Balón en Profundidad

Fútbol hasta la línea de gol

Jugadores

El final ante sus ojos

No sabemos en qué momento comienza una historia. Si existe un punto de inflexión, una decisión, un paso en alguna dirección que dictamine el camino iniciático. Una de las certezas del recorrido es que sí sabemos cuándo llega el final. Por el éxito, el fracaso o toda la gama intermedia de grises que conforman los resultados. Alex Hannold desconocía el momento en que escogió aquel objetivo. Nunca existió ningún otro desenlace posible que el blanco o el negro. El joven norteamericano decidió desafiar a la muerte y escaló El Capitán (Parque Nacional de Yosemite, California) sin cuerdas. Una pared de granito de 975 metros de altitud. Cualquier error suponía el final.

El invierno erosionó al Liverpool. Las rutas cambiaron y la posibilidad de errar ya no existe. Desde que Jürgen Klopp llegara a Anfield, el Liverpool vivió un proceso de transformación para asimilarse a las ideas del entrenador alemán. La temporada 2017/18 llegó a una de las cumbres, pero la evolución era necesaria para sobrevivir en el largo plazo. El fútbol Rock ‘n’ Roll que se dio en las grandes citas no se correspondía en contextos en los que los Reds debían generarse vías propias de cara a la portería rival. El Liverpool renació tras morir en Kiev.

Virgil Van Dijk ha tenido un impacto inmediato en la élite.


La primera decisión -uno de los problemas más aparentes de la estructura- fue remodelar la defensa. Virgil Van Dijk, desde entonces, se ha convertido en uno de los centrales más poderoso del mundo. Defendiendo el área, a campo abierto, con balón o en el salto. El holandés es una de las mayores certezas del Liverpool de la última década y su llegada a la élite ha tenido un impacto inmediato. Al ex del Southampton le acompañó Alisson Becker y la mejoría en la portería ha sido exponencial.

La segunda, fue mejorar la profundidad de plantilla. Al portero brasileño, se le sumaron Naby Keïta, Fabinho y Xherdan Shaqiri. Sin embargo, ninguno de ellos se ha asimilado a los ‘a priori’. El ex del RB Leipzig cumplía con todos los registros que demandan la Premier League y el mismo Klopp. Pero, pese a que el alemán le confeccionó una parcela en la que explotase ante los espacios creados, en conducción y con marcados tintes de verticalidad, el centrocampista no ha terminado asentándose como titular. Por otro lado, a Fabinho le costó entrar en el once, pero es uno de esos futbolistas para años. En cuanto a Shaqiri, fue un estímulo positivo durante un tramo de la temporada en el que el Liverpool se bloqueó. A medio camino entre el interior y el extremo, en una especie de 4-2-3-1, el suizo dibujó nuevas vías.

El Liverpool necesitaba evolucionar para competir en el día a día.


El tercer punto, consecuencia de los otros dos a la par que independiente de los mismos, es la reformulación del estilo de juego. El Liverpool ahora sabe adecuarse a más y distintos escenarios, es permeable. De atragantarse ante repliegues bajos a saber gestionar las situaciones, con perfiles capaces de aportar tangibles variados, pero con un coste de oportunidad. El Liverpool sigue enseñando las garras cuando encuentra espacios, no renuncia a parte de su esencia, es un equipo menos adolescente y más consciente. Uno de los gestores del cambio ha sido Sadio Mané.

Si bien la temporada pasada, el portavoz -con el permiso del indescifrable Firmino- fue Mohamed Salah, Mané ha adquirido galones durante los últimos meses. Con premisas claras, siendo un lanzador muy vertical, el senegalés cambió de banda tras la llegada de Salah. Pese a partir desde la derecha, la traslación al costado contrario le abrió nuevas puertas. Con el egipcio en punta, Mané formaba parte del proceso de generación, pero si entraba en la ecuación de la finalización era por la propia inercia del juego. Aun habiendo superado la barrera de los veinte goles esta temporada, no tiene el sentido del gol que sí posee Salah, el cual se ha visto potenciado durante el último año y medio.

Klopp le ha ofrecido herramientas a Mané para que sea un líder.


A causa de los rendimientos individuales el egipcio se ha alejado de la figura de referencia, aunque sigue siendo el delantero que pisa más el área mientras Firmino da sentido a todo el engranaje de ataque y Mané se ha convertido en un imprescindible. No solo en el once, también por el peso emocional y futbolístico ante sus dos acompañantes. Con Firmino en el carril central, los movimientos sin balón de Mané permiten a Robertson aparecer en fase ofensiva, ofreciendo amplitud en campo contrario y midiendo la altura en campo propio para dar fluidez a la salida de balón. Mané, encubierto por sus rasgos físicos, nunca ha sido un delantero extremadamente técnico con el balón, pero ha ganado peso en zonas interiores, cerca de la zona de finalización.

Klopp ha acercado a Mané al área, ya no es únicamente un prolongador de jugadas, pero el rendimiento de Salah se ha visto mermado. Por causas individuales o ajenas, el ex de la Roma ha entregado la espada al senegalés. Con Mané encabezando el ejercicio de supervivencia, no hemos visto al Liverpool más lúcido. Para combatir por la Copa de Europa y seguir los pasos del Manchester City en la Premier League, Mané es un activo insuficiente per se.

Sabiendo que cualquier paso en falso conduce al error, al final, a la muerte, Alex Hannold llegó a la cima de El Capitán haciéndose menos preguntas de las que generaba en su entorno. Mané es una de las articulaciones del Liverpool para no solo sobrevivir, sino llegar a una meta. Y sin sentir el vértigo de la responsabilidad, con el abismo a su espalda y el final ante sus ojos, Mané seguirá escalando. Porque no existe ninguna otra opción.

¿Algo que añadir?