine Zidane que, de una forma u otra, fueron los que domaron los nervios cuando más tensos estaban, uno desde la banda, y el otro desde el área. Un matrimonio que se rompió en verano y sumió al conjunto blanco en un estado de depresión que le forzó a dar palos de ciego, con decisiones deportivas que en un primer momento no se entendieron, pero obedecían a la política del club; los jóvenes tienen el control. Para ello, nadie mejor que Julen Lopetegui.

La idea, a priori, parecía coherente, un upgrade a nivel táctico con un entrenador que llegaba para potenciar a los pesos pesados y dotar de un nuevo escenario al Real Madrid en el que los Ceballos, Llorente, Asensio y compañía asumiesen ese nuevo rol. Pero ahí sí se notó la pegada, ese mote tan pronunciado en Chamartín, que parecía sostener la BBC, pero cuando se fue Cristiano, quedó huérfana, como si solo de él dependiese. Y quizás fuera así. Los goles no llegaban, y el juego, en ciertos tramos positivo, se cayó, gangrenándose sin remedio.

Buscar un culpable, como si la purga fuese siempre la consecuencia lógica de todo mal resultado, es no entender que el Real Madrid, como todo grupo humano, se cansó. Parecía agotado en 2017, pero sus jugadores, poseedores de una calidad inigualable en el panorama continental, empujaban el precipicio, convirtiéndolo en algo sin significado, en un error. Pero, precisamente, el error fue no hacer caso de quien mejor entendía el club, quien en silencio había tejido las inercias ganadoras, a pesar de todo. Zidane se fue, y el Madrid, perdido, no supo actuar.

«Tienen que correr ellos, no nosotros»
Zinedine Zidane al descanso de la final de Milan, 2016


Santiago Solari, por contra, nunca entendió al Real Madrid.
No a su pasado más reciente. Su mensaje parecía ligado a otro equipo, de hace ya unos cuantos años, cuando el equipo no poseía el talento ni el fútbol para asumir otro que no fuera el de la bravura, el correr más que el rival, como si el fútbol fuera esto teniendo a Modric, Kroos o Marcelo. Su idea inicial, la de reducir daños y buscar una rigidez que, en base a correr más que el rival, te acercase a la victoria. ¿El problema? Que los jugadores iban en otra dirección, como dos caminantes que se encuentran en una encrucijada y toman distintos caminos. Contar con Reguilón o Vinícius Jr seguía esta misma idea, en la que sus homólogos, Marcelo e Isco Alarcón, pasasen a ser suplentes. Piernas, una activación física y mental que les permitiese estar en todos lados, corriendo como si les fuese la vida. Kroos, que siempre jugó igual, parecía lento, Modric, desubicado. Quizás el problema no era -solo- suyo.

Y en esas, con todo perdido, llega Zinedine Zidane. A día de hoy hay algunas preguntas que podemos hacernos, pero otras muchas -las importantes- que deberán esperar a que termine la triste temporada blanca para ser lanzadas.

El técnico francés es una de las personas más carismáticas que ha pasado por el club y, a diferencia de José Mourinho, lo hizo sin estridencias, sin gritos ni reproches. Lo hizo entendiendo cuál era su función, ser un entrenador de jugadores, generador de contextos emocionales que desembocaran, inevitablemente, en un torrente futbolístico que cristalizó en Cardiff, con ese 4-1 en la retina. Duró poco, muy poco. Aquella plantilla vivió al límite, ganó una Liga «con los suplentes» y dominó a los grandes de Europa desde lo emocional, un terreno espinoso, difícil, pues no hay una táctica que lo apoye. Quizás por eso su gloria fue corta, breve, inestable.

Su gran misión parece, a día de hoy, la de recuperar el talento. Confiar en quien le entregó las llaves del cielo y crear un clima competitivo a pesar de que no haya ningún trofeo en juego. Las dudas nacen con el nuevo proyecto, en ver qué va a buscar Zidane, cómo lo gestionará y con quién contará para llevarlo a cabo. El Real Madrid se apoyó en Lopetegui para buscar un esqueleto táctico que nunca llegó, y con Zidane, que su Real Madrid fue el equipo de las mil caras, la empresa parece compleja. Más teniendo en cuenta que sin Cristiano Ronaldo se pierde no solo el gol, sino la sensación de que se podía cantar gol en cualquier instante, algo casi tan importante como lo primero. El que llega es un técnico avalado, respetado e idolatrado, pero el equipo por el que lo ha dejado todo, no es el mismo que el de hace tres años.

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