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Lejos de la magia añeja

Como si de una película romántica rodada en pleno Hollywood, en el fútbol sucede a veces que existe esa simbiosis, esa unión entre dos entes que no se pertenecen en la base. Ocurre con el idilio que vive el Real Madrid con la Champions League, desde que arrancase ya como Copa de Europa en la década de los 50, pero también más recientemente había germinado una nueva historia que enlazaba los caminos del Sevilla y la Europa League. Una unión que parecía inquebrantable, pero que en la capital bohemia de Praga se terminó por difuminar.

El Sevilla llegaba bañado en un mar de dudas, seguramente más enrarecido por el ambiente generado en los alrededores que por el propio día a día del club. Los de Pablo Machín habían visto disminuido su rendimiento en la competición doméstica, pasando de estar en batalla con FC Barcelona y Atlético de Madrid como revulsivo a La Liga, a estar de lleno en la lucha por los puestos europeos, a más de un partido de la posición que da acceso a Champions League, el gran objetivo. No fueron capaces de mantener el ritmo, y el fútbol comenzaba a pesar sobre sus piernas, llegando a estos meses clave que se avecinan, y que partían desde febrero, en una dinámica peor de la que debían para encarar estos partidos con entereza.

La Europa League, la que era su competición, le ha dado la espalda esta vez.


La Europa League, su refugio particular, era un arma de doble filo para el cuadro hispalense. Recobrar sensaciones en la competición que más te ha visto crecer, suponiendo una bocanada de aire fresco también para la afición, siendo el bálsamo que permitiera mantenerse en pie también en Liga, le ha terminado por pasar factura. Pues su eliminación en la ronda de octavos a manos del Slavia ha removido los cimientos más de lo que a priori esta derrota debería haber supuesto. Es cierto que a nivel de calidad individual los checos partían algún escalón por debajo, pero nunca se debe olvidar el mérito de ningún equipo que copa esas estancias en una competición continental.

No pareció lo del Sevilla un ejercicio de exceso de confianza, sino que pecó de desacierto en demasiados tramos del juego y de la eliminatoria. Tanto en área propia como en la contraria. Siendo consciente de pleno que su mejor carta pasaba por ser la voz cantante, dominar el balón y el ritmo de partido desde esa calidad individual antes mencionada. Tanto por las características propias como por las del rival; poco caracterizado para desequilibrar a la contra, pero con muchas opciones de hacer daño a balón parado y en el duelo físico. Algo que se demostró y quedó muy patente en la segunda mitad en la capital checa, donde el Sevilla, yendo a contracorriente y con la necesidad que esto genera, fue capaz, a través del balón, de maniatar a un Slavia que se vio inoperante para asestar el golpe de gracia a un Sevilla herido.

El gol de Munir nos hizo rememorar grandes hazañas europeas del Sevilla, pero no fue nada más que la constatación de haber perdido ese intangible de los campeones.


Si bien el gol de Munir nos hizo esperanzarnos como en aquellos grandes hitos de un Sevilla que nunca supo ser campeón en Europa sin sufrir, la magia de aquellas noches de gloria de antaño parecía estar apagada. Aquellas grandes gestas que arrancaban con el gol del siempre recordado Antonio Puerta ante el Schalke 04 en una prórroga de semifinales de aquella primera Europa League -por aquel entonces Copa de la UEFA-, pasando por el mítico gol de Palop o las remontadas ante Betis y Valencia, parecían ya abocadas a un pasado mejor, y es que nunca hubo la sensación de que el Sevilla, aun siendo superior, tuviera ese plus del campeón, ese pequeño factor de suerte imperceptible que saca lo mejor de ti en las más duras para seguir adelante. Un campeón nunca lo es si no le acompaña esa pizca de ‘suerte’. Eso mismo que parecía faltarle al Real Madrid en su eliminatoria frente al Ajax, y que finalmente terminó por condenar a ambos.

Fue superior el Sevilla, pero quizás no mereció ser cuartofinalista. No supo reducir las virtudes del Slavia al mismo tiempo de ser incapaz de hacer valer las suyas, las que le hacían un equipo con mayor calidad potencial, las que le hacían favorito. El Sevilla ha perdido esta temporada ese intangible de antaño que marcaba las diferencias, y lo ha terminado pagando. Se quedó fuera en su competición fetiche, y LaLiga es ahora el único objetivo donde tiene algo por lo que pelear. Pero seguramente la situación institucional del club tampoco sea la más adecuada para que reine el optimismo en Nervión -algo harto complejo incluso en las buenas-. La destitución de Machín, como consecuencia directa de este resultado y una situación en Liga que, sin ser mala, no es la deseada, han terminado por ser el quinto relevo en los banquillos en apenas dos años. Algo, que en búsqueda de esa magia añeja del campeón, no ayuda a hacer camino.

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