Argumentos contra los fantasmas

La relación actual entre el FC Barcelona y la Champions transciende el devenir de este curso. El estancamiento que ha sufrido el equipo por haber caído en la misma fase eliminatoria las últimas tres temporadas ha provocado unas grietas que le hacen distanciarse de su amor real por la competición. El trauma de los cuartos de final ha transformado este amor por ganar la competición en algo especulativo, puesto que desde principio de temporada ya no es tanto el hecho de pensar en ganarla por levantar la orejona sino para pasar este pequeño abismo que se ha generado en el entorno culé en las últimas temporadas. Pues en estas ha demostrado tener problemas para controlar mentalmente cualquier situación en contra, a diferencia del Madrid de Zidane, capaz de crear una jerarquía mental casi inquebrantable.

Aun así tiene a Lionel Andrés Messi. El argentino siempre es la nota discordante en la escalera de favoritos en alzarse con la orejona. El ’10’ tiene la capacidad de transcender casi todo lo que le rodea y aunque el sentido colectivo del fútbol a veces parece empequeñecerlo, es el más dotado de su equipo para determinar una eliminatoria a favor cuando el viento vuela en contra. Contra el Lyon, Messi quebró el estatus mental negativo que se había autoimpuesto su equipo para finiquitar el pase a octavos en menos de diez minutos.

El equipo de Valverde mantuvo una inercia muy positiva en el juego de la primera mitad a partir de un factor difícil de percibir regularmente en la rutina: la agresividad con y sin balón. Los primeros cuarenta y cinco minutos se jugaron mayoritariamente en el campo del Lyon, donde el Barça reinó a partir de la presión tras pérdida y la verticalidad del pase hacia el tridente delantero. No es que el conjunto culé no trazara ningún pase horizontal sino que, más allá de ser más vertical que de costumbre, cuando lo ejecutaba era con el objetivo de llegar al último tercio del campo. En este escenario volvió a vislumbrar un Arthur cada vez más aficionado al pase profundo, que dibuja con una soltura y precisión impresionantes. En la misma línea, las funciones en repliegue y despliegue de Busquets y Rakitic contribuyeron de modo fundamental puesto que mientras su necesaria actividad sin balón colocaba al equipo donde le interesaba al técnico azulgrana, el primero a través del pase y el segundo desde la llegada, equilibraban una estructura que lideraron los tres de arriba.

El planteamiento de Valverde tomó forma desde el acierto y el atrevimiento de Arthur en el pase.


Con un Messi omnipotente, un Suárez estelar y un Coutinho creciente, la tripleta local coloreó unos primeros cuarenta y cinco minutos grises sin la aportación de uno de los tres, sobre todo la del uruguayo. Él fue quien mejor activó al equipo en campo rival y desactivó a la defensa contrincante. Quien dio continuidad a lo que sus compañeros le propusieron mientras él también pintaba con su pincel. Se asoció con sus dos compañeros ofensivos, trazó movimientos tanto para estirar como para juntar y acabó de agitar la defensa de tres centrales que planteó Génésio cayendo a banda.

El técnico francés se vio desbordado con el ímpetu que ofrecieron los hombres de Valverde con y sin el esférico ante una presión media que no espantó al Barça. Así pues, en la salida de vestuarios, Génésio decidió minimizar ese ímpetu a partir de avanzar sus líneas de presión. Doble o nada. Eso puso en aprietos a su rival porque la defensa al hombre no le permitía al conjunto azulgrana mantener la fluidez en la posesión del primer tiempo. Por otro lado, junto a la impotencia de no poder enlazar el balón con sentido, el equipo francés ganaba todos los duelos individuales y empequeñecía a su rival a partir de un irregular Fekir que fue el que mejor entendió las necesidades de su equipo en su momento más importante de la eliminatoria. Un período de tiempo que ayudaron a relativizar el estado de forma extraordinario de la pareja de centrales culé. El Barça, con el fantasma de la presión alta instalado en la cabeza y un Arthur descendente, tuvo que ser estimulado desde el banquillo y desde la determinación universal de Messi.

La segunda parte hizo germinar algunas dudas en el Barça. Dudas que se encargó de despejar el de siempre; Leo Messi.


El argentino marcó en el momento justo que Génésio había acabado de carburar su propuesta arriesgada de la segunda mitad con la entrada de Traoré, cuando las posibilidades del Lyon se sumaban con el paso de los minutos. El gol dinamitó las esperanzas de los visitantes y aumentó las de los locales, estimulados por las entradas de Dembélé y Vidal, que agitaron el nerviosismo que vivían los jugadores desde el césped y los aficionados desde la grada.

No fue nada bueno que al Barça le costara tanto superar la presión alta porque en situaciones tan casuales como las que ofrece la Champions, estos momentos de incertidumbre titubean la solidez de la acción colectiva. Aun así, los argumentos con los que el conjunto azulgrana razonó su pase a cuartos abrazan al optimismo, ya sea des del factor Messi hasta la respuesta coral después de los cambios desde el banquillo, pasando por la agresividad pasmosa que expresó el equipo en la primera mitad.

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